Poesías y relatos

La pasión de Jaime era escribir, una necesidad constante que le dio sentido hasta el final. 

La poesía y los cuentos fueron su modo de contar y expresar experiencias y emociones que nos llegan al corazón. Podes disfrutar en esta sección de su escritura mas allá de la empresa.

A mi mujer

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I

Eres un suave manto
Blanco inmenso, cálido, tierno, joven,
Que no entiendo.
Pero me dices simplemente
“me gusta estar contigo”
Y yo lo acepto,
Y me envuelvo en el mundo
De tus ojos sagaces
Brillantes y profundos
De verde luminoso,
De una antigua sapiencia.
Me rodea tu hálito y tus músculos crujen y tus manos se mueven y me envuelvo en tu
mundo
Blanco, cálido, joven,
Del verde diferente
De nuestro viejo amor

II

No sé si puedo comprender
Lo que tú eres
Porque sé que te he dado
Pocas señas,
Quieto inventar la sílaba
Que exprese
Para poder decirte que eres todo.
En mi debilidad y en mi tristeza,

En mi alegría y en mi fulgurancia,
En mi duda, en mi amor, en el absurdo
En mi bronca en mi emoción, en todo has estado y estás,
Aun cuanto creas
Que a veces te he olvidado,
Porque si sacas de mi vida el amor sereno y largo
Fuerte y completo que yo siento
Por ti, que moja cada acto,
Nada de lo que yo hago puede ser,
Nada de lo que he hecho, se comprende

Alfredo

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Alfredo era Director de una compañía y tenía una sobrina empleada como secretaria de
un Gerente. Un día la llamó a la sobrina, que era muy bonita, y le dijo “esta tarde a las
cinco”.
A las cuatro y media Alfredo lo llamó a Hugo. Trataron unos temas y a las cinco menos
cinco Alfredo le dijo que terminara la cuestión con Jorge. “Lo llamo” dijo Hugo. “No
andá a verlo, es más rápido”.
En su oficina Jorge estaba sentado en un sillón. Había sido un largo día. Entró la
secretaria y le dijo”Desea algo más”, “No gracias”. Se sentó en un sillón junto al suyo,
“está cansado”. “Ha sido un largo día”. “Hay tantos problemas!” dijo ella. En ese
momento se oyó abrirse la puerta de la oficina. La secretaria levantó las piernas y las
colocó sobre las piernas de Jorge, Hugo, ante la escena, atinó solamente a decir
“Perdón” y salió cerrando la puerta tras de sí.
-¿Que hace?
-Perdóneme, tengo un calambre horrible en la cintura.
Trató de levantarse y estuvo a punto de caerse. Jorge atino a sostenerla y ella se abrazó a
él. En ese momento entró Hilda advertida por Hugo. Hilda cerró la puerta sin decir
nada.
Jorge dijo:
-Creo que debería aclararle a Hugo...
Pero se dio cuenta que él no le creería.
-O usted podría...
Pero se dio cuenta que él no le creería.
No pudo explicar nada coherente cuando el Presidente lo llamó. Alfredo se mostró
irreductible en defensa de su sobrina. Por fin aceptó que ambos fueran despedidos. Su
sobrina ingresó al día siguiente en una empresa donde había sido aceptada. Recibió una
fuerte suma de dinero.

Ampurias

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Los griegos construyeron Ampurias y luego los romanos la hicieron otra vez, encima de
la antigua y monte arriba, porque eran dominantes y desde ella gobernaban el borde de
la costa catalana cayendo hacia el Mediterráneo, desde la Galia hasta la misma
población de Barcino. Después la tierra fue cubriendo las casas y las calles y más tarde
todavía semillas de plantas y de árboles se esparcieron por sobre ambas ciudades y
cubrieron los esfuerzos itálicos y helenos bajo el paisaje de la Costa Brava.
Luego de siglos otras manos menos imperiales y lejanas, sacaron malezas y árboles y
removieron la tierra de encima de las casas y las calles y así desde lo alto de la cumbre
de la colina áspera van descendiendo ahora los recuerdos latinos que se hacen griegos
en construcciones abigarradas bajando hasta el camino y más allá del asfalto, entre
algunos árboles, la tierra a horcajadas desciende hasta la roca áspera para iniciar la
playa que separa ese ríspido final del sereno Mar Mediterráneo. Las ciudades están en el
mismo corazón de Catalunya, en la región del Empordá, de los Siete Condados. De ella
nace potente la sardana, esa "danca mes bella de totes las dancas que es fan y es
desfan".
Frente a las mismas ruinas, la playa se abre en una cala ancha. La arena es suave y
blanda. Los pies del caminante se hunden en huellas exigentes. La playa continúa hasta
la punta de la cala, bordeada por los pinos que se arraciman en un bosque umbrío que
desliza sus piñas sobre la arena. En la punta, las rocas quedan solas. Allí se muestran de
pronto Rosas a un lado y hacia el sur La Escala y en la costa junto a la playa el antiguo
"C'al Gambo", la casa de la familia Gambo. En el fondo del agua las rocas tuvieron una
vez espinas y el niño debió volver dolorido hasta la casa y sufrir la extirpación de cien
pequeños puntos.
Después otra playa -o la misma-, comienza a delinear la cala siguiente y el bosque
renace -que es el mismo- y la arena es blanda y fina como la otra -o en verdad es la
misma-. En el centro del arco que dibuja la tierra, recortada contra los árboles y el cielo,
allá en el fondo, está la casa, más allá del asfalto elemental que parece dudar, estrecho y
gris, ante toda la naturaleza que lo oprime. El Hotel Ampurias, no es ya C'al Gambo,
sino mucho más grande. Siendo fuera de temporada está cerrado.
Vuelvo hacia Ampurias por el camino de la costa. Es apenas incierto el paso entre los
árboles, las ramas se cierran sobre él, el sol se resquebraja entre los troncos que se
encuentran en lo alto, cobijando la senda. El piso es una alfombra de piñas y maderas
quebradizas y duras, es un profundo olor de pino que me empapa. Recorro quietamente
esta frescura.
En la otra cala está el pueblo de La Escala. Todavía algunos en él son pescadores.

Carmen

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Era vieja, era gorda, era buena,
La cariñosa Carmen.
Desde pequeño
tuve sus caricias,
fue parte de mi casa
fue parte de mi vida
y he sentido su muerte
como la del primero
De los seres que amé.
Ordenaba la casa
Y ordenaba la vida
Y nos daba los gustos.
Luego nos regañaba.
Tuve su amor
sin valorarlo todo
mas entendí su vida
cuando murió la buena.
Espero que el buen Dios
La tenga a su costado.
Hoy la recuerdo con amor infinito
Pues si alguien ha merecido estar Allá,
Es ella.
Era vieja, era gorda, era buena,
La cariñosa Carmen

Continuacion

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Era una sala judicial. El fiscal preguntaba

-¿Cual es su nombre?
-Inspector Jefe Lenoir
-¿Usted conoce al acusado?
-Si. Trabaja para mi
-Hace muchos años?
-Once
-Cree usted que el acusado es capaz de matar?
-Lo ha hecho muchas veces en cumplimiento de su deber
-Diria que es de disparo fácil?
-Por el contrario ha corrido riesgos por no disparar. El cree que
el policia debe detener y el juez es quien debe juzgar
-Y fuera de su trabajo de policia, ha matado?
-Nunca
-Ahora ya no es asi
-Objeción, el fiscal esta suponiendo
-Objeción aceptada
-Haré nuevamente la pregunta. Usted cree que el acusado es capaz
de matar fuera del deber?
-Me sorprenderla
-Porque?
-Porque ha sido siempre muy estricto en el cumplimiento de sus
deberes. Porque ama la justicia. Era juez y renuncio porque tuvo
que dejar libre a un hombre que sabia culpable. Es muy estricto
para lograr capturar a los delincuentes en el acto del delito,
porque sino es imposible inculparlos. Es un buen policia y un
buen policia no mata fuera del campo del deber.
-Pero es capaz de matar
-Todos somos capaces de matar en ciertos momentos
-Vayamos a otro tema. Inspector Jefe, usted sabia que el acusado
estaba llevando adelante una investigación peculiar?
-Yo sabia que estaba llevando a cabo una investigación
-Usted sabia que habia alquilado un departamento?
-Si
-Y usted habia autorizado el gasto?
-No. Max tiene dinero propio y estaba utilizando ese dinero.
-O sea que el acusado estaba gastando dinero de su propio peculio
para una investigación policial?
-Asi es. Esto demuestra lo que le dije acerca del celo del

Inspector Allier.
-Y usted sabia que en ese departamento el acusado tenia citas
amorosas?
-Objeción. La vida privada del acusado es irrelevante
-Objeción aceptada
-Pongámoslo asi: usted sabia que el inspector recibia a una
señorita que resulto involucrada en el asalto del pasado dia 14
de julio?
-Si.
-Y no le extrañó?
-No. Los policias tenemos que hacer muchas cosas para lograr
resultados
-Estas eran cosas agradables!

Crepúsculo

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Los árboles se callan a las siete de la tarde.
En ese momento las hojas sellan su pacto de quietud con el viento y se detienen.
Toda la naturalaza está pendiente del cambio que va a ocurrir.
Hay una mutación mínima que guía a los pájaros al nido.
La tormenta, lista a precipitarse, detiene sus impulsos.
Los buhos abren los ojos, los murciélagos sueltan sus amarras.
Entonces el sol se tira por la pendiente de la noche y proyecta soberbias sombras sobre
el campo.
La luz lucha todavía por posarse pero es arrastrada en la caída.
Las sombras van ganando el campo, las paredes y por fin las copas de los árboles más
altos.
El buho en ese instante chilla su victoria y los murciélagos emprenden vuelo hacia el
tejado.

Crónica de pautas

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I

ASUNCION

Salimos de la escuela juntas como todos los días. Adela vivía a dos casas de la mía.
Teníamos que caminar cinco cuadras y una era un poco empinada. Yo prefería siempre
apurarme para terminar con el esfuerzo que suponía la subida, aunque fuera poca,
mientras Adela siempre se retrasaba un poco, tomándose la cuadra con más filosofía y
menos esfuerzo.
Ese día como los demás yo me apuré y ella fue subiendo lentamente al rayo del sol de
mediodía. Como los demás también yo llegué a la esquina y me paré a esperarla. Estaba
mirando como subía cansinamente y ví un auto que doblaba desde la calle anterior y
venía hacia mí. Pero al pasar al lado de Adela se detuvo, dos hombres bajaron del auto,
la agarraron a Adela que empezó a gritar y la metieron en el auto. Las pocas personas
que estaban en las dos veredas se quedaron quietas. Adela me llamaba y yo corrí hacia
casa y dejé de escuchar sus gritos cambiados por un silencio doloroso.
Cuando llegué a casa entré y me puse a llorar. Yo sentía que tenía, que era mi
obligación haber tratado de salvar a mi amiga. También sabía que si lo hubiera
intentado ahora estaría con ella en su misma situación.
-¿Qué te pasa?
Mi madre puso una mano en mi cabeza.
-La han raptado a Adela.
-¿!Como¡?
Le conté a mi madre lo que había pasado. Teníamos solamente quince años, pero
sabíamos qué pasaba cuando raptaban a una mujer.
-Tenemos que ir a la policía, dije.
-No sirve para nada.
-Pero tenemos que ir.
Mi madre aceptó y salimos. Mi padre y mis dos hermanos estaban trabajando y no
quisimos llamarlos. Nos fuimos a la comisaría, que no estaba lejos y cuando íbamos a
entrar el guardia en la puerta nos detuvo:
-¿Qué desean?
-Venimos a hacer una denuncia de rapto.
-¿Cuándo fue el susodicho rapto?
-Escuchame muruviyá, explotó mi madre. No hay susodicho ni nada. Ella lo vió, hace
menos de quince minutos.
-Entonces tendrán que esperar porque no se toman denuncias de rapto antes de las
veinticuatro horas de ocurridos.
-Así le dan tiempo a sus socios para que hagan desaparecer a la chica.
Mi madre estaba fuera de sus casillas.
-Señora, retírese.
Y él a su vez dió media vuelta y se fue a colocar bajo la arcada dentro del edificio. Mi

madre quiso seguirlo y yo la paré. Terminaría con un expediente por drogas o
prostitución, presa.
Me imaginé alguna de las cosas que nos habían dicho que les hacían a las chicas que
raptaban y sentí una cuchillada adentro mío, porque yo creía profundamente que tenía
que haber salvado a Adela.
Veinte años después de irme de Asunción tengo todavía el grito de Adela en mis oídos y
en mi imaginación su vida horrible.

II

LA ESTUDIANTE

Nací en Olavarría. Pude estudiar primaria y secundaria pero quería ser licenciada en
relaciones internacionales. Para esto tenía que venir a Buenos Aires.
Llegué en un día nublado a la Terminal de Retiro y tomé el subterráneo hasta Palermo.
Allí vivía una prima de mi madre que se había ofrecido a que estuviera en su casa “por
algún tiempo” como decía en su carta. Esto significaba que mi tía tendría una cuota de
paciencia limitada y yo tenía una cuota de dinero también limitada.
Me recibió con mucho cariño, me mostró mi dormitorio y me dio las llaves de la casa.
Vivía sola y le gustaba que así fuera, aunque la casa le sobraba (tenía tres dormitorios) y
el pequeño jardín al frente no estuviera muy bien cuidado. Desde el primer momento
actué tratando de pasar lo más inadvertida posible para no estropear esa soledad a la que
estaba acostumbrada. Le dije que al día siguiente empezaría una activa búsqueda de
trabajo para poder alquilar algún lugar y no molestarla. “¡Pero si no eres ninguna
molestia!” me mintió con un tono de sinceridad loable.
Para hacer una salida lo más rápida posible, al día siguiente compré el diario y empecé a
buscar avisos de lo que fuera. Encontré dos que podían ser para mí y fui a esas
direcciones. En la primera ya habían tomado a una chica cuando llegué. En la segunda
había aun una cola de quince personas y no habían tomado a nadie. Cuando me llegó el
turno me senté frente a un buen mozo que empezó a hacerme preguntas sobre mi vida.
Fueron cortas las respuestas, como mis veinte años y cuando terminó me pidió que
pasara a la habitación siguiente. Allí había una chica casi de mi edad que me dio una
cantidad de papeles con preguntas y después que las llené me hizo casi las mismas
preguntas que me había hecho el buen mozo de la entrada. Al terminar noté que
estábamos solas en el salón, que era bastante grande. Me dijo:
-Vete mañana a esta dirección y preséntate como la nueva vendedora.
-¿Me han tomado?
-Si
-¿Con el sueldo que decía el aviso?
-Si.
Me contuve para no saltar de alegría por mi suerte. Me habían dicho que encontrar
trabajo me costaría mucho y el primer día ya lo conseguía. Salí casi corriendo y quería
empujar el ómnibus con mis ansias para decirle a mi tía que ya tenía trabajo y hablarle
por teléfono a mi madre. A mi tía le anuncié “Si todo va bien el mes que viene ya podré
irme a un departamento”. Me miró con cierta ternura que no dejó de sorprenderme
porque me la imaginaba mucho más dura.
El trabajo resultó ser razonable aunque aburrido, atendiendo a las señoras que venían a
comprar telas, pero me iba bien con las ventas y eso era lo que contaba, así que a
principios del mes siguiente una vez que saqué las cuentas, me puse a buscar un
departamento de un ambiente en una zona poco céntrica para que fuera más barato.

También con mucha suerte lo conseguí casi enseguida y solo me pidieron un mes de
garantía y un mes de alquiler adelantado. Me quedé casi sin dinero, pero pedí un
adelanto a mitad de mes en el trabajo y llegué bien a fin de mes. Mi vida se había
estabilizado.
El siguiente paso era buscar la carrera que quería seguir. Conseguí una guía
universitaria y elegí dos posibles licenciaturas relacionadas con relaciones comerciales
internacionales. Las dos eran en universidades privadas. Eso me hizo sospechar que
podría tener problemas económicos. Lo que no suponía era que las cuotas eran tales que
me hacían imposible estudiar y vivir en mi departamento. La solución podría ser, pensé,
que le pagara algo a mi tía y viviera con ella.
Mi tía me recibió con mucho entusiasmo, me preparó un te con unas medias lunas y me
felicitó por lo bien que me estaba manejando en Buenos Aires, “que no es una ciudad
fácil”, me dijo. Sin darle más vueltas a la cuestión le conté la sorpresa que me había
llevado con el costo de las universidades. Le dije que podía haber una solución si yo le
pagaba a ella un monto, le dije cuanto para que pudiera así pagar la universidad. Ella
tampoco dio muchas vueltas a la cuestión. Me dijo que convivir era algo muy difícil,
que ya lo había intentado antes y que había terminado en conflictos para los que estaba
muy vieja. Que mal que mal ella podía vivir en las condiciones en que estaba y que no
necesitaba ayuda. Que si alguna vez tuviera algún problema con mucho gusto me
ayudaría, pero que convivir eran palabras mayores. Terminamos el te hablando de
generalidades y salí en la penumbra de las siete de la tarde a la calle arbolada.
Lo primero que me ocurrió es que desde el estómago me subió una protesta “¡Yo no
vine a Buenos Aires a vender telas!”. Si no podía estudiar me volvía a mi pueblo. Pero
ese solo pensamiento me golpeó en el cerebro. ¿Qué haría en mi pueblo? ¿Vender telas?
¿Esperar algún individuo para casarme? Yo tenía un proyecto y no iba a dejarlo. Tenia
que buscar algún trabajo que me diera unos pesos extra.
Al día siguiente hablé con mi jefa, aclarándole que no pedía aumento de sueldo, que lo
que quería era encontrar algo para ganar unos pesos más. Le dije el monto. Me miró con
expresión escéptica. “Para este monto tienes que conseguirte un tipo que te pague”. “No
creo que sea tan fácil”. Y para mi sorpresa me dijo “Yo te puedo conseguir un lugar
donde vayas un rato cuando sales de acá y podrás ganar unos pesos de más”. Y agregó
“si estás de acuerdo en tener relaciones sexuales”.
Yo no era virgen, había tenido dos experiencias, pero no me imaginaba teniendo
relaciones sexuales así, en plural. “Lo pensaré” le dije, y esa noche estuve estudiando el
diario a ver que posibilidades había de trabajos por tiempo reducido que me permitieran
además estudiar. Me dormí vestida, con el diario encima mío y el despertador me
sorprendió a las 7. Cuando llegué a la tienda le dije a mi jefa que probaría lo que me
había dicho.
El departamento estaba en el centro. Pregunté por Roxana como me había dicho mi jefa
y una mujer de unos cuarenta años apareció, me saludó y me llevó a un cuartito. Nos
sentamos. “¿Te dijeron cuales son las condiciones?”. “Si”. “Bueno acá no se dan besos
de lengua y se usa condón, siempre. Cobrarás al final del día. En este placard tienes
ropa para probarte. Elige la que te venga bien y cámbiate”.
Se fue. Abrí la puerta del placard que tenia una cantidad de sostenes y bombachas
fantasiosas y zapatos de distinta medida. La puerta tenía un espejo y a medida que me

probaba algunas de esas cosas, me miraba extrañada del espectáculo que daba, pero
encantada porque me hacía un cuerpo mucho mejor que el que yo creía tener. Cuando
hube terminado fui a verla y me miró con expresión aprobatoria. “Esta será tu pieza”,
me dijo y me mostró un cuarto con una cama doble, un cubrecama rosa y una mesita de
luz con una lamparita. “Si alguna vez está ocupada irás al otro. Te llamarás Lilí”.
Fuimos a un cuarto donde había otras dos chicas. Me las presentó y fueron más bien
lejanas. Me senté a esperar y antes de veinte minutos Roxana me llevó a la pieza a
presentarme a mi primer cliente.
Al chico se le escapaba el bulto por el pantalón y los ojos estaban fijos en mi pecho.
Me hizo gracia. Apenas si pude contenerlo, me tiré en la cama, me saqué la bombacha
y antes de que se hubiera terminado de sacar el pantalón se había tirado sobre mí, lo
paré le puse el condón mientras me manoseaba febrilmente, me acosté y él entró sin más
y sentí su miembro hincharse y correr el fluido hacia el preservativo. Cuando hubo
terminado se tiró a un lado y me besó en la mejilla. Me levanté. “¿Se acabó?”. “Si”.
“Ah, yo creí que era una hora”. “O un polvo. Ya te lo mandaste”. Dócilmente se
levanto, se vistió y se fue. El caso me había parecido gracioso y me sentía divertida.
Poco después Roxana me llevó a un nuevo cliente, un hombre de unos treinta y cinco
años que fue más cuidadoso, me besó los pechos y me chupó los pezones, me acarició
brevemente el clítoris, le puse el condón y entró y se movió y eso me produjo cierta
sensación de inquietud, y volví a sentir el semen cayendo sobre el condón, el hombre
haciéndose a un lado y levantándose. Se sacó el condón y lo tiró en un cesto que había
en un costado y entró al baño. Salió casi enseguida, se vistió, yo ya estaba vestida, me
dio un beso en la boca cerrada y me dejó unos pesos de propina. Eso yo no lo había
calculado en mi presupuesto. Tampoco había calculado la inquietud que me había
dejado ese hombre en el cuerpo.
Algo debía de hacer que les gustaba porque Roxana me llevó en pocos minutos a un
tercer cliente, un hombre de casi sesenta años que me trató de una manera totalmente
diferente. No me desnudó enseguida, me acarició los labios con los suyos me recorrió el
cuello y la nuca, produciéndome más cosquilleo en todo el cuerpo y luego me sacó el
sostén lentamente mientras me besaba el escote y luego los pechos y por fin se metió
cada pezón en la boca y jugó con ellos con la lengua y me los chupaba al mismo tiempo.
Entonces me di cuenta que él estaba casi desnudo y me acarició las nalgas sacándome la
bombacha y llevándome a la cama. En vez de subir se fue hasta mi sexo y empezó a
besarlo, metía la lengua, me acariciaba los pechos con las manos y yo agarré casi con
violencia un condón de la mesita de luz y me incorporé y se lo puse y cuando él entró en
mi vagina, empecé a temblar de placer y esa vez más que sentir su jugo, sentí el mío que
llenaba mi sexo y abriendo la boca le metí la lengua en la suya y así acabamos. Estaba
extenuada, plácida y al mismo tiempo con una sensación de angustia en el fondo. El dijo
algunas cosas amables y me dejó una generosa propina.
Mientras me vestía despacio entró Roxana. “¿Como estas?”. “No lo sé. Mañana lo
sabré”. “Toma”, me dio una cantidad de dinero. “Te espero mañana, pero trata de no
acabar sino no aguantarás”. “¿Cómo sabes...?”. “Se te ve en la cara”. Me fui a la pieza
y me cambié. Entonces me di cuenta que la cantidad que metía en mi cartera era buena
parte del sueldo que cobraba en la venta de telas.
Al día siguiente volví, y con las mismas ropas recibí dos clientes. Los dos eran del tipo
del segundo del día anterior. Con el tiempo aprendí que eran los más comunes. Pero esa

vez no dejé que ninguno de los dos me calentara. Y cuando hube terminado con el turno
del segundo hablé con Roxana.
-¿Esto es siempre así?
-¿Cómo?
-Dos o tres tipos por día.
-Si estás todo el día pueden ser cuatro o cinco si los aguantas.
-Puedo venir todo el día si quieres.
-¿Y tu empleo?
-En dos días aquí he ganado más de la mitad de lo que gano en un mes vendiendo telas.
Pero necesitaría trabajar de noche porque quiero estudiar y puedo tomar el turno de la
mañana.
-Ahora no hay clases.
-Pero a fin de julio empieza el segundo semestre y allí puedo empezar.
-Está bien. Solo dos cosas. Una es que te consigas tu ropa. Yo te diré donde puedes
comprarla barata. La otra es que sigas durante este mes en el turno de tarde. Para tomar
la noche tienes que hacer más experiencia. De noche vienen tipos más violentos,
drogados o mamados y hay que aprender a manejarlos. Recién estás empezando a
manejar a los de la tarde que son buena gente.
Así fue como renuncié a la venta de telas, me anoté en la Facultad y me sorprendí con
mis ingresos, a punto tal que abrí una cuenta corriente.
El turno de la noche era más duro. Es cierto que a veces venían borrachos, que eran
relativamente fáciles de manejar, pero otras veces venían drogados y esos eran peores.
Uno me puso una línea de cocaína y quería obligarme a aspirarla. Llegó a agarrarme por
la nuca y empujarme hasta la mesa y meterme una cánula en la nariz. Entonces grité, tan
fuerte que mandé al diablo la cocaína y logré que Cacho, el guardián de la noche,
entrara. Con la aparición del bestia (Cacho tenía un físico más ancho que alto), el
muchacho llevó sus ansias de compartir la droga a otro lado, se vistió apresuradamente
y se fue.
Cada día iba a la Facultad por la mañana, después de haber dormido dos o tres horas.
Pero eran suficientes porque dormía unas siestas larguísimas. Estudiar Relaciones
internacionales no me resultó difícil. Era como un secundario especial. Dí los exámenes
parciales y los finales sin problemas. Durante la noche tenía tiempos libres para estudiar
y después de mi siesta me quedaban aun algunas horas para hacer trabajos prácticos o
repasar. Así terminé el primer año y lo único que sentía era que no tenía amigas, que las
otras chicas eran realmente putas hasta los tuétanos sin educación ninguna y que no
podía contarle a nadie lo que me pasaba cuando me sentía sola o angustiada. Porque a
veces los olores y las caricias de los tipos se me quedaban pegadas al cuerpo y no había
ducha que me los sacara. En un momento empecé a tomar whisky, pero me dí cuenta
que era muy peligroso y opté por dar largas caminatas después de almorzar.
Estaba cursando segundo año y un día Roxana me pidió si no podía cubrir el turno de la
tarde. Era julio y la Facultad estaba cerrada, así que acepté. A las cinco de la tarde entró
un hombre de algo más de cincuenta años, de buen porte, que desde el primer momento
me trató de otra manera. Más parecía una novia que una puta. Era tierno, sus caricias
eran cariñosas y me recorrió el cuerpo con sensualidad en cada milímetro. Como no me
había pasado en mucho tiempo acabé echando mi alma por la vagina. Solo entonces él
entró y acabó. No le pedí que usara preservativo.

Después de un descanso me preguntó mi nombre. “No, el verdadero” me dijo cuando le
recordé que era Lilí. “Me llamo Lucila” me oí decir. Y a continuación me pidió mi
teléfono. Le dí el número de mi celular, le conté que iba a la Facultad, le dije que
alquilaba un departamento en Palermo, que venía de Olavarría. En media hora le había
contado a ese desconocido toda mi vida. Cuando se fue pensé que era una idiota y que
Jorge no me llamaría nunca.
Cuando cinco días después escuché su voz en el teléfono me sentí como una
quinceañera con su primer novio. Nos vimos en un café de buen nivel y recoleto, que
estaba, no por casualidad, a una cuadra de un hotel por horas. Nuestra relación fue esa
tarde mejor aun que la anterior. Cuando me pagó en el ascensor de salida, sentí la
tristeza de seguir siendo su prostituta.
Dos citas después me dijo que no sabía si pagarme o no, que tenía miedo de ofenderme
tanto si me pagaba cuanto si no lo hacía. Yo no tuve el coraje de declararme su novia y
le dije “Haz lo que quieras”. Ante esta respuesta optó por pagarme. Antes de irnos le
comenté que había dejado el departamento y que iba a trabajar en un cabaret de la calle
Charcas. Con un solo cliente por noche iba a ganar el doble que en el departamento con
cuatro o cinco en cada turno. “Los americanos pagan en dólares”, le dije.
Y efectivamente pagaban en dólares, eran mucho más elementales que los visitantes del
departamento pero al mismo tiempo besaban más violentamente. La semana siguiente
Jorge me dijo “besas distinto”. Y tenía razón. También me dijo, “¿No tienes miedo de
dejar el estudio?”. Yo estaba segura de que no tendría problemas.
Apenas un mes después bajábamos por el ascensor y yo me lancé y le dije: “Estoy
ganando muy bien, no necesito que me pagues”. El me miró y me dijo: “No puedo
empardarlos a los yanquis, pero te servirá para tus gastos menores” y me dio el dinero
que solía darme. Entonces me dí cuenta que Jorge no sería nunca mi novio y decidí no
contestar ninguna llamada suya.
Fueron muchas, pero una sola vez que contesté distraída el teléfono y escuché su voz,
me ató un nudo la garganta y corté.
La noche del cabaret es más cansadora que la noche del departamento y no tiene
momentos tranquilos, porque siempre están exigiéndote que estés en la barra o que te
sientes con algún recién llegado. Fue así que empecé a llegar tarde a las clases, me
bocharon en el primer parcial y en el recuperatorio y no me animé a dar los finales.
Jorge tenía razón.
Hace cuatro años que llegué a Buenos Aires, nunca terminé el segundo año de
Relaciones internacionales, pero gano muy buen dinero en el cabaret de la calle
Charcas.

III

YO ERA POBRE

Se nace donde a uno le toca y a mi me tocó nacer pobre. Mis padres eran buenas
personas, no soy hija de un borracho y una prostituta, sino de dos personas de bien, que
sobrevivían con dificultad en un barrio del arrabal, con el sueldo mísero que ganaba mi
padre. Siempre sentí los agujeros en las suelas de los zapatos o las medias zurcidas y
debajo del delantal llevaba ropa vieja muy grande o muy estrecha que no podía lucir,
como hacían otras compañeras con las suyas. Así terminé el secundario y tomé la
decisión de presentarme a un concurso de belleza. Para sorpresa de mi familia gané el
titulo de Miss Club el Progreso. No voy a describir el club pero ustedes pueden
imaginar las instalaciones que puede tener un llamado club en un barrio pobre, cuya
actividad central es el baile de los sábados y la visita a los heridos del baile, el domingo.
Este éxito inesperado me hizo nacer la idea de utilizar mi cuerpo de la mejor manera
posible. Conseguí las direcciones de tres agencias de modelos y me presenté. Si lograba
hacer carrera como modelo tendría mi vida asegurada. Pero el primer problema eran las
fotos que tenía que presentar. Pedí a la agencia que me había recibido mejor que me
recomendara un buen fotógrafo. La chica de recepción me miró con cara de pena
mirando mi ropa. Pero me la dio.
Con esa dirección fui a verlo y le propuse que me hiciera las fotografías a cambio del
5% de todos mis ingresos futuros. El se sonrió. Me dijo: “Vete esta noche a esta
dirección, bien vestida y mañana ven a las 12 y te saco las fotos”. “No tengo qué
ponerme”. “Ven”. Y me abrió la puerta de una habitación que estaba llena de vestidos.
“Elige uno”. Y se fue. Yo temía que se quedara para verme desnuda, pero no hizo nada.
Cuando hube elegido uno salí y él seguía trabajando en su escritorio. Apenas me miró.
“Ve a esa dirección. Te espero mañana”.
El barrio era elegante. En el piso me abrió la puerta un mayordomo. Pasé a un salón
grande y esperé. Apareció un hombre de unos sesenta años, en camisa y pantalón, todo
de muy buena calidad.
-Hola
Me dio un beso en la mejilla y se fue a sentar a un sillón.
-Camina un poco a ver como vas a andar en la pasarela.
Me tomó de sorpresa, ensayé unos pasos y enseguida dejé el bolso sobre una mesa y
empecé a caminar como lo había estudiado mirando a las modelos en los desfiles por
televisión.
-Vuelve hasta la pared y ven.
Lo hice siempre caminando con ese paso.
-Está bien. Necesitas un poco de pulido, pero eres buena. ¿Quieres un whisky?
Acepté. La verdad es que necesitaba algo para pasar esa excitación que sentía. Estaba al
borde de mis nervios, por la prueba que había tenido que hacer y por haberla pasado.
-Me llamo Carlos, me dijo. Me dio un vaso de whisky y él tenía otro, bebimos un sorbo
y no dio más vueltas. Me tomó por la cintura, me acercó a él y me besó en la boca.
Aunque yo no sabía para que tuviera que ir esa noche a esa dirección, no dejaba de

suponer que algo así pasaría.
Evidentemente le gusté porque al día siguiente me dijo:
-Hay una fiesta esta noche. ¿Quieres venir?
Cuando llegué lo primero que me dijo fue
-¿Este es el único vestido que tienes?
-Si,
-Mañana vete a “Estelle”, pregunta por Sara y dile que vienes de parte mía.
Esa tarde había estado en la agencia y no era difícil adivinar que Carlos ya había
hablado.
-Vas a tener que entrenarte. Toma esta tarjeta y durante quince días vas a perfeccionar
algunas cosas urgentes. No te va a costar nada. Mientras tanto el sábado tienes un
desfile para empezar. Es en San Nicolás para que no te expongas demasiado. El jueves
hay otro en Mar del Plata.
Así empecé a viajar por el país, a llenar mi guardarropa con los vestidos de Sara y a
acostarme con Carlos. Yo sabía que este hombre tenía demasiadas mujeres bonitas a su
alrededor como para que me durara demasiado. Pero me recompensaba ampliamente.
Al principio en casa dije que tenía un puesto de vendedora que me obligaba a viajar.
Después me mudé a un departamento y no dí más explicaciones.
Poco a poco fui teniendo mejores oportunidades, tuve una entrevista en una revista –no
pude seguir mintiendo en mi casa-, y como esperaba que ocurriera Carlos me dijo que
estaría muy ocupado en los próximos días. Le dí un beso en la mejilla y simplemente le
dije:
-Gracias por todo. Cuando quieras llámame.
Y me fui.
Pasaron dos años de vaivenes pero no lograba llegar a la primera fila. Había tenido
algunos romances y me había acostado con algunos hombres para intentar llegar al
estrellato. Y aunque les gustaba en la cama no les convencía en la pasarela.
Un día lo conocí a Raul. Era un hombre de casi cincuenta años, rico, amable, que estaba
de visita en la agencia por un tema diferente. No era una persona del ambiente de la
moda. Me gustó y le gusté. Salimos juntos y me invitó a almorzar. Cuando quiso
avanzar me negué.
-Lo siento, me dijo. ¿Podremos vernos esta noche?
-Tengo que trabajar, le mentí.
Esa noche pensé que Raul era una oportunidad como no había tenido antes. Todos los
hombres con los que estaba tenían que ver con la moda o los medios. Este era un
comerciante serio, tranquilo y en muchos aspectos, tímido. ¿Qué era más importante,
seguir luchando por estar en primera fila o tener una vida asegurada y calma?
Por la mañana mi subconsciente había tomado la decisión por mí. Cuando Raul me
llamó para cenar esa noche acepté, pero me hice rogar aun antes de llegar a la cama.
Tres días después nos acostamos y como estaba segura, le gusté. Seguimos saliendo,
viajamos juntos y un día me propuso casarme con él. Me pedía solamente que dejara mi
carrera de modelo. Yo no lo quería, era una buena persona y nada más, pero pensé que
si alguna vez necesitaba un hombre distinto podría conseguirlo por un rato. Acepté y
cancelé mis compromisos con la agencia. Cuando se lo dije a Carlos me hizo un
comentario muy duro “Te aseguraste un pago de por vida”, pero tenía razón.

Tengo dos hijos, vivo en una casa muy bonita en los alrededores de Buenos Aires, todo
su mundo me ha aceptado como una encantadora joven y muy de vez en cuando siento
la necesidad de visitar algún antiguo amigo para tomar el té y cambiar un poco de piel.

IV

LA FORMOSEÑA

Desde joven tuve que sacarme de encima las manos de los pendejos que insistían en
tocarme el culo o las tetas. Yo era pulposa y sin ser gorda tenía un cuerpo generoso. El
único que siempre me respetó fue mi primo José. Una vez tuve relaciones con un tipo de
la zona y me pareció algo violento donde él sonrió muy satisfecho y yo me quedé
mirándolo, porque no había sentido casi nada.
José quería estudiar en la Universidad y se iba a ir a Buenos Aires. Ese día me propuso
que nos fuéramos juntos, así tendríamos menos miedo de dejar Formosa y estar en la
ciudad. Podríamos alquilar una pieza juntos, sin que pasé nada me aclaró, y buscar
algún trabajo. Decían que se conseguía fácil. Además, si algo andaba mal teníamos
familia que vivía en Buenos Aires.
Así viajamos en contra de la voluntad y opinión de nuestros padres y con muy poco
dinero. Cuando llegamos a Buenos Aires, encontramos enseguida una pieza para
alquilar cerca de la plaza donde nos había dejado el ómnibus y al día siguiente busqué
en el diario y encontré cuatro avisos pidiendo niñera. Al primero que fui me tomaron.
Eran dos niños de tres y cinco años, un varón y una mujer, en un departamento grande,
un barrio muy bonito y la señora parecía muy amable aunque me trataba como que ella
era superior.
Volví a la pieza y le dije a José que tenía trabajo y donde era, le dí la dirección, el
teléfono y el nombre de los dueños. Él estaba buscando y esa mañana se le había ido sin
lograr nada.
Al día siguiente, cuando apareció el señor, no me gustó la manera en que me miró. No
miraba a una niñera. Pero no pasó nada aunque cada vez que nos cruzábamos me miraba
fijamente el escote y estoy segura que después se daba vuelta. Así pasó un mes. Y un
día en que los niños dormían y la señora no estaba, cuando me crucé con él en una
pieza me arrinconó y me besó en la boca.
-¡Que hace!
-Te beso. Eres preciosa.
Y empezó a besarme el cuello.
Aunque sentí unas cosquillas lo aparté.
-Si vuelve a repetir esto se lo diré a la señora.
-Ella no te va a creer. Ganarías más acostándote conmigo. Yo te podría hacer regalos
muy bonitos.
Lo aparté y me fui. El fin de semana le dije a José, quien estaba empleado de cadete en
una empresa, y se puso triste. Eres demasiado bonita, me dijo, esto es un inconveniente
a veces. Pero él no hacía nada. Esto no se lo creían los demás y nos habían llegado ya
las críticas de la familia de qué hacíamos viviendo juntos pretendiendo que no éramos
novios. Yo lo quería a José como a un hermano y él supongo que también. Pero esas
críticas eran una molestia.
Pasaron dos semanas y otra vez estábamos solos con el señor, los niños durmiendo y ese
día vino a mi pieza en calzoncillos, levantó la sábana y se acostó apretándose contra mí
y besándome. Lo tiré a un lado y alcancé a sentarme en la cama.
-¡Ahora le voy a decir a la señora!

El se levantó y me dio una bofetada en plena cara.
-¡Afuera!, gritó. ¡Puta de mierda! Me coqueteas todo el tiempo y ahora te haces la
virgen. ¡Afuera!
Era tal su bronca que me vestí rápidamente, tomé las pocas cosas que tenía guardadas,
las puse en el bolso y me fui. Era principios de mes así que no tenía mucho que
reclamar y preferí no hacerlo.
Al día siguiente, con el mismo argumento de recién llegada de Formosa, tenía ya otro
empleo de niñera. Esta vez eran tres los niños y uno me pareció un poco atrevido por la
forma en que me acariciaba el brazo o la pierna. Pero a los ocho años no creo que se
tengan malas intenciones.
El que las tuvo otra vez fue el padre y dos meses después me iba de la casa después de
resistir dos asaltos del individuo. Evidentemente mi destino no era ser niñera.
Hablé con una tía que tenía una peluquería a ver si podía emplearme como lavadora de
cabezas. Me dijo que no, pero que sabía de un amigo que estaba buscando una. Me
preguntó si tenía experiencia y yo le dije que tenía la experiencia que dá lavarse la
cabeza. Se rió.
Dos días después estaba trabajando en esa peluquería, que no era muy grande pero que
tenía mucha clientela, así que estaba ocupada todo el día. Aunque el sueldo era
miserable, las propinas no eran malas y eso compensaba. Yo creía estar a salvo esta vez,
rodeada de mujeres y con un dueño que parecía invertido, hablando con las clientas
como si fuera una mujer más.
Un día a última hora se acercó a mi esquina y me dijo:
-Te he estado observando y creo que eres una buena trabajadora. Podría adelantar
haciendo un curso de peluquería y yo te daría aquí la oportunidad.
-Si, muchas gracias.
-Hasta mañana, era la voz de Adela que se iba.
-Cierra la puerta, le dijo el dueño. Se oyó el ruido del cerrojo y nos quedamos solos.
Entonces el peluquero dejó sus modos feminoides y me encaró. Yo solo pude decir:
-No...Otra vez. ¿No podría trabajar sin que tuviera que acostarme con usted?
-María, eres una mujer espléndida. No quiero solo acostarme contigo, quiero casarme
contigo.
Si, pensé, hasta que acabes.
-No, lo siento, no está en mis planes casarme.
Y con la mayor suavidad y lentitud posible, traté de no mostrar mis pechos al sacarme el
delantal, para lo cual me dí vuelta como buscando algo y entonces sentí su mano en mi
nalga. Algo se sublevó dentro mío, giré rápido con el brazo a media altura le dí en plena
cara y se cayó estrepitosamente. Salté enseguida hacia la puerta antes de que pudiera
reaccionar y cuando estaba en pie yo había llegado a la calle y me alejaba casi
corriendo. Esa noche lloré sola en mi cama. Había perdido el bolso y la esperanza de
poder trabajar en paz.
Al día siguiente, mirando los avisos del diario ví uno: “Srtas. hasta 25 años pago por
día”. Yo sabía que quería decir, porque José me lo había explicado cuando empezara
mis búsquedas. Si voy a tener que aguantar a un cabrón por un sueldo miserable, es
mejor aguantarse a varios por un buen sueldo, pensé. Por lo menos yo decidía hacerlo y
podía dejarlo cuando quisiera. Llamé por teléfono y me dieron una dirección en la calle
Ayacucho.

Cuando fui me llamó la atención la elegancia del barrio y lo bien que estaba puesto el
departamento. Pensé que no me aceptarían. Yo no era elegante.
-¿Cómo te llamas?
Era una mujer elegante. Esta parecía ser la palabra que tenía en la cabeza con todo esto
que me rodeaba.
-María.
-Puede ser. Te va bien. Eres nueva ¿no?
-Sí.
-Bueno la cuestión aquí es que cobramos 100 pesos por turno y tú te quedas con el 40%.
Al final de cada día te damos lo que hayas facturado.
-¿Y cuanto sacaré por día?
-Con tu cuerpo, si sabes hacerlo, unos 300 pesos por día.
-¿No son muchos hombres?
-Eres fuerte y hay que saber como ahorrar energías.
-Bueno, está bien. Probaré. ¿Cuándo empiezo?
-Primero tenemos que estar seguros todos. Porque ya nos ha pasado que vienen con
muchas ganas y al primer hombre desnudo que las toca, salen corriendo. Esta es una
casa seria y tenemos que dar un buen servicio para el arancel que cobramos.
-¿Entonces?
-Pasa al cuarto y desnúdate.
Querrá verme desnuda, pensé. Como quien compra un caballo.
Estaba ya desnuda, de pie y entró ella con un hombre. Empezaron a tocarme y eso me
puso un poco nerviosa, pero además me di cuenta que se estaban desnudando. Iba a
protestar y me acordé de las que se iban al ver desnudo al primer hombre y me acordé
de los padres de los niños y del peluquero y no dije nada. Me acostaron y suavemente
me acariciaron todo el cuerpo. El contacto con ella me hacia estremecer pero parte del
servicio era lesbianismo. Cuando ella llegó a mi sexo no pude evitar un grito ahogado y
empecé a mojarme en abundancia. Ella me giró y se puso abajo mío, yo quedé en
cuclillas y entonces sentí la mano de él sobre una nalga y una cantidad de pomada en el
ano y en sus alrededores y su pene, que entraba en esa pomada que empujaba mi ano.
“¡Me duele!”. “Ya se te pasará” fue la respuesta y las manos de ella llegaron a mis tetas
mientras seguía chupándome el clítoris y la pija del tipo se movió lentamente primero y
empezó a dejar de dolerme y a sentir algo y por el sexo y por los pezones y ya no tenía
más por donde sentir. Mis aullidos eran de angustia y de placer al mismo tiempo hasta
que sentí el semen de él y los gemidos de ella terminando. Ella salió de abajo mío y yo
me derrumbé sintiendo una terrible sensación en todo el cuerpo.
-Eres muy buena, oí la voz de él. Harás carrera.
Y con la misma naturalidad se vistió y se fue sin siquiera despedirse. Ella en cambio
vino y me dio un beso en la boca que casi me hace vomitar. Pero no dije nada.
-Estás contratada María. Puedes empezar.
-Déjame dar un baño, alcancé a murmurar.
Debajo del agua que caía, sentía que se iban las caricias y las sensaciones que me
habían dejado esos dos. No sé cuanto tiempo estuve pero fue mucho. Cuando salí Nora
me esperaba con un juego de ropa de trabajo (corpiño, bombachita y zapatos) y una

sonrisa cálida e irónica al mismo tiempo. Fue difícil ¿no?, me dijo. Y no esperó mi
respuesta.
El primer cliente fue un chico joven que manejé sin problema. Norma estaba cuidando
que no me asustara, aunque después de esa prueba tener relación con un varón solo me
pareció sedativo. Después vino otro mayor pero muy educado. Luego otro igual. No
había individuos como ese formoseño primero. El último fue más detallista y me
calentó. Todos dejaron entre diez y treinta pesos de propina.
Eran las nueve de la noche, me había ganado 240$ que era la mitad del mejor sueldo
que había tenido. Me duché, me vestí y salí a cobrar. Nora me dio los 160 pesos y me
dijo "Y ahora dame la mitad de las propinas".
-¡Que? De esto no hablamos nada.
-Pero es así.
-No conmigo. O me quedo con las propinas o me voy a otro departamento.
Nora me miró evaluando si pegarme, obligarme a pagarle o mandarme al carajo. No
optó por ninguna de esas posibilidades que pasaron por sus ojos. Simplemente me dijo:
-Está bien, pero no se lo digas a las otras chicas o te vas con la cara desfigurada.
Esto me dió la pauta de que no estábamos jugando a las muñecas.
Al día siguiente volví y aprendí a pensar en cualquier cosa mientras un tipo serruchaba
arriba mío. Los que más me molestaban eran los que querían hacerse los novios y me
besaban por todo el cuerpo porque si lo hacían bien no podía evitar calentarme y si me
tocaban dos seguidos así, acababa como una bestia. En el fondo los odiaba. Porque esos
me tomaban no solo como una cosa con la que desahogarse sino como alguien de quien
podían abusar. Una vez o dos solamente me tocaron hombres que me trataron de igual a
igual, conversando, con cariño, que cuando me recorrían el cuerpo no me hacían sentir
humillada. Nunca me tocó una lesbiana y más de uno me rompió el culo como decían
luego bravatamente.
Así pasaron cinco años. Un cliente me había aconsejado comprar dólares y alquilar una
caja de seguridad en un Banco. Así se fue acumulando el dinero sin mayor riesgo. A los
cinco años, apenas con veintiséis de vida, me despedí de Nora.
Ahora vivo en Formosa, me he comprado una pequeña casa no lejos del centro de la
ciudad y tengo dos taxis que cada noche se paran frente a mi casa y me pagan el
porcentaje que me corresponde. No tengo ganas de tener un novio ni un macho, ni nada.
Me ha quedado una cierta lejanía con la piel del hombre, más aun con la de la mujer.
Pero creo que tengo un capital suficiente que me permite ahorrar y vivir sin nervios. Mi
primo sigue en Buenos Aires y hace carrera en una empresa. Con él nos escribimos. Le
dije que ya no trabajaba como niñera.

V

DE LOMAS DE ZAMORA

Estuve en el departamento más de tres años. Éramos cuatro chicas. Una había venido
por un aviso, otra simplemente había tocado el timbre un día pidiendo trabajo, a otra la
había traído su novio para que trabajara para él y a mi me había traído una amiga, que
luego se fue. Nos llevábamos bien las cuatro. No nos sacábamos clientes, la dueña nos
pagaba cada semana nuestro dinero, ninguna se llevaba clientes a otro lado y si alguno
quería salir hacían arreglos con la dueña y le pagaban luego su parte. Nos preocupaba
no enfermarnos para no perder días de trabajo, no agarrarnos una venérea y menos aun
el sida. Los domingos salíamos juntas a pasear por Palermo o íbamos al cine. Si se
acercaba un tipo lo acabábamos cagando. Ya era bastante aguantarse cuatro, cinco o seis
tipos por día, con sus olores, su peso, sus exigencias. Así fueron pasando los meses y al
final de cada uno, veía como aumentaba mi cuenta en el Banco.
Mis padres habían muerto y mi hermana no aprobaba lo que yo hacía. Decía que era
inmoral y deshonesto. Ella estaba casada con un empleado de Correos y tenían dos
hijos. Vivian en Lomas de Zamora y no la veía nunca. Así que era como si no tuviera
familia y algo parecido les pasaba a las demás, una porque era de Córdoba, otra porque
no tenía hermanos ni padres, otra porque no quería que la vieran hasta que no terminara
de ahorrar lo que necesitaba ganar para llevar adelante su proyecto de poner una
peluquería en algún barrio de gente con ingresos intermedios. “Si lo pongo en uno de
gente rica no va a venir nadie, porque yo no soy elegante y si me voy a un barrio pobre
me voy a morir de hambre”.
Nos duchábamos mucho. La ducha es una forma mágica de sacarse de encima el
hombre que nos acaba de ensuciar con su traspiración. Comíamos en el salón común la
comida que nos hacíamos traer de un negocio que había en la esquina y dormíamos en
las camas y sofás, porque de noche no trabajábamos. Por eso no teníamos problemas
con borrachos ni con cocainómanos. La gente de día es gente limpia. En el verano nos
turnábamos de a dos para ir juntas a algún lado quince días.
Todas teníamos en común que no habíamos terminado el secundario -una ni siquiera
había terminado el primario- y que no encontrábamos un trabajo como la gente para
vivir. Todas habíamos tratado de ser vendedoras o mucamas, pero todas habíamos
fracasado. En cambio como putas o “escorts” como éramos ahora elegantemente,
ganábamos mucho dinero.
Un día vino un hombre de unos cuarenta años, buen mozo, y pidió turno doble. Esto era
raro. Empezó por hablar, por contarme quien era, me preguntó sobre mi vida mientras
se sacaba la corbata, el traje, la camisa, hasta quedar en calzoncillos. Recién entonces se
acercó más y me acarició la cara. Así fue besándome mis labios cerrados, mi cuello, la
nuca y lentamente el resto del cuerpo, incluidas las nalgas que mordió cariñosamente.
Cuando hubo terminado con mi sexo y con mis muslos empezó de nuevo como si recién
hubiera llegado. Yo estaba empezando a sentirme diferente, tenía la sensación de que
me iba a calentar y cuando terminó con mi sexo por segunda vez, supe que estaba

caliente y le abrí la boca con lengua y todo cuando empezó su tercera recorrida. Llegó a
las nalgas me las volvió a morder, me dio vuelta y me chupó el clítoris y los labios de la
vagina y metió la lengua hasta el punto G y yo ya no estaba caliente sino inundada,
había pasado de la humedad a la mojadura más extensa que podía imaginar y él
continuó en mi sexo hasta que se separó despacio y volvió a mi boca y me besó el
paladar frío y sentí como entraba casi sin tocarme y me moví como mi estado de
calentura hacía esperar. Entonces me dí cuenta que no tenía puesto preservativo, pero
tenia la pija dura que entraba y salía en mi vagina y yo era incapaz de dejar de moverme
y de gemir. Cuando él acabó y me llenó de su semen yo caí sobre la cama exhausta. El
se acostó a mi lado, me dijo que yo era una hembra espléndida, que vendría a menudo
porque no era fácil encontrar mujeres que participaran del sexo como yo, me dio un
beso suave en la boca, se vistió, me dejó una muy generosa propina en la mesa de luz y
se fue. Yo me dormí.
Un mes después fui a ver al medico con mis análisis trimestrales.
-¿Has tenido sexo siempre con preservativo?, me preguntó
-Si... ¡No! Una vez no.
-Tienes sida.
-¡Que dices!
-Que tienes sida. Por ahora no está activo, pero no se sabe cuando se puede activar.
-¿Y contagio?
-Si.
-¿Se lo vas a decir a Norma?, le pregunté.
-Esto no es asunto mío. me dijo. Ella no me paga así que con la información que te doy
haz lo que quieras.
Sé que me voy a morir. No sé cuando porque todos los días hay nuevos medicamentos
para el sida. El elegante cuarentón no vino más, pero en su lugar hay cientos de hombres
a los que les encanta entrar sin preservativos cuando les ofrezco hacerlo por una
pequeña diferencia de dinero para que no sospechen, una vez que ya están bastante
calientes.

VI

MUDARSE AL INTERIOR


Hacía ya algún tiempo que me dedicaba a esto. No importa ya porque. Las razones no
son muchas, pero ni me raptaron ni lo hice por gusto.
El lugar era un departamento en un barrio de medio pelo, los tipos que venían eran por
lo tanto de medio pelo aunque de vez en cuando aparecía algún señor y también a veces
había que decirle a un tipo malcarado que en ese momento no había señoritas
disponibles.
Algunos hombres se hacían habituales. Una vez por semana, una vez cada quince días,
aun una vez por mes. Había visitas que se iban charlando, contándome que les pasaba,
como les iba. Alguno a veces me preguntaba por mí. En general yo no contaba, pero a
algunos terminaba por contarles donde vivía, que tenia una hija, que a veces me dolía la
espalda y a uno una vez le dije también que a veces me dolía el alma.
Más de uno me pidió mi teléfono, “porque después se van y te pierdo”, todos siempre
daban el mismo argumento, pero nunca fui amiga de darle el teléfono a nadie. Mi hija
creía que yo trabajaba en una empresa y el que llamaba podía decir alguna
inconveniencia, meter la pata sin darse cuenta. Por eso prefería no darle el teléfono a
ninguno, de la misma manera que ellos no me lo daban a mí.
A veces me ocurrió que algún hombre quiso verme afuera. Se arreglaba con la dueña y
el hombre pagaba la diferencia. Uno vino un día a buscarme y en vez de llevarme a un
hotel me llevó a un bar. Era un bar bonito, con gente bien vestida, en un barrio elegante.
-¿Qué hacemos aquí?, le pregunté
-Tomamos el té o un café, hablamos, como quieras.
Hablamos y yo tomé un té y él tomó un café. A una hora de charlar le dije
-Tiempo cumplido Carlos.
La segunda vez que nos encontramos y que fuimos al mismo lugar, aunque ahora en una
mesa más apartada, cuando le dije “Tiempo cumplido Carlos”, me contestó, “Yo pagaré
la diferencia” y seguimos hablando durante más de media hora.
A los dos días apareció por el departamento y después de tener relaciones me invitó a
salir esa noche.
-Hay una película que te gustará.
-¿Qué estás buscando?
-Quiero ser tu amigo.
-Yo siempre cobro, le contesté.
-No seas bruta. No es eso lo que quiero. Me siento bien estando juntos.
-Yo también. Pero si no cobro...no creo que sea una buena idea ir al cine.
Sin embargo quince días después insistió. Además agregó:
-Podríamos ir con tu hija.
Me corrió un frío por la espalda.
-¡No la metas a mi hija!
-Quisiera que conociera a un cliente de la empresa en la que trabajas. No quiero hablar
aquí. Vamos al café.

-Pero tu tiempo ha terminado.
-Tomo otro turno y este afuera.
Me sentía inquieta, angustiada, con miedo a estar alegre, porque Carlos era un buen
hombre y parecía tener buenas intenciones.
Esta vez eligió una mesa más aislada todavía. Como el mozo tardaba fue a buscarlo y le
pidió que trajera rápido el pedido. No bien estuvieron el té y el café sobre la mesa y el
mozo a más de dos metros, me dijo sin otro preámbulo:
-¿Quieres casarte conmigo?
Solo atiné a llorar. Yo no era una nenita ni él un joven desbocado. A gran velocidad
pasaron por mi mente mi hija, la gente que podría reconocerme, los demás a quienes
tendría que mentir, quien iría a la ceremonia, donde nos podríamos casar, el terror
permanente a ser descubierta...
-No puede ser Carlos.
Y empecé la retahíla de todas mis imágenes.
-Ya lo pensé, me dijo. Nos iremos al interior. Ya tengo un compromiso a medias de un
estudio para que pueda trabajar con ellos, nadie te conocerá y si alguno en una aventura
en Buenos Aires fue a ese departamento y estuvo contigo, que ya sería mucha mala
suerte, se guardará muy bien de decirlo porque su mujer lo fusilará.
-¿Y que le digo a mi hija?
-Que estamos enamorados y que a mi me transfieren al interior.
Por encima de la mesa, volcando el café con mi pecho, le dí un beso en la boca, pero
ahora el beso de su novia.
La dueña me miró pensativa.
-¿Ya pasó antes?, le pregunté.
-En el mundo supongo, aquí no.
Después de un silencio dijo:
-¿Estás enamorada?
-Si
-¿Y él también?
-Es una buena persona, hace dos años que viene siempre conmigo, que hablamos.
-¿Tiene familia?
-Tiene un hermano que vive en el sur.
-Ojalá te salga bien, querida, ojalá te salga bien.
Han pasado cinco años. Mi hija tiene un hermanito que se llama Carlos. Vivimos en una
capital del interior, en una casa de los alrededores de la ciudad, con un pequeño jardín,
un pequeño auto y una gran ilusión. Carlos trabaja ya por su cuenta y le va bien. Nadie
fue nunca en Buenos Aires a un departamento de putas o en todo caso no al mío o quizá
simplemente no conmigo, quizá me crucé con el vecino estando yo en otro cuarto. Pero
ni él ni yo lo sabemos.

VII

ANECDOTAS


Cuando entré a Shell me hicieron un programa de entrenamiento de seis meses (eran
otros tiempos esos de 1960), como parte del cual fui en un carguero petrolífero a
Comodoro Rivadavia y estuve en un pueblo que había construído Shell, (realmente
Diadema Argentina) a unos 30 kmts. de Comodoro, con casas de material, techos con
tejas y calles asfaltadas. Para los solteros había además un salón una especie de casino
de oficiales al mejor estilo inglés. Se podía comer, tomar unos tragos y alguna vez nos
quedamos a jugar cartas.
En ese salón nos reuníamos los que vivíamos solos (yo tenia una casa para mí, como
todos los solteros) y nos contábamos nuestras vidas o no. De todas maneras a través de
unos y otros aparecían nuevas relaciones que no eran de la empresa, como un tejano de
una compañía que estuvo un tiempo en la zona y que llamaré American Co. El tejano
trataba de que yo entendiera su inglés y cuanto más despacio lo pronunciaba en la
esperanza de que yo lo entendiera, menos comprendía esas silabas deshilvanadas. Pero
nos teníamos mutua simpatía.
Un día hablaron de ir el domingo a un río cercano donde se suponía que habría puntas
de flecha de indios. Mi agenda era en realidad un páramo, así que acepté encantado y
pagué mi parte del picnic.
Cuando llegamos me sorprendió la amiga del tejano. Era el único que había venido con
una mujer y además era una real hembra. Comimos y como yo era el único a quien no
conocía se me acercó y hablamos. Nos dedicamos a buscar puntas de flecha y a
intercambiar datos. Encontré dos puntas de flecha, ella encontró una, yo le dije que era
abogado y que estaba haciendo un entrenamiento en Shell y ella me dijo que era
prostituta y que había venido a hacer dinero a Comodoro. En ese momento la política
del Presidente Frondizi la había convertido en un verdadero nido de norteamericanos
petroleros o sea muy bien pagos. Le pregunté cuanto le estaba cobrando al tejano y
cuando me lo dijo casi se me caen los pantalones. En dólares quizá no fueran mucho en
el sueldo del tejano pero en pesos era una millonada.
-¿Y no te sentís como el culo? Vos no tenés aspecto de puta.
-No lo soy. Soy maestra.
-¿Y que haces aquí?
-¿Vos viste lo que gana una maestra? Yo lo gano en una hora.
Me dejó mudo pero ella quiso redondear la idea de su plan.
-Dentro de un tiempo, quizá un mes o dos o tres, depende lo que tenga ganas de seguir
aguantando a estos boludos, volveré a Caballito. Siempre le escribo a mi familia que
estoy en una escuela rural haciendo una experiencia única para una maestra. La escuela
no tiene correo así que me mandan a una casilla del correo del pueblo. Cuando me canse
de estos volveré a Caballito, llena de guita porque en esta zona hay sobresueldos y
porque además no tengo porque contarle a nadie lo que tengo (pondré la mayor parte de
la plata en un Banco del centro de Buenos Aires) y dentro de algún tiempo, algún día,
me enamoraré de un tipo que se enamorará de mí y seremos un matrimonio como

cualquier otro en Caballito.
-¿Y nunca le dirás la plata que tenés?
Dudó un momento.
-No.
Se acercó Jorge.
-¿En que andan ustedes? El yanqui se pondrá celoso.
-No te preocupé. Me voy la semana que viene y no me voy a meter en quilombos.
Y nos fuimos con nuestras puntas de flecha al grupo que estaba diseminado por los
alrededores forzando la cintura para recoger piedras que parecían ser indias. Nunca más
la ví, ni sé si alguna vez llegó a Caballito.

Esto no tiene que ver con putas pero sí con sexo. Estábamos negociando con los
marítimos y un joven abogado laboralista que había contratado la FAEN me llevaba en
su Heinkel. Era un coche muy pequeño con una gran puerta-parabrisas donde cabían en
verdad dos personas solamente aunque a veces se metía una más atrás. Íbamos por el
costado de la plaza de Retiro, despacio, porque Libertador era empedrada y el coche no
tenía amortiguación como para aguantar ninguna velocidad. Había muy poca gente.
Lentamente fuimos sobrepasando a una chica alta con dos pechos grandes y
curiosamente en punta. Mi amigo me dijo:
-¡Mirá que mina! ¡Qué tetas!
-Es puro corpiño, le dije, cuando se lo sacás se caen.
Y él me contestó:
-¿Y si no se caen?

La tercer –y última anécdota- es mi encuentro con el Gerente de Recursos Humanos de
YPF. Era todo en los mismos primeros años de la década del 60. Nos conocíamos de las
negociaciones con los petroleros. Yo venía caminando por Diagonal Norte, no se
porque por la vereda de ellos, Shell estaba enfrente, tanto que un sábado que un grupo
de gente de YPF que estaba haciendo horas extra vió a un señor sentado en su asiento
chupándole las tetas a una señorita. No podían ver más abajo, pero se lo imaginaban.
Con esto se armó un lío que no viene a cuento.
-¿Qué hacés?, le pregunté a mi amigo.
-No te lo imaginás.
-Dame una pista.
-Vengo de contratar personas para Tal lugar (El lugar que no mencionaré por razones
obvias estaba en el medio de la nada y allí trabajaban unos mil hombres).
-Y eso que tiene de raro
-Que son putas
-¡¡Que??
-Son putas. Lo que pasa es que en Tal a medida que creció no sabemos bien si porque
alguna se acercó y luego vinieron otras o porque un tipo organizó la cosa, aparecieron
putas. Te das cuenta que laburaban como locas. Los tipos no veían una mujer desde

hacía meses.
-Si, claro, asentí.
- La cuestión es que algunos se encariñaron en medio de la soledad con algunas de ellas
y terminaron casándose.
-Asunto de ellos, comenté.
-No tanto. Los tipos seguían siendo empleados de la compañía y hacían carrera. Tanto
que uno llegó a ser Jefe del Yacimiento.
-Y a su mujer se la habían cogido hasta las piedras.
-Exactamente.
-Que bárbaro. ¿Y que hicieron?
-Dos cosas. A él lo transferimos y el burdel lo cerramos, nos hicimos cargo nosotros y
cada tres meses voy aquí a la vuelta y contrato minas con contrato por tres meses. Es
difícil que en tres meses pase nada. Además están esperando las nuevas que vendrán.
-¡Y vos sos el seleccionador?
-De eso vengo.
No le pregunté, pero no me hubiera extrañado saber que mi amigo hacía de vez en
cuando una prueba de control de calidad.

De verano

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Se llega siempre mas tarde de lo que uno hubiese querido. Los últimos kilómetros son
una prueba extrema a la paciencia y la ansiedad. Cuando ya se cree que se llegó hay que
atravesar la población porque siempre el lugar esta del otro lado del pueblo.
Son pueblos pequeños con capacidad para pocos habitantes y miles de veraneantes que
por esta elasticidad que tienen, permiten la llegada de cientos de automóviles, autobuses
y toda forma de circulación. Después, metidos ya todos en las pocas manzanas
habitables, no hay forma decente de moverse. Cada uno escapa a una playa diferente
que decreta la mejor por razones tan diversas como imaginables, que no suelen
responder a las verdaderas causas de esa elección. Una playa lejana para tener
tranquilidad es una playa donde no se paga estadía, una playa donde no dá el sol de
tarde es una playa adonde sabemos que va a ir la misma vecina del año pasado.
Ubicados por fin en el departamento o la casa propia o alquilada, hay que comprar
comida, saber donde esta la lavandería y conocer los horarios de misa si uno es
profesante. Si esta en el extranjero tiene que conseguir moneda nacional.
A partir del día siguiente comienza la adaptación al clima porque hace frío en la
madrugada, al agua porque produce diarrea y al olor nauseabundo cuando el viento
viene del oeste porque la cloaca es defectuosa. También a la moda del año. Si no la
conocíamos nos enteraremos no bien salgamos a la calle cuando de pronto nos
encontremos con la primer mujer del verano. Es de mediana altura -todas lo serán-, tiene
puesto una bikini minúscula -todas la usarán-, deja ver generosamente el culo -todas lo
mostrarán- y usa un par de granadas de mano ubicadas algo mas arriba del ombligo
mostradas ampliamente por la tela.
En los últimos meses o semanas, las que tienen poco culo se han agregado algunas
siliconas, las que lo tenían ciado han hecho horas de gimnasia para lograr un
promontorio suave y parejo, las que tenían mucho pecho se lo han sacado y las que
apenas tenían se han agregado, las bajas se han comprado zapatillas con tacones
monstruosos y las altas se han rebanado una parte de la pierna. Las bikini han sido lo
mas fácil de conseguir.
Terminada la ingeniería pre-veraniega, los hombres salimos a la calle y nos
encontramos con un tipo de mujer que nos gusta o que no nos gusta. Si nos gusta
entonamos inmediatamente los salmos correspondientes y si no nos gusta nos gustara en
dos o tres días más una vez que nuestras hormonas se conmuevan a fuerza de ver tanto
objeto sexual, ya que en definitiva a los hombres que nos gustan las mujeres lo que nos
gustan son las mujeres.

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Desde luego que ninguna de esas pieles quemadas por el sol es de personas sino que son
objetos de nuestra fantasía puestos afuera, verdaderos, reales y concretos objetos
sexuales. Si los hombres llevaran adelante la cantidad de orgasmos que sus miradas les
imponen, las playas serian enormes cementerios de machos derruidos.(aniquilados,
destruidos
Porque cuando nos encontramos con la primer mujer -o un par de días después si la
moda del año no nos gustó-, sufrimos el primer espasmo de próstata que se repetirá no
bien nos crucemos con la segunda y tropecemos con una tercera que esta colocando algo
en el asiento del auto, agachada.
Los jóvenes querrán tocar para hacer realidad sus fantasías objetales lo que no suele ser
fácil, los casados realizaran las performances sexuales mas notables en mucho tiempo y
los mayores harán lo que siempre, miraran.
Toda esta avalancha de piel y de exaltación sexual tiene el mismo efecto que la curva de
Gauss: primero llama la atención, uno esta en lo bajo de la cuestión, luego todo se
conmueve y crece y por fin todo cae y uno se acostumbra a esa nueva realidad. Mientras
tanto ha dejado el lugar lleno de espermas de la fantasía y de vaginas intocadas.
El mar, el sol y la excitación de la libertad cotidiana, van creando en el veraneante otra
fantasía, la fantasía de la realidad. Se abomina de los horarios y de los conflictos, se
mece uno en la diversión o la paz, se dicen cosas tales como, me quedaría siempre aquí,
es absurda la vida que llevamos, pondremos aquí un negocio, compremos una tierra
para cultivar, este invierno tenemos que volver, frases que se repiten todos los años
hasta que uno se cansa de esta monotonía sistemática y opta por llamarse vivamente a la
realidad antes de caer en la utopía.
La mayoría prefiere entumecerse en los días que tenga de vacación y se tropieza de
pronto con el día en que tiene que volver. La vuelta es desgarradora pero el cansancio
del viaje insensibiliza a los veraneantes. El dolor comienza cuando uno entra de vuelta a
la gran ciudad, se mete al día siguiente en el coche, en el tren o en el subterráneo para
sufrir las mismas ominosidades cotidianas

Desde el campanario

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Los árboles se callan a las siete de la tarde. La montaña se yergue oscura sobre el
final del Valle. En ese momento las hojas sellan su pacto de quietud con el viento y se detienen.
Toda la naturaleza está pendiente del cambio que deberá ocurrir. Hay una mutación imprecisa
que guía a los pájaros al nido. La tormenta, lista a precipitarse, detiene aún sus impulsos, los
búhos abren los ojos, los murciélagos sueltan sus amarras. Entonces el sol se tira por la pendiente
de la noche y proyecta soberbias sombras sobre el campo. La luz lucha todavía por posarse pero es arrastrada en la caída. Las sombras van ganando el campo, las paredes y por fin las copas de los árboles más altos. EL búho en ese instante chilla su victoria y los murciélagos emprenden vuelo hacia el. tejado.

Me habían elegido para subir al campanario. Ellos sabían que yo iba a menudo y
que había aprendido todos los movimientos de la campiña y sabía distinguir un animal
tras un árbol o una sombra. Mis padres, mi hermano Juan, don José el maestro, todos me habían
acompañado hasta verme desaparecer en lo alto de la escalera caracol. Allá arriba me había
apoyado en una de las esquinas mirando fijamente el barranco que sostenía el puente. Allá abajo
todo estaba en silencio.

Mi madre me había dado la comida envuelta en una servilleta de hilo blanco, me
había dado un beso en la frente y había bajado sin decir palabra. Mi madre hablaba poco. Quizá por
eso la tensión había dejado su lugar al cansancio y me había dormido unos minutos. Había
comido en abundancia, ansiosamente, el cocido que mi madre me trajera. Ahora, ya de noche, la
quietud envolvía las casas, la calle, los campos en silencio.

La noche trae el frío. Nadie Lo había pensado y yo comenzaba a tiritar la helada.
Tomé la decisión de buscar una manta, calculando el tiempo que podría llevarme correr hasta
mi cuarto, buscar abrigo y volver sin que pudieran sorprendernos. Salté los escalones casi
cayéndome, corrí por la calle hasta mi casa, entré, llegué a mi cuarto tiré de la frazada, corrí otra
vez calle arriba y jadeando ví el puente en la misma quietud, el campo quedo. Mi corazón
golpeaba contra las sienes y los pulmones se agitaban tratando de compensar a los músculos
por el esfuerzo que habían realizado . Me relajé, volví a acostarme en la esquina que
miraba hacia el puente y extendí la manta sobre mi cuerpo esperando que en 1a quietud nocturna
se produjera e l esperado ataque.

El río parecía no moverse, la lu z iluminaba quietamente, el pueblo estaba
oscuro, la noche fue pasando como una sola imagen. Poco a poco las estrellas que me
habían acompañado en la vigilia se fueron esfumando junto al azul intenso. Por el puente apareció una nueva claridad dejando el horizonte rojo, luego amarillo y por fin celeste. Los pájaros volvieron al tejado otra vez y todo parecía cobrar vida.

EL hambre venció al miedo y bajé del campanario a por comida. En mi casa
encontré un cocido frío, un pedazo de pan, algo de leche. Con el vaso en una mano, el pan en la
otra, comencé a recorrer la casa, los l ugares habituales, h asta que me dí cuenta que no había
otra persona. Estarán en la alcaldía, pensé, y a ese mismo paso crucé el pequeño espacio
que llamábamos plaza y al patio gris del. Municipio. Había dos hombres muertos,
Manuel, peón y albañil, don Jeremías, propietario de tierra en la montaña, lo s dos
sin armas, lo s dos con la camisa ensangrentada.

Sabía lo que había ocurrido. Subí ansioso las grandes escaleras a mi derecha y en el
pasillo arriba había más hombres muertos. Entré a una sala y me encontré de frente con mi hermano
sentado en una silla con los ojos abiertos muy grandes mirándome cadáver. En la siguiente
habitación lo ví a mi padre mirando al techo con la boca abierta y a mi madre con un brazo
alargado que parecía querer tomar su mano izquierda. A un lado y otro estaban todos muertos. El único
sobreviviente en la alcaldía era yo que había quedado inadvertido durmiendo en lo alto de la iglesia.

Después de tantos años nunca he vuelto a mi pueblo que dejé esa misma madrugada, la
misma en que empecé este obstinado insomnio que mis amigos desesperan, porque no saben que
una noche me dormí siendo aun adolescente.

Dobles

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Arturo tenía una amante. Era una mujer casada con la que se veía una vez por semana
con la excitación que tienen esos encuentros furtivos. Pero un día la conoció a Cristina,
le gustó, se fueron a la cama, se fueron a vivir juntos. Arturo nunca le escondió la otra
relación a Cristina aunque no siempre le contaba cuantas veces la veía y siempre le
prometió que la terminaría. Pero después de dos años era difícil decirle a una mujer que
había llegado otra más estable.
Esa noche Arturo volvía de su segundo intento prometido de terminar la relación con su
amante y había fracasado nuevamente. Cristina lo miró tan duramente que él tuvo miedo
y de puro humillado empezó a acusarla de coquetear con otros hombres y ¿porque no?,
agregó, quizá tener alguna relación casual.
-¿Vos me perdonarías?
Y en el barullo mental en que estaba Arturo dijo “no sé”. Ya estaba perdonada.
Cristina se serenó, no dijo nada más y se fue a dormir. Al día siguiente, reunió todos los
datos dispersos que Arturo le había dado, ubicó a la mujer, investigó todos los detalles
que pudo de su vida. No fue fácil, pero estaba enamorada de Arturo y él no rompería
nunca con su amante.
Cristina vendía inversiones en lugares exóticos. Hacía visitas a posibles compradores
que la agencia le daba y otros que ella conseguía. El día que lo fue a ver a Roberto
Baldomero recordó el permiso tácito de Arturo. Roberto era un ginecólogo elegante,
buen mozo, encantador, alrededor de los cuarenta, un hombre que merecía una “relación
casual” como había definido tan específicamente Arturo. Aceptó tomar un whisky y le
gustó la caricia en la mejilla.
Esa noche volvió a discutir con Arturo. Y Arturo volvió a repetir las promesas que
había hecho siempre. Cristina lo presionó. Arturo le juró que terminaría con su amante
al día siguiente. Tenían una cita. Te juro que será la última. Cristina no le creyó y pensó
en Roberto Baldomero.
Lo llamó a Roberto y al día siguiente se acostó con él. Con esa clara intuición femenina
supo que no tenía futuro tampoco con el ginecólogo. No solamente estaba casado, sino
que era un infiel inveterado que tenía siempre excusas a mano que la profesión le
regalaba, para encontrarse con su aventura de turno.
-¿Y si tu mujer fuera como vos?

Roberto se atragantó con su carcajada. Elvira era una burguesa dedicada a mirar
vidrieras, salir con las amigas y ayudar a los hijos con los deberes del colegio. En ese
momento estaba en el Bullrich con Angélica, su íntima amiga, haciendo sus compras
periódicas.
Cristina perdió la poca esperanza que pudo haber tenido. Roberto era seguramente peor
que Arturo. Quizá ella tenía una tendencia a buscar ese tipo de hombres.
El tiempo se terminaba. Cristina se vistió y lo urgió a su relación casual a que se
vistiera. Cuando ya vestidos Roberto le dio un largo beso, todo volvió a su lugar en la
mente de Cristina.
Salieron. Tomaron el ascensor. Recorrieron los metros sigilosos de la alfombra.
Llegaron al hall y allí estaban ellos. El cálculo había sido perfecto. Cristina presentó:
“Roberto, este es mi novio Arturo”. Al lado de Arturo había quedado Elvira, su mujer.

Una cita

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La cuadra es como cientos de cuadras similares en
Buenos Aires. Su calle, no muy ancha, asfaltada con
aceras de distintas baldosas, está enmarcada por edificios
de edades diferentes, antiguos o modernos, en gris y en
marrón, alternando entradas con negocios, todo de buen
aspecto, alguno elegante.
El verdulero está cruzando la calle. Entra en el
negocio que vende blusas y un taxi para. Dos chicas, que
caminan hacia la esquina opuesta, miran el coche. El
verdulero vuelve con unos billetes en la mano. Del taxi
baja un hombre, que entra en el negocio de tabaco. Uno
de los porteros está ya en su portal, de uniforme. La
empleada se recuesta en la puerta de la boutique. Sale un
chico de la casa y mira a la empleada; ella sonríe. El
hombre sale del negocio de tabaco y entra a un edificio.
El portero cruza hacia el negocio de electricidad. Una
mujer aparece en la otra esquina, lentamente; otra,
apurada, la pasa y entra a una casa. Dos coches
atraviesan el área. La primer mujer se para frente a una
vidriera; el portero vuelve a su portal. Son casi las cinco
de la tarde y es verano.
—Buenas tardes, señorita.
—Buenas tardes.
-¿Qué desea?
—¿Cuánto cuesta esa blusa de la vidriera?
—Quince mil pesos, señorita.
—¿Puedo probármela?
—Por supuesto.
La vendedora busca en los estantes y saca una blusa.
Acompaña a la mujer hasta el fondo del lugar, al
probador. La mujer se saca la ropa, queda en corpiño, se
mira en el espejo, sola, de frente, de costado. Se pasa las
manos por el pecho y la cintura.
Tengo un lindo pecho... duro.
Toma la blusa y se la prueba.
Luego de mirarla en el espejo se la saca, y vuelve a
admirar aún su figura.
—Pobre Georgina.
Su tono es despectivo. Se viste.
La vendedora hace el paquete y ella paga y guarda la
blusa en el bolso.
—¿Son las cinco y cuarto? —pregunta.
—-Sí, señorita.
—¿No es muy temprano aún?
—Yo... no sé.
La mujer sale. Tiene algo más de cuarenta años.
Camina despacio hacia la esquina. El portero la mira
pasar. Un coche atraviesa la cuadra. En la esquina hay
una confitería penumbrosa. La mujer entra.
—Tengo que irme en poco rato , dice.
El hombre es morocho.
—Me encantó encontrarte el otro día.
—Fue mucha casualidad, ¿no?
Un mozo solo, atrás del mostrador, parece hacer
crucigramas.
—A mí me gustó bailar con vos. No sólo sos muy
bonita, sino que bailás muy bien.
—¿Querés el té solo o con un poco de leche?
Un coche pasa por la calle. La cuadra queda
desierta. El sol hace redondeles de sombra bajo cada
árbol.
—Soy una mujer casada.
—Ya lo sé. Sentí en la nuca la mirada de tu marido
cuando bailábamos en la fiesta.
—Sos muy joven, Eduardo.
—¿Preferís que busque a alguien menor que vos?
—¿Ah, sí? ¿Y a quien buscarías?
—No sé..... Georgina, quizá.
—Dejala en paz a Georgina.
—Sos vos la que me gusta, Gloria. No me importa
Georgina. Me gustas vos.
—Eduardo...

—Me gusta tu boca y tu mirada, y me gusta cuando
sonreís y cuando fruncís los labios encaprichada con
algo.

—No soy una buscona, Eduardo. Nunca he en-
gañado a mi marido.

—Me gusta tu pecho, grande; lo siento contra mí
cuando bailamos.
-—Eduardo, me tengo que ir.
Eduardo levanta una mano y le acaricia la mejilla.
—Eduardo, nunca he engañado a mi marido.
—-Ya lo dijiste.
Él se acerca y la besa. La expresión de la mujer se
transforma.
Un coche arranca con estrépito en el semáforo.
Aturde la calle desierta. Sólo el portero sigue en el
portal.
—No tiene sentido, Eduardo. Vos sos tan joven y
yo... esas viejas que andan con chiquilines... no tiene
sentido.
—Voy a poner azúcar en el té. ¿Querés?
—Claro que sé mueren de envidia. Georgina, Irene...
vos y yo. No puedo engañar a mi marido.
—No, desde luego.
—No te rías de mí.
—No me río.
—Sos demasiado joven, Eduardo; admirablemente
joven. Tengo un hijo casi de tu edad.
—Bueno.
—Eduardo, por favor.
Eduardo se acerca a ella. Se besan una vez, otra...
La chica de la boutique vuelve a la puerta. Un
muchacho sale de una casa y camina hacia la esquina.
Una pareja sale de la confitería.
El portero se dirige al negocio de tabaco.

El delegado

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NOTA: El programa usado para recuperar el original de este relato y poder rehacerlo tiene el defecto de cambiar los márgenes y no he podido
solucionar este defecto. Les pido disculpas y espero que valoren el texto más allá de esta anomalía tecnológica. Gracias. I

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Alrededor del mantel estaba la familia. Habían comido pasta como
todos los domingos en que por costumbre se reunían con el hermano mayor.
Un coche pasó frente a la casa y llamó la atención de Esteban. Era una
calle solitaria. Estiró el cuello para intentar reconocerlo pero no lo
logró. Elvira trajo los platos de postre y los fue colocando frente a
cada uno de los miembros de la familia, que ladeaban un poco la
cabeza para ayudarla a colocar el plato. Después trajo la fuente con la
fruta, llena de los cítricos del invierno, en especial de naranjas de
ombligo que eran una debilidad de su marido. La mesa tenía el
colorido de las familias italianas aunque casi todos estaban callados.
-Me ha llamado el ruso porque quiere que vuelva al sindicato.
-Vamos viejo, no es tiempo de que insistas.
-Esta mujer mía. Si fuera por ella todavía viviríamos en el Tigre.
-¿Y para que quiere que vuelvas?, preguntó el hijo. "Necesitan
gente como la de antes", dijo orgulloso el viejo sacando pecho y estirando
algo más su brazo izquierdo sobre el mantel colorado. Su hermano se levantó
sin decir nada. "Creo que los tiempos han cambiado más de lo que te
cuentan". "Puede ser, puede ser", pero el tono resonante no hacía sospechar
que creyera en lo que decía.
María se levantó, y le dio un beso en la frente. Si el individuo del
coche era Gustavo lo cagaría a patadas. El idiota del auto azul no había
sabido hacer otra cosa que franelearla, sin sorprenderla con alguna de las
conversaciones que esperaba de sus machos y sin cogérsela como le hubiera
gustado si hubiera sido uno de sus machos. Pero era muy difícil encontrarlos.
Estaban en su imaginación y pocas veces aparecían. La última vez, había
llegado hasta la marihuana porque a él le gustaba. Pero luego de fumar se
ponía agresivo y una vez le había pegado. Entonces lo dejó.

2

Levantó los platos uno tras otro, en silencio.
"Ayudala a María”, dijo padre y su cuñada. levantó los vasos y los cubiertos.
Había comenzado a lavar. Se oía la caída intermitente del agua, del plato en el
portavajilla. La madre dejaría secar todo hasta la noche.
-¿Cuando te dan el ascenso que pediste?
-Esta semana me van a contestar, dijo Luis
-No tendrían que hacerte esperar tanto. En mi época se decía. Eso era todo.
-Los tiempos cambian.
-Los hombres tienen miedo.
El hermano volvió a la habitación y se sentó en la misma silla, con el mismo
gesto, como si aun estuvieran comiendo. Su mujer no lo miró. Se habían
casado hacia tanto tiempo que no lo contaban. En cambio recordaban las
noches de la muerte de su hijo."¿Querés una manzana?".El hermano negó con
la cabeza.
-Los hombres de ahora no son como los de antes.
El hijo no le contestó. Su mujer había ido a buscar al bebé y le estaba dando
de mamar en un rincón del comedor. Se levantaba la remera y dejaba a la
vista dos amplios pechos que se recostaban hacia el niño. El bebe chupaba
ávidamente.
-Como come tuo figlio, dijo Esteban que a veces mezclaba alguna palabra
italiana.
-Sí.
Era difícil adivinar que sentía.
-Por eso es tan grande. Antonia tiene buena leche, como yo la tuve. Por
eso mis hijos son tan grandes y tan fuertes.
Porque María y Luis eran altos y anchos. En realidad Luis se llamaba
Esteban Luis. Su padre había aceptado el segundo nombre que era el de su
suegro, sin intención de usarlo jamás, pero su mujer había sido muy hábil
y lo había confundido de tal manera que no sabia ya cuando llamaba a
quien."Esteban", "¿que querés?", "¿quien te habla a vos?". Pero si no
contestaba la mujer gritaba mas fuerte "¿estás sordo?". Había capitulado.
Estebancito era muy largo, Cito era espantoso y se resistía a Cacho, Lolo

o Tito, su hijo no sería tratado como un mueble. Lo llamaremos Luis acep-
tó, hacia casi treinta años.

-Si, dijo Luis, Antonia tiene buena leche Y tampoco se podía
adivinar a que se refería.

El bebe se atragantó. Saltó entre algunos estertores que lo
dominaron. Con la imprecisión propia de su inmadurez manoteó los
pechos con las manos crispadas. La madre lo acunó en un gesto casi
instintivo, al mismo tiempo que murmuraba palabras de amor y de
serenidad que importaban por su tono, que era por fin lo que su hijo
recibía. El niño se calmó y volvió a prenderse de la teta succionando la
leche que caía. La madre se aquietó, como él.

El hermano se había levantado y se había ido junto al sofá.
Sin embargo no miraba la escena. Su mujer continuaba sentada en la silla.
Nadie le había pedido que ayudara a levantar la mesa, como tampoco le
habían pedido que ayudara a servirla, a ponerla o a lavar los platos. Nadie
le pedía nunca nada. El hermano atendía la conversación de Esteban con
su hijo, que ahora estaban en silencio. Sin embargo miraba fijamente entre
ellos, como queriendo adivinar las palabras que se habían dicho.
El auto volvió a pasar lentamente. Era el mismo coche que ahora marchaba en
sentido contrario. Se perdió por el costado izquierdo de la casa, en silencio.
-Mañana voy a ir al sindicato, dijo el padre.
Su hijo no dijo nada. María se sentó con su madre en un rincón del living y
amontonó sábanas y toallas. La madre abría una por una las piezas y lasrevisaba,
hasta darlas por buenas. Otras las tiraba. Las que quedaban en el suelo, las
tomaba María una tras otra y buscaba los agujeros que podían tener. Las
doblaba, dejando el roto a la vista. A media tarde pusieron tazas sobre la
mesa y unas facturas, para tomar café con leche.

II
Abrió los ojos en la habitación todavía a oscuras.
No había amanecido. Buscó a tientas los viejos zapatos que dejaba al
costado de la cama. Metió los pies con parsimonia decidiendo si miraba el
despertador que estaba en la mesita de luz de su mujer, pero ya sabía que
eran las cinco. Estaba acostumbrado a levantarse muy temprano,
costumbre que apenas había reducido al dejar de trabajar. Él trabajaba en
el primer turno. Arrastró los pies hacia los escalones que chirriaron uno a
uno, hacia la cocina. Encendió el gas y puso agua a calentar. Recorría la
casa de memoria, tomaba los fósforos, el cacharro en que herviría el agua,

3

a la derecha estaba la canilla del agua fría. Cada mañana todo estaba en su
lugar. Cuando el agua se hubo calentado, tomó las cosas y se fue a sentar
en su sillón en la sala, frente a la ventana, a esperar el sol. Hoy el sol
llegaría a las seis y quince, horario anunciado por el diario del día
anterior, que se cumplía con exactitud. Había que comprender que las
primeras luces eran previas, el sol mandaba los mensajeros que rompían la
noche y la ponían en huida. Pero ese no era el amanecer. Solamente la
presencia de esa bola enorme que salía velozmente del horizonte,
declaraba el día. Como todas las mañanas, el delegado lo recibía,
chupando parsimonioso la bombilla de su mate. El sol fue adentrándose en
la sala, ampliando la sombra del delegado sobre la pared. El delegado
recibía la luz de lleno, metiéndose dentro de ella, como parte del rito de la
mañana. Entre pausa y pausa, chupaba el mate a pequeños sorbos. Llenaba
el mate de agua, casi sin mirarlo. En los días nublados miraba el gris o el
negro del horizonte, culpando al sol por dejarse esconder, debilidad que
no comprendía. Se levantó, porque el sol ya no entraba de lleno en la sala
y encendió la radio. Subió a su dormitorio a buscar un suéter. Apoyaba
cada pie en los escalones, pesadamente. Después en el parquet del piso
alto. Cuando entró a su cuarto cerró la puerta con un golpe seco y abrió el
placard sin mucho cuidado, sacó el suéter del segundo estante y se lo
puso; volvió a cerrar la puerta del placar golpeándola contra el marco.
Luego recorrió el mismo camino hasta abajo pisando sin temor cada
pedazo de madera que chirriaba dolorida bajo sus zapatos. Siempre
olvidaba algo, o subía a controlar algo. Su mujer y su hija continuaban
durmiendo. No podía despertar a su hermano ni a su cuñada porque vivían
en la casa del fondo. No podía despertar a su hijo porque vivía en su casa,
a diez cuadras. Bajaba a la cocina y se preparaba otro mate. Sentado en el
mismo sillón del amanecer, chupaba sorbo tras sorbo de su mate
cadencioso. La radio figuraba su telón de fondo. Una mujer, la vecina de
dos casas más arriba, pasaba con su bolso de tejido hacia el mercado,
"...es de 14 grados. Las probabilidades de lluvia son un 30 por ciento. Para
mañana...". No había una sola nube en el firmamento, era un sólido día
soleado."A continuación escucharemos el tango de...".Un auto atravesó
discretamente el paisaje. El delegado había fracasado en su intento de
despertar a las mujeres y, resignado, miraba el comienzo de una nueva
jornada en su viejo barrio. Una vez creyó que no podría gozar jamás de
tanta paz. Por fin oyó crujir la escalera y escuchó el fruncirse peculiar del
salto de cama de su mujer. Elvira había engordado. “Buenos días,
querido” y le dio un beso en la frente desde atrás. No era fácil, pero a lo
largo de los años había encontrado como acercarse a Esteban y poner los
labios en su frente. Quizá la caída del pelo de su marido la había
ayudado.¿La nena sigue durmiendo? La mujer dijo Si, pero él ya lo sabia.
La nena dormía hasta tarde. La mujer se preparo su desayuno. Necesito
café, dijo. Empujado por el pedido, el delegado se levanto. Medio kilo,
preguntó. Medio kilo. El delegado salió a la calle con el mismo paso
quedo con que se había movido hasta entonces, como si no tuviera ningún
apuro, dobló a la derecha, siguiendo el mismo camino de la mujer que
viera pasar hacia poco, hasta el almacén, dos cuadras mas abajo, porque
en esa zona no había supermercados. El delegado compró el medio kilo de
café que le había pedido su mujer, después de pasar sus dedos por casi
todos los productos que estaban a la vista, reconociéndolos uno por uno
aunque no pensara comprarlos, informándose de sus precios, que eran los
mismos que el día anterior, sintiendo la textura de los paquetes de papel,

de los de cartón, del satinado, de las pequeñas botellas de plástico o de vi-
drio opaco. Salió con el mismo paso cansino luego de pagar la cuenta,

después de cambiar algún saludo breve, pero sin apoyar los zapatos con
esa pesadez con que había caminado por su casa. Dos cuadras mas allá lo

esperaba su mujer que ya se había vestido y empezaba a limpiar las pie-
zas. El delegado salió a pasear por el barrio hasta que acabara la tarea.

Tenía miedo que lo barriera también a él si se quedaba. Esa sensación lo
invadió el primer día hábil de su jubilación y se había convertido en
pánico. Por eso el delegado se iba.

4

III

La bicicleta apenas se movía. El delegado empujaba
los pedales con parsimonia. Parecía que se iba a caer. Sin embargo
continuaba metro tras metro, como cada día. Era una parte inmóvil
del paisaje.

El delegado dobló hacia la derecha. Su mujer a veces
se enojaba, pero él quería a sus amigos y su forma de vida. Los
martes iba a la casa de Rodolfo. Rodolfo también había sido
delegado en Metalar. Habían compartido las noches de las
asambleas, las vigilias de las huelgas, los madrugones de las
negociaciones y se entendieran a tal punto que en los últimos anos
bastaba una mirada apenas perceptible para que el otro supiera
exactamente lo que pensaba su compañero. Ahora todo había
cambiado. Rodolfo se había jubilado, pero además su mujer había
muerto.

"Parece que se viene el calor", le decía desde la
puerta, donde estaba esperándolo. Flaco y alto, tenía una figura
quijotesca que acentuaban las ropas deshilachadas de los hombres
solos. A veces no se afeitaba y ese día había sido uno de esos, que se
repetían sin que se pudiera encontrar algún hilo en común, alguna
costumbre que lo hiciera repetirse. “Parece que se viene el calor" lo
imitó Esteban y se bajó de la bicicleta con la misma lentitud con que
había rodado. Por un momento respiró profundo.

No se dieron la mano. El delegado empujó su
rodado hasta el jardín. Sobre un costado habían preparado el tablero
de ajedrez, bajo un árbol. El delegado apoyó la bicicleta en la misma
pared de cada visita, Rodolfo cerró la puerta, caminó hacia él y se
sentaron a jugar. No se habían dicho más. El delegado adelanto el
peón dama y Rodolfo el peón caballo rey.
-El ruso me llamó.
Rodolfo adelantó un alfil, su amigo el caballo
dama.
-¿Que quiere?
El delegado movía el caballo rey, luego se
recostaba en la silla de mimbre. El árbol no tenía todavía hojas y
el sol se colaba intermitente golpeándole los ojos. Sin embargo no
se molestaba. De vez en cuando levantaba su mano derecha y la
ponía de visera, pero enseguida la bajaba y atendía el movimiento
que hacia su amigo.
-Quiere que vuelva Rodolfo no se había ido en muy buenos
términos con el sindicato, la burocracia como la llamaba, porque en
el fondo seguía siendo un anarquista fuera de tiempo. Quizá por eso
murmuró, Para que, haciéndose la pregunta el mismo más que a
Esteban, una sintética revisión de su futuro. Pero el delegado no lo
escuchó, absorto por la torre que amenazaba a su reina. Y su reina
era esencial. Casi con un manotón movió un caballo entre ambos,
aunque tenía la sensación que lo estaba mandando a morir. La
intuición fue cierta: un alfil, apoyado por su dama mataba al caballo.
Figlio di una putana, murmuró y Rodolfo sonrió casi
imperceptiblemente. El delegado retiró su dama, había cedido
territorio sobre su flanco derecho y eso, Esteban sabía, era muy
arriesgado. Quiere que vuelva, repitió. Se había replegado y en la
retirada había dejado dos peones que fueron muertos. Trató de
contraatacar por el flanco izquierdo, avanzó una torre hasta el fondo.
¿Y que vas a hacer? Rodolfo terminaba de limpiar el pedazo de
tablero que había ganado. Necesitan gente con experiencia. A la
torre la apoyaban un alfil y la dama. Rodolfo no dijo nada. Podía
continuar la lucha por un largo rato, pero sabía que si tomaba la
dama, el delegado se derrumbaría. La atacó y consiguió tomarla. No
te necesitan, te van a usar. El delegado al perder la dama, se
encontró desamparado y no supo defenderse, hasta el jaque, dos
movimientos más tarde. Quizá, murmuró.
-Vamos a tomar un mate. Sin esperar respuesta, Rodolfo se
levantó y fue hacia la cocina. Allí encendió la hornalla, puso el agua
a calentar, agarró el mate, le metió la yerba, colocó la bombilla y
para cuando hubo preparado todo, el agua estaba caliente. Entonces
tomó el tarro en una mano, el mate en la otra y salió despacioso al
jardín. El delegado había colocado las figuras en sus casillas para
empezar la partida.

-Toma mate.
-Estoy tomando mucho.

5

-No importa, hace bien El delegado tomó el mate de la mano
de su amigo. Comenzó a chuparlo lentamente, mirando de reojo el
tablero con todas las fichas en sus lugares, listas para empezar la
partida. Por fin no pudo contenerse.
-¿No querés jugar?
-Hay tiempo.
Pero el delegado no parecía tenerlo. Le pasó el mate y el otro en un
tono de hombre de campo tomó la pava y fue echándole agua hasta
que se vio asomar en el borde."El día se está poniendo mejor", dijo,
sin lograr que el delegado le prestara atención. Chupó el mate hasta
que el agua se terminó, lo miró a su amigo y girando la silla frente
al tablero. Me toca mover a mí, dijo y el delegado se movió con una
agilidad que no podía suponerse poco antes.

Peón cuatro dama, peón tres caballo rey, peón tres
alfil dama, alfil dos caballo rey, silencio, espera. Alfil dama. No,
peón rey cuatro rey. Ya lo has tocado, No seas jodido, Las reglas
son las reglas. Peón atrás, alfil cuatro alfil rey, el otro sigue con la
operación de enroque, el delegado ataca con el peón rey. Se hacen
movimientos rápidos. Se espera. En esos intervalos el contrincante
mira el tablero, parece estudiarlo, después levanta la vista, se
encuentra con las ramas del árbol, Rodolfo incluso toma un mate
frío, Esteban pasea, Es tu turno y entonces el contrincante se sienta
y toma su decisión. El tiempo se mueve impreciso. Grandes
lentitudes suceden a fuertes aceleraciones. La simetría del reloj se
destruye. La amistad no evita las tensiones. Torre siete torre rey: la
situación se ha vuelto insostenible por que la dama avanzará por el
recorrido del caballo rey y encerrará al monarca sin que pueda
escapar ni oponer ningún guerrero con éxito. Las piezas de madera
rodean el tablero, "muertas", luego de haber sido "comidas",

algunas aun paradas, otras en cambio tiradas, como en un cemen-
terio mágico. El sol se cuela entre las ramas, hace extraños dibujos

en el tablero. El delegado avanza tenso, sintiendo la impotencia de
su rival que se debate bajo su presión. Con voz profunda y exultante
anuncia el jaque mate. El delegado descansa su venganza.
Rodolfo toma la caja sin color, mete las piezas en
silencio, la madera choca con la madera imitando los troncos que
caen por las riadas. Lento, cierra la caja. Como siempre que pasa
esto (no es la primera vez que el delegado gana la revancha que ha
pedido), se produce un silencio quieto entre los dos amigos hasta que
la balanza de la amistad vuelve a su fiel, hasta la siguiente
competencia. El delegado mira las tejas rojas contra el cielo. Su
cuerpo se relaja sobre la silla hundida en la tierra. La atmosfera ha
retomado su normalidad.

Rodolfo coloca la caja sobre la mesa y se sienta. El sol
le da ahora sobre los hombros sin que ninguno de los dos hombres
se percate de la proximidad del mediodía. El mate descansa sobre
la tierra, junto a la pava.

-Dicen que nos van a aumentar.
-¿Quien te dijo?
-El Rufino.
-El sabe.
No se miran a la cara. Recorren el pequeño jardín

con expresión vaga.

-¿Cuanto te dijo que nos iban a
aumentar?
-No sabía.
-Que raro.

-Si, a mi también me lo pareció. Se oyen los pasos de una
mujer por la acera. Repican apurados sobre el cemento,
molestando su quietud. Los pasos se pierden por la esquina.

-No nos vendría mal.
-No será mucho, pero yo no preciso.
-Yo tengo la hija todavía.
El delegado mueve lentamente la mirada hacia
Rodolfo y la posa con cierta solemnidad sobre su cara, pero la
expresión de Rodolfo no ha cambiado. Quedan en silencio.
El delegado apoya su mano sobre su muslo
derecho como si lo precisara para levantarse y siguiendo el
movimiento, se va despegando de la silla hasta estar de pie.
Rodolfo continúa la inercia y apoya su mano derecha sobre la
mesa vieja, levantándose de la silla con la misma lentitud con que

6

lo hace hecho su amigo. Van caminando por el pequeño jardín hasta
la puerta sin decirse palabra, como les es habitual y solo cuando
llegan a la puerta, Rodolfo le dice en tono intrascendente: No
vayas al sindicato. El delegado giró cuerpo con lentitud, se detuvo
un momento para mirar la cara de su amigo, sin contestarle,
porque Rodolfo no esperaba respuesta, se montó, a la bicicleta,
pasó su mano por el antebrazo de Rodolfo y le dijo Chau, antes de
comenzar ese pedaleo lento que dejaba la sensación de que se
mantenía quieto, inmóvil como una parte del paisaje.

IV

La mesa estaba puesta en azul, en un azul tenue
que se diluía casi en el celeste. La mujer ponía los tres platos
habituales aunque su marido o su hija no hubieran llegado. Hoy
estaba sola con Esteban.

A la hora de la comida sonó el timbre y apareció
Luis.
-Me han dado el aumento.

-Te felicito, dijo el delegado. ¿Cuanto ha sido?
-Veinte por ciento.
-Pero habías pedido cuarenta.
-Hay que negociar, contestó Luis desilusionado.
-Me parece poco, insistió el padre
-Creo que está muy bien, dijo la madre.
La madre terminó su obra tomándolo a Luis por un brazo y
llevándolo hasta la mesa.
-Te voy a traer un plato. Tendrás hambre.
-Tengo hambre, pero no he ido a casa todavía.
-Avisale a Antonia por teléfono, dijo el padre.
-Está bien, dijo Luis.
Tomó el teléfono y le avisó a su mujer que no iba a ir a comer. Se
olvidó de contarle que le habían dado el aumento que habían
esperado por tanto tiempo.
-¿Que comemos hoy?, dijo el padre sentándose a
la mesa
-Fideos con calamares, contestó la mujer entrando
en la cocina.
El padre hizo una seña y el hijo se sentó. Así que un veinte por
ciento. No está mal, murmuró el padre, mientras se ponía la
servilleta sobre las rodillas. ¿Porque no te han dado más? El hijo se
movió inquieto.

-Vos sabés que hay políticas de empresa, escala

de sueldos, todo eso.

-Vos tenés que continuar los estudios, sino

nunca llegarás a nada.
-No se puede estudiar y tener una casa y un
hijo.
-Tampoco se podía estudiar cuando no tenías
nada de eso.
La madre apareció con la bandeja rebosante de fideos. Los
hombres no interrumpieron su conversación mientras Elvira
apoyaba la fuente y les servia en los platos que había acercado, ni
cuando se llevaban a la boca los tenedores repletos desde los que
se deslizaban largos hilos de pastas sobre los platos.
-Tengo que esperar a que el hijo
crezca.
-No lo creo. ¿Te van a ascender?
-Quizá el año que viene.
-¿Como lo sabes?
-Me lo dijo mi jefe.
-Tenés que volver a estudiar. En este

mundo no se consigue nada sin estudio.
-Yo he conseguido bastante.
-Vos no has conseguido nada. Sos un empleado
de almacenes. Si estudiaras podrías pasar a contaduría. Eso es
diferente.
-Ya lo haré.

-Yo quería ser delegado. Quería cuidar a la

gente, Pero vos no querés hacer eso.

-No me gusta. Ya te lo he dicho.
-Está bien. No sigas los pasos de tu padre.

7

Pero entonces tenés que llegar más lejos.
-Hago lo que puedo.
-No. Tenés que estudiar. Mucha gente tiene

familia y estudia.

-Vos sabés que me cuesta.
-Este es el punto. Si te cuesta tenés que

esforzarte.
-Ya lo haré.
La puerta de calle se abrió de par en par, llamando la atención de
todos. María hacia su aparición un poco teatral, como una joven
enamorada de una obra romántica de segundo orden. Con el mismo
gesto arremolinado, besó a cada uno, tiró unos papeles sobre el sillón
y se sentó a la mesa, sirviéndose ella misma un generoso plato de
fideos.
-¿Que dice mía figlia?
-Muy bien papá.
-¿De donde viene?
-De mi clase de ingles.
-Te llamó Gustavo, dijo la madre
-Ah. María se llevaba a la boca tenedor tras
tenedor, hablando entre los fideos y los calamares.
-¿Quien es Gustavo? preguntó el padre.
-Es un amigo, papá.
-¿Muy amigo?
-Más o menos.
-¿No es ese del sábado? preguntó la madre.
-Si.
-¿Es un muchacho serio?
-¿Que querés decir? dijo María empujando otra
tanda de fideos y calamares.
-Tiene un coche.

-Si todos los que tienen un coche fuesen se-
rios...dijo el padre. ¿Es un muchacho serio?

-No se que querés decir.

-Si te vas a casar con él, dijo el hermano.
María se encogió de hombros.

-Cuídate figliola, dijo el padre. Vos sabes que sos
la luz de mis ojos. No hagas macanas.

María se incorporo y le dio un beso en la frente, lleno

de tinta de calamar.
-No tanto arrumaco. Usted está llegando tarde
muchos días.
-¿Desde cuando te preocupás?
-Desde que se queda mucho tiempo en el auto.
-¡Pero papá!
-Yo se lo que me digo.
-Pero... ¿Ahora me espías?
-No, te espero.
Desde el otro costado de la mesa, se oyó la voz de Luis.
-La nena tiene veintitrés años.
María continuó recogiendo los últimos fideos y un poco de
calamar que le había quedado en uno de los costados del plato.
Elvira se levantó y como al desgaire, le acarició la cabeza a su hijo.

-Me tengo que ir, dijo Luis.

Besó a su hermana y a su padre y luego a su madre que lo acompañó
hasta la puerta. No habia.comido postre.
-No tratás a tu hijo como deberías, dijo Elvira al
volver.
-Es un hombre.
-Y vos sos su
padre.
-El padre está para guiarlo. Yo lo guío.
-También podes quererlo.
-Yo lo quiero.
-Entonces hacéselo notar.
-¿Que querés que le diga?
-Que él también es la luz de tus ojos.
-Claro que lo es.

8

-Decíselo.
-Es un hombre.
María miraba a uno y otro como en un partido de ping-pong. Era la
misma conversación que se repetía. Tomó una manzana y comenzó
a pelarla con aire distraído.

V

El delegado dejó la bicicleta a un costado. Caminó despacio hasta el fondo
donde lo estaban esperando. Había hecho una cita con un muchacho que le
enviaron a la casa. Aunque no sabía porque lo llamaban o en verdad era lo
contrario, ya que desde hacía mucho tiempo sabía que necesitaban ayuda para
arreglar algunos problemas no solamente en Metalar, sino en muchos otros
lugares de la seccional. Necesitaban otra vez esa intuición que tantas veces le
habían criticado los que estaban contra él y los otros, que creían que las cosas
se arreglan con una computadora. Porque él sabia que en las relaciones entre
los hombres dos más dos no son nunca cuatro.

El día había sido nublado y el delegado pensó concien-
zudamente si le convenía ir a pie o en bicicleta. Cuando llovía se formaban

charcos y la rueda trasera de la bicicleta le echaba agua a la espalda.
Después pensó que podría llevar un impermeable, pero también lo
desechó, porque si se le mojaba con el barro su mujer se quejaría. Recordó
que el pronostico del servicio meteorológico había sido en favor de las
lluvias, un sesenta por ciento, lo que le aseguraba, según su criterio, tiempo
seco hasta mañana, ya que el servicia de meteorología había dado
pronósticos correctos en un cuarenta y seis por ciento de los casos el año
anterior. Estaba orgulloso por recordar tantos datos exactos. Por fin eligió
ir en bicicleta.

Antes de irse en su habitual camisa y suéter, se
preparó un sándwich de jamón y queso que comió despacioso en la cocina.
Se sentó en un banquito, frente a la pequeña mesa del que llamaba
pomposamente comedor de diario y mordió uno tras otro los pedazos del
pan y del queso, arrastrando el jamón en jirones. La ceremonia duró un
largo rato. Cuando hubo terminado de comer, con el estómago templado
por el alimento, abrió la heladera y tomó un vaso de bebida sin alcohol,
todo con la misma parsimonia. Salió despacio de su casa y fue al sindicato
con su pedaleo habitual.

Alrededor de la misma vieja mesa, tras los cristales siempre
sucios, bajo la luz de una lámpara dirigida hacia abajo que dejaba la
oficina en penumbras, estaba la comisión. Hasta ellos, había tenido que
cruzar por entre jóvenes que no lo habían reconocido. El no los había
saludado tampoco. No golpeó con los nudillos a la puerta.

El secretario general de la seccional lo abrazó. Los demás le
dieron la mano. A algunos de ellos ya no los conocía a pesar de que hacia
tan poco que se había retirado, quizá porque habrían hecho una carrera
muy rápida desde otras empresas. Uno de ellos, mirándolo con evidente
respeto, le acercó una silla desde la oscuridad. Se produjo un silencio
llenado por los recuerdos.
-Hace rato que no te veía, dijo el secretario
-Si. Hace rato.
Los nuevos miraban a uno y otro sin atreverse a intervenir. Los otros, los
que lo conocían al delegado desde años atrás, optaban por esperar a que los
protagonistas decidieran que había que hacer, manteniendo esa línea de
obediencia que los detractores de la burocracia sindical, criticaban. Pero
los dos hombres parecían no tener prisa.
El secretario extendió su brazo derecho y le tocó afablemente el hombro.
Había muchos años en ese gesto. El secretario no hacia gestos inútiles.
Mucho tiempo de lucha política lo habían acostumbrado a que cada
movimiento es vigilado por el otro y es interpretado por los que lo ven y
por los que reciben el cuento y por toda ello, ocurren cosas que no eran
imaginables cuando se hizo el gesto. Tocar el hombro del delegado con ese
modo amable, casi cariñoso, sin palabras que no eran necesarias, era un
mensaje de crítica para quienes habían opuesto algún argumento a que se
llamara al delegado y era también un mensaje de cambio de estilo para los
empresarios que deberían percibir que había una nueva modalidad en la
seccional del gremio, una modalidad que habían practicado muchos de
ellos, pero que otros no la habían conocido o quizá, la habrían olvidado. El
delegado era en sí mismo una escuela, la representación viva de una
generación que se había extinguido, quizá el mejor en ese territorio. El
delegado tenía los ojos entornados, como si le molestara el humo del

9

cigarrillo que no fumaba.
-¿Vamos a tomar un café?
-¿No tenés mate?
-Con bombilla y todo si querés.

Porque podían haberlo tomado en taza, pero eso tenía un sig- .

nificado de lejanía.

El secretario mandó al más joven a que hiciera preparar el mate.
"Vos y yo tenemos mucho de que hablar", dijo y eso significaba que los
demás bebían retirarse, porque empezaba la conversación entre los dos
hombres. Comenzó por levantarse el más viejo y esa fue la última señal
necesaria, para aquellos que no hubieran comprendido todavía. Uno tras
otro fueron saliendo, saludando brevemente. La llegada del mate terminó
de completar el escenario que los hombres deseaban. El más joven cerró la
puerta al irse, dejándolos solos.

Desde el patio se veía la luz que trazaba la penumbra enmar-
cando a los dos hombres sentados en sus sillas junto a la mesa, uno al lado

del otro, la pava en el medio, moviéndose apenas detrás de los vidrios
imprecisos, en ocre y en pastel.

Todos los enfrentamientos que habían tenido por más de veinte
años, se habían convertido en confianza. Había una gran intimidad en cada
gesto.

VI
-¿Tenés problemas?
-Si.
-¿Hace mucho?
-¿Cuando te fuiste de acá?
-Hará tres años.
-Entonces quizá dos.
-Dos años.
-Si.
-Es mucho tiempo.
-Si.
-¿Y que has hecho?
-Apoyar a cada
comisión.
-¿Rajaron gente?
-No.
-¿Ni uno?
-Ni uno.
-Pero debe haber jodidos.
-Si. Pero no los podemos rajar.
-¿Que pasó?
-¿Corno?
-Para que se armara todo esto.
-Hay despidos,
-¿Despidos?
-Falta de trabajo.
-No oí nada. No sabía que hubiera desocupación.
-Hay un poco.
-Leo apenas el diario. Es un lujo para un jubilado.
-Claro
-Pero apenas en dos años...
-Si.
-Tan poco tiempo...
-Estas cosas son así. Empieza uno y va arrastrando a los

demás. Se vuelve una bola imparable.

-Nunca creí en la economía. Son historias.
-Es el efecto dominó.
-¿Que?
-Una pieza tira a la siguiente y a la otra...
-Ah!
-Es el efecto dominó
-Por eso hubo despidos.
-Si.
-No creo en la economía. Ellos vienen con esas historias

pero no son ciertas.

-¿Querés decir que mienten?

10

-A veces parecen convencidos. Pero nunca son cosas
claras
-¿Cosas muy complicadas?
-No. Irreales.
-Ah!
-Por ejemplo: ¿que es la recesión? Siempre hay despidos

cuando hay recesión. ¿Porque?

-Bueno, es muy sencillo...
-No. No me lo contés. Ya me lo han contado muchas
veces.
-Entonces ya sabés.
-Lo único que sé es que cien hombres pierden su
laburo, se mueren de hambre, porque alguien hace eso de la recesión.
Ellos no tienen nada que ver, nadie sabe quien lo empezó, ni como. Pero
los cien hombres se van a la calle.
-Si, es cierto, es imparable
-No, no es imparable. Alguien sabe que
es y como es pero nunca se los ve, nunca ponen
la cara, La cara pone el patrón la pone el jefe de
personal, pero ellos no.
-Ellos no.
-Entonces ¿que le decís a la

gente? ¿Que le decís a las mujeres que esperan? Es la recesión. Pero
no es ciertos son ellos.

-Ellos...¿Quienes son ellos, Esteban?
-Son ellos. Los capitalistas dicen que son los zurdos, los

zurdos que es la Iglesia...En Italia es la mafia.

-Ah!
-Acá son los grandes de arriba.
-Ah!
-Si, así es.
-Claro
-¿No me crees?
-Nunca lo pensé.
-Pues pensalo. Cada
vez que hay recesion nadie te dá
una explicación clara. Y lo
mismo si hay inflación...

-Lo que decís es que nos manejan los grandes.
-Si. Acordate de Josefini. Vos y yo y alguno más, sabíamos
que lo apoyaba la Iglesia. Por eso aguantó tanto. Pero fue una
casualidad que supiéramos. Para los demás era solo un gremialista.
-Era un hombre apoyado por las bases. Eso creía la gente.
Pero la verdad era la Iglesia. El día que el obispo lo dejó, Josefini
desapareció del mapa. ¿Vos sabes donde está?

-No. Ni idea.
-Nadie lo sabe.
-Se fue. El era un hombre
de la Iglesia. Otros son de
los bancos o de los zurdos o de la CIA.
Esos tampoco manejan las cosas. Son
los sirvientes. Caros, pero sirvientes.
-Entonces ¿ellos están detrás

de los que se ven?
-Si. Esos deciden un día bajar el dólar y lo bajan. Lo quieren subir y
lo suben. ¿Escuchás que la Bolsa sube o baja? Son ellos. Y un día,
entre todas esas cosas ellos hacen recesión. Y vos te tenés que comer
cien despidos o mil.
-Tenés razón.
-Es una mierda.

-Sí.
-Y no podés pegarle nunca a nadie. Al que tendrías que pegar
nunca lo vas a ver y al que ves es un pobre tipo como vos.
-Pobre tipo no, esos son los que te joden.

-A veces si.
-Vamos! ¿Nunca te quisieron empujar?
-Puff! ¿Sabes cuantos? Pero ninguno duró quince días. Con el

11

patrón lo arreglábamos. Yo era el delegado!
-Y ganaste todas las elecciones.
-El delegado que pierde una elección es un boludo.
-¿Y el que te quería empujar?
-Te dije, lo hacía rajar.
-¿Eso quiere decir que me vas a ayudar?
-No entiendo porque no pudiste rajar a ningún zurdo. Vos no sos

manco.

-No soy manco. Pero se fueron todos. Te fuiste vos, el gallego, el

tordo, Juan Domingo, todos al mismo tiempo.
-Te quedaron solo los pendejos.
-Claro. No tienen cintura.
-¿Querés que te diga algo?
-Sí.
-El boludo sos vos. ¿Como te quedás solo?
-Creí que se iba a quedar el ruso. No pasaba nada. ¿Porqué no

hacerlo así?

-Y el ruso se fue.
-Sí.
-Está bien. Hay que empezar por Metalar. Es la más grande.

¿Sigue don Mario?
-Sí.
-Está bien.
-¿Me vas a ayudar?
-Soy el delegado

VII

Cuando salieron era noche cerrada. El delegado empujaba la
bicicleta a su costado. El secretario dobló en la primera esquina hacia la
izquierda.

Había llovido y en muchas pequeñas hondonadas se habían
formado charcos que mojaban las ruedas de la bicicleta, pero no alcanzaban
a ensuciar hacia arriba porque las ruedas se movían a paso de hombre. Se
movían al paso del delegado que caminaba cabizbajo y abstraído con las
alpargatas empapadas.

Habían pasado muchas cosas. Recuperaba el olor del sindicato,
húmedo y frío, el sabor de ese mate sobado, de mala calidad, los muebles
viejos, las caras de los muchachas en la penumbra y ahora sumaba una
nueva experiencia, la experiencia de ser respetado, mirado con cierta
reverencia, como un clásico. El delegado iba digiriendo una por una estas
sensaciones nuevas y antiguas.

Cruzó las vías del tren sin mirar a los costados, dobló a su
derecha sin fijarse en la calle, se pasó la mano por la cara húmeda, sin darse
cuenta que lloviznaba.

Se habían encendido las luces del alumbrado público y caía una
incierta claridad en el empedrado reluciente. La gente se movía con
velocidad a su alrededor urgida por llegar a comer a sus casas a las horas
habituales. El delegado se movía lentamente en medio del torbellino que lo
rodeaba, desafiando las leyes del equilibrio.

Como es habitual en las ciudades, nadie advertía a ese hombre
entrecano que venia de otro mundo, fuera de la necesidad compulsiva de los
demás que se afanaban por cumplir algo, llenando el ambiente de
adrenalina inútil. El delegado tenía su cabeza llena de imágenes. No
intentaba pensar, ni poner ningún orden en las sensaciones que lo cruzaban,
melancólicas o veloces, en color o en blanco y negro, en la suma de todas
los años que había dejado atrás al retirarse y que ahora volvían
desordenadamente a su vida. Le pasaba lo mismo que le ocurrió el día en
que le hicieron la despedida al jubilarse.

No quería interrumpirse. Los sabores múltiples de los recuerdos
se reavivan muy de vez en cuando y eso ocurre solamente cuando ellos
quieren. El delegado lo sabía. Por eso se desperezaba sobre ellos, sin
preocuparse por el tiempo o la lluvia. Los pasajeros de la estación habían
cruzado sobre él, lo habían dejado atrás, se habían alejado en todas
direcciones. El delegado caminaba en la noche sin luz. Y así, en silencio,
llego a su casa.
No bien hubo abierto la puerta, su mujer se detuvo. Estaba
terminando de llevar unos vasos a la mesa cuando lo vio. Había llegado con
el pelo y la cara empapados, los pantalones mojados, la expresión solemne.
¿Que te pasa? El delegado sonrió y le dio un beso. Has estado en el
sindicato, porque ella recordaba las caras de su marido cuando tenía
problemas en la fábrica. Un rato, dijo él. No se porque no te quedás tranquilo

12

viviendo de tu jubilación, como todos tus amigos. ¿Siempre tendré que
empujarte para hacer las cosas?, dijo el delegado.
A pesar de todo reconocía que su mujer tenía alguna parte de
razón. El podría quedarse tranquilamente en su casa, como hacían sus
amigos, todos los que había mencionado el secretario, incluído el ruso
que lo había dejado el último y que había tenido la desfachatez de pedirle
a él que volviera a la lucha. A veces se preguntaba porque tenía que
hacer ciertas cosas.

Comió sin prestar atención a lo que comía. No escuchó a su mujer
que hizo un comentario sobre algo. Cuando hubo terminado de comer, salió a
dar una vuelta a la manzana para estar solo, escuchando el viento que se
había levantado. Otra vez se mojó las alpargatas que no se había cambiado en
los mismos charcos que seguían llenos de agua de lluvia barrosa y sucia. La
figura de don Mario crecía en su mente.

Habían convivido toda la vida. En realidad habían crecido juntos,
porque cuando él entró a trabajar a la fábrica, también entró el hijo del dueño,
el futuro don Mario. Durante cuarenta años, habían negociado y se habían
entendido.

Al final de su paseo, solo una pequeña inquietud seguía en el
fondo de su espíritu al pensar en el encuentro con su antiguo patrón, aunque
hubiera sabido convivir con ella durante años sin presentimientos.

-¿No te vas a dormir?
-Si.
Sabía que le iba a costar.
Sin embargo, no bien apoyó la cabeza en la almohada se
durmió. Durante la noche pasearan por el techo hombres y mujeres, don
Mario y el secretario, el ruso y hasta su mujer, un caminar heteróclito
de personajes que decían cosas, dejaban algún mensaje, aunque ninguno
fuera comprensible, ninguna se sabia que quería decir. Quizá por eso se
despertó en medio del desasosiego y tiró a un costado la frazada. Una vez despierto,
sabia que no podría volver a dormirse. Inquieto, se levantó. Bajó en silencio
por la escalera, tratando que no crujieran los tablones y una vez en la cocina,
calentó agua como de costumbre para tomar un mate. Se sentó en su sillón
frente a la ventana, esperando el amanecer que aun demoraría. Había ocurrido
hacía tiempo. Sin embargo algunas escenas quedan en el fondo de la retina y
se niegan a diluirse, vuelven una y otra vez, no bien son convocadas.
Era una mañana fría de invierno. Desde la estación hasta la
puerta de la fábrica, Esteban había pisado escarcha. Sentía que los
parpados se le calan, empujados por una larga noche de discusiones y
cigarrillos que no había aclarado nada. Le avisaron no bien cruzó el
portón, que don Mario lo esperaba en su despacho. Lo insólito de la hora
le hacia sentir la urgencia y la inquietud del jefe. Subió las escaleras
deteniéndose en cada movimiento, para darse tiempo a pensar que iba a
decirle, como iba a llevar una conversación que no podía posponer.
Levantaba las piernas con cuidado mientras pensaba. Cuando se le terminó
la escalera, no tenia todavía en claro como iba a decirle al patrón lo que
debía decirle. Sabía que él pondría en juego los treinta y pico de años que
habían pasado juntos.

Golpeó la puerta y se abrió sola. La secretaria no estaba y en el
fondo, tras el escritorio se lo veía a don Mario. Acérquese, dijo y Esteban
fue cerrando las puertas a medida que se aproximaba. Se sentó en un
sillón.

-Tiene cara de cansado.
-Usted también, dijo el delegado.
-He dormido poco.
Se había desabrochado la corbata, que caía sobre un costado del

cuerpo. Estaba despeinado.

-Quizá nos convenga tomar un café, añadió.
Sin esperar respuesta, fue hasta una mesita donde una máquina
había preparado café. Tomó dos tazas, las sirvió y sin más prosopopeya le
dió una al delegado y se quedo con otra, en el fondo del sillón contiguo.
Cuénteme su historia, dijo.

-Mi historia no le va a gustar.
-¿Huelga?
-Eso parece.
El patrón movió la cabeza negando. No lo puedo creer, dijo.

Habían pasado muchos años sin huelgas.

-Siempre nos hemos entendido, argumentó.
-Durante treinta años, se adelantó el delegado.
-¿Entonces?
Entonces habían pasado cosas nuevas, máquinas renovadas,

13

nuevos jefes, gentes que no eran las de antes, en uno y otro lado.

-No nos pueden hacer esto, agregó.
-¿A quien?
-A usted y a mí. No nos pueden hacer esto.
-Lo hacemos nosotros, dijo el delegado
-Usted y yo nunca hemos hecho huelga.
-No, admitió el delegado. Pero esto no tiene importancia,

agregó mirando hacia la nube. No tiene importancia.

-Al revés. Este es precisamente el centro de la cuestión.
-Una cosa es la patronal y otra el sindicato.

-Usted y yo hemos logrado que más de dos mil personas traba-
jaran en paz durante años. Hemos logrado que se hicieran cambios de

técnicas sin despedir gente, hemos logrado que nadie fuera suspendido o
despedido injustamente, hemos logrado que estuvieran bien pagos, hemos
logrado la paz social. Somos un ejemplo para toda la zona, para el país.
No podemos dejar que nos la rompan.
El delegado lo miró mientras tomaba café. Ellos lo habían
hecho, era cierto. Habían logrado todo lo que el decía y muchas cosas más
a lo largo de treinta anos, estableciendo normas que nadie se atrevía a
cuestionar y que, mas aun, obligaban a otras fábricas, porque ellos lo
habían hecho. Cada actitud, cada política era un ejemplo para muchos. Si
había huelga era el final de todo ese prestigio.

-Pero hay principios que no podemos abdicar, dijo
Don Mario se levantó. Caminó hacia la ventana y quedó
mirando algo allá afuera. Lentamente giró y volvió hasta el delegado,

-¿Cuanta gente cree que jugamos limpio?
-Nadie duda de mí ni de usted.
-Exactamente. Podemos hacer casi cualquier cosa.
-No, si realmente pudiéramos, algo hubiéramos hecho hace

tiempo.

-Si usted hubiera aceptado el préstamo para su casa nunca más

nos hubieran creído.
-Así es.

-Pero pudo haber aceptado el del banco de mi amigo
-Si. Pero no lo hice.
-Todavía sigue sin casa.
-Todavía alquilo.
El delegado se levantó no sin alguna dificultad, dejó la taza sobre la mesa
cercana y a paso lento salió de la oficina.
Ahora, en su living, las primeras luces rompían la noche. El
delegado, sentada en su sillón las miraba llegar, tomando mate.
Recordaba esa mañana inútil. El gerente de personal no creaba nada,
los compañeros de la Comisión cumplían con sus papeles, cada uno
decía lo que le correspondía, es decir, nada se arreglaba.
-El capataz no puede decidir lo que hay que hacer.
-Tenemos acuerdos fundamentales. Pérez debe ser
promovido.
-Tengan cuidado muchachos. ¡Esto es como las gateras!
una vez que se abren, los caballos salen corriendo y después no hay
quien los pare.

-No se preocupe, nosotros sabemos lo que hacemos
No se podía pactar con el empleado. Embretado por sus miedos era
incapaz de imaginar. Había que ganar tiempo, pensó.
Los compañeros estuvieron de acuerdo. Había que dejar espacio
suficiente para un posible acuerdo. Todos eran conscientes que la huelga
beneficiaría a la izquierda y rompería una larga tradición. Sin embargo era
difícil parar la maquinaria que había tomada entidad propia, que,
superando el punto de ruptura, ya no era controlable. En cambio, les exigía
correr para poder seguirla, nadie quiere perder el tren de la reivindicación,
ni quiere tampoco romper lanzas con un patrón que siempre supo negociar,
pero la velocidad de los hechos se impone muchas veces y amenaza con
aplastar a los protagonistas. No es más que una de tantas decisiones de la
Historia, dijo el delegado. Pero nadie lo comprendió.
Acostumbrados a mezclar la fantasía con la realidad, comían
cansinamente unos sándwiches, soñando con el paraíso de otra manera de
vivir. Un jefe arbitrario, un delegado idiota y un zurdo aprovechado,
habían hecho la ensalada que había crecido desaprensivamente. Les cernía
la derrota. Cuando acabaron de comer, lo miraron todos a Esteban para
saber que tenían que hacer. Yo hablaré con don Mario, dijo. Y a su

14

orden todos se fueron a sus casas porque habían terminado el turno de
trabajo, inclusive el zurdo.
Don Mario estaba mirando por la ventana, como era habitual en él.
Lo estaba esperando. Siéntese, sírvase un café, haga lo que quiera, le dijo
sin mirarlo. Las cosas no vienen bien, explicó el delegado, también de
espaldas, sirviéndose un café. Ya lo sé, el zurdo ha hecho un buen trabajo
-Lo que no entiendo, dijo don Mario, girando sobre sí

mismo, es como no lo vieron venir.
-A veces se escapan.
-Habrá que despedirlo, dijo.
-Dentro de un mes. El problema es ahora.
-Dejemos todo como está, propuso el patrón.
-Usted sabe que no se puede. Pérez tiene que ser promovido.
-El capataz tiene autoridad para negar el ascenso.
-No después de la evaluación. Después de la evaluación no hay

nada que hacer.

—No podemos dar marcha
atrás.
-Siempre hemos arreglado todo
-Esta vez están empujando mucho, presionó el patrón.
-No hagamos un drama, y el delegado saboreó algo más del café

caliente que se había servido.

-Usted puede parar todo esto.
-Yo se lo que puedo. Pérez tiene que ser promovido.
-Lo echamos al zurdo.
-Dentro de un mes.
-Pare la huelga.
-No puedo.
Don Mario se contuvo. Sentándose cerca de Esteban cambió su
tono.
-Usted se jubilará dentro de poco tiempo.
-Ya se que no tengo casa. Pero no será con su dinero.
-Yo tengo amigos que le pueden prestar. Un préstamo de bajo

interés. No es nada malo.

-Pérez tiene que ser promovido.
-Está bien. Pero en Producción.
-¿Y el capataz?
-No lo tocamos.
-No es fácil.
-Ya lo sé.
-¿Cuanto tiempo hace que trabajamos juntos? dijo Esteban.
-En setiembre hará treinta y dos años.
-Mucho tiempo.
-Déjeme que haga algo por usted, insistió don Mario.
-¿Promovido en Producción?
-Pérez va promovido a Producción.
-No les va a gustar.
-Pero tienen la promoción.
-Usted sabe...
-Claro que lo sé.
El delegado dejó la taza de café sobre la mesa frente a él y sin decir
nada más se levanto y salió despacio atravesando las oficinas desiertas.
El sol entraba francamente por la ventana y le daba de pleno en la
cara. El delegado tomaba su mate, entornando rígidamente los ojos.

-No has prendido la radio, advirtió su mujer bajando con su fru-
fru cotidiano. Te está pasando algo.

No preguntaba, afirmaba con la preocupación de ver a su marido
volver por los caminos que había abandonado para siempre. No le
gustaban. Tenia miedo que le pasara algo y si uno le hubiese preguntado,
no hubiera sabido que decir.
El delegado no le contestó. Se limitó a levantarse un poco en el sillón
y darle un beso en la mejilla. Ella no insistió porque ya estaba
acostumbrada. Esta vez, le parecía diferente porque su marido hacía tiempo
que no estaba tan reconcomido o quizá era ella la que había perdido la
costumbre de verlo así. Mientras se preparaba su desayuno podía escuchar
el ruido en la cabeza de su marido. Concentrado en algún punto del infinito
parecía un dolmen. Elvira estaba preparada para vivir sola algunos días.
Como haciéndole caso, el delegado se levantó y se fue a su habitación
sin decir palabra. En el mismo silencio que evitaba hasta el crujir de las
maderas, bajó la escalera y le dió un beso en la mejilla. En el mismo tono
abrió la puerta y ya en la calle, dobló a su derecha y caminó hacia la

15

avenida. El delegado se había ido. Por entre el sol que se retiraba
discretamente del salón se colaban las sombras en que quedaría la casa por
el resto del día.

VIII

-Pase Esteban. Al abrir la puerta el delegado lo vió a don Mario que
venía hacia él y se encontró de pronto abrazado por su antiguo jefe. Se
sentía incomodo. Solamente lo había abrazado en su despedida. Una
especie de vergüenza lo invadía.

Durante casi una hora había rumiado que iría a ocurrir en
esa entrevista. Como no se había anunciado, no descartaba que don Mario
estuviera ocupado o se hubiera ido de viaje. Pero no era esto lo que
imaginaba. El se veía entrando a la oficina, saludando, sentándose a tomar
el café que don Mario le ofrecería y todas esas cosas se repetían de una
manera diferente, desde la mas calida hasta la frialdad, como diciendo "que
viene a hacer este viejo", pero cuando empezaba a imaginar la
conversación, entonces si que el velo mas oscuro caía sobre su mente.
¿Como le iba a decir a don Mario que él venia a ayudarlo? ¿Quien se creía
que era para aparecer de pronto, tanto tiempo después? El secretario lo
había llamado, pero su patrón no había dicho palabra. El colectivo pegaba
banquinazos y se tragaba pozos entre aceleradas desopilantes y frenadas
dramáticas, como en los buenos tiempos. Los pasajeros se agarraban del
pasamanos sobre sus cabezas, atinando a duras penas a mantener el
equilibrio. En una esquina se le cayó encima una mujer que venía
trastabillando desde el fondo. Por un momento pensó en bajarse del
colectivo y volver. Pero él era el delegado.

-¿Como está? Que alegría verlo! El delegado
no podía salir del abrazo de su jefe

-Hace tanto tiempo! Venga, venga, siéntese,
cuénteme como le va. ¿Se acostumbra a ser jubilado?
Esteban se sentía embarazado recordando otros detalles.
-¿Quiere un café? Siéntese! Si viera como ha cambiado esto. Ya
no es lo mismo. Siéntese. Acá, como de costumbre y yo acá, como siempre.
Que alegría Esteban, que alegría. Acaba de traerme el pasado y era tanto
mejor! Que épocas, cuantos anos. ¿Sabe qué, Esteban? Nosotros tendríamos
que escribir un libro.

-¿Con todas las verdades?
-Bueno, casi todas. Pero no se preocupe, porque como todos los que
decimos esto, no lo haré. Pero vamos, diga algo, cuénteme. ¿Que hace?
-Nada don Mario. Vivo nomás.
-Se lo ve muy bien.
-Creo que estoy bien. Duermo mejor. Estoy más con mis

amigos, aunque no tengo muchos.
-Amigos, amigos, nadie tiene muchos. Después miro los
amaneceres, hago compras. Se pasa el día.

-Que suerte.
-¿Le parece?
-Si. Acá el día no pasa.
Se va. No es lo mismo.
Un día, Esteban, me
moriré sin haber visto
nunca un amanecer. Pero
esta es mi vida.
-Así es. Uno tiene que ser lo que es. Y usted don Mario es el

jefe.

-Con usted.
-Yo era otra cosa. Yo nací para defender a la gente. Y eso

hice toda mi vida. Usted, manda.
-Y gano dinero.
-Usted manda. El dinero viene.
-A veces pienso que tendría que retirarme. Esto se ha vuelto

complicado. Quizá yo esté viejo.
-¿No tiene un buen delegado?

-No como Esteban. No tiene personalidad. Se lo llevan por de-
lante.

-Mucho zurdo.
-Lleno.
-¿Y porque no los rajó?
-Con este boludo de delegado tendría que haber cerrado la

fábrica si los rajaba.

-Entonces don Mario, perdóneme, pero no son los tiempos los

16

que han cambiado, sino que son las personas.

-Por eso uno se tiene que morir. Es bueno morirse, antes de ver
como se destruye lo que se ha construído con esfuerzo. Porque siempre se
destruye. Solo hay que vivir lo suficiente.
-¿Y que piensa hacer?
-Debo reconocerle que me estaba resignando a administrar la

decadencia, como dice un amigo.
-Es una mierda.
-Estoy de acuerdo. Pero quiero verlo detrás de ese escritorio
teniendo que decidir si cierra la fábrica o si se achica otro poco. Más cosas
para los obreros, más cosas para el Estado, menos para uno. Así hasta la
ruina.

-Cierre.
-Es fácil decirlo.
-No se lo dice cualquiera. Se lo digo yo.
-¿Que cierre?
-Por supuesto. Usted sabe que yo quiero esta fábrica

como si fuera mía. No le digo estas cosas porque sí.

-Pero si cierro todo habrá terminado. Años al cohete
-No le digo que clausure. Le digo que cierre. Yo voy a hablar con
estos boludos. Un buen conflicto, trescientos despidos y luego incorpora
doscientos. ¿Quedan cien afuera, no?
-Matemática pura.
-No nos van a cagar don Mario.
-¿La ultima pelea de los viejos?
-Solo es viejo el que se declara viejo. Y yo solo estaba

jubilado. No se usted.

-Yo no soy viejo. Aunque me estaba dejando empujar. Uno se

pone débil.

-Cuando su señora lo caga a pedos, es porque ya cualquiera lo

podrá hacer. ¿Como anda con su señora?

-Me estaba empezando a cagar a pedos, sonrió don Mario.
-Ahora los vamos a cagar nosotros. Déme un tiempo, yo le

avisaré.

Lleno de una nueva energía, el delegado se levantó, le apretó efu-
sivamente la mano a su antiguo jefe y salió a enfrentarse con sus viejos

enemigos como recordaba haber hecho cien veces en el pasado.

IX

El delegado salió al patio. Podía ir a la pieza del gremio cruzando la
fábrica o por el pasillo lateral. Decidió no dejarse ver más que lo
estrictamente necesario.
Al abrir la puerta de la habitación lo encontró a Benítez, solo, sentado,
leyendo unos papeles. Se quedó en el umbral, mirándolo. Estaba viejo. Cuando
lo dejó no tenia tantas canas, ni esa pelada en la coronilla que le daba un
antiguo aspecto de cura laico. En la mejilla tenía más arrugas que hacía tres
años.
-Esteban!
Se levantó y lo fue a abrazar con la misma euforia que don Mario. El
delegado lo abrazó fuerte.
-¿Que haces por acá?
-Visitando amigos.
-Que alegría.
Si hubiera sabido hubiera dicho las mismas cosas que el patrón.
Se sentaron uno frente al otro.
-Que alegría.
-Yo también.
-¿Como estás?
-Bien. Jubilado.
-Que lindo. Los muchachos se alegrarán. Bueno, por lo menos
algunos.
-Porque, ¿otros no?
-Y, los zurdos no.
-Me cago en ellos.
–¿Y que hacés?
-Un jubilado no hace nada.
-Pero vos no sos un jubilado.
-Sin embargo me encontré sin nada que hacer. Nada de lo que
sabía me sirvió. Toda mi vida aprendí otras cosas. ¿Que
querías que hiciera?
-Nada. Jubilarse es para descansar.

17

-Un carajo. ¿Vos crees que me siento viejo? He visto irse tanta
gente, tantas comidas de despedida, chau al viejo. Pero cuando me tocó a
mi no sentí que estuviera viejo, no sentí que había acabado mi tiempo. Vos
solo lo viste desde el lado del que despide. Ya te falta poco para que te
toque del otro lado.

-Nunca pensé que te pasara esto.
-Le debe pasar a todos. Pero no lo decimos. ¿Para qué? A vos te

lo cuento porque sos mi amigo. A veces hay que contar.

-¿Pero y tu mujer?
-Mi mujer. Ella me quiere.
-Claro.
-Que le voy a contar. A veces por la mañana me sube una
angustia. Cuando escucho la radio, la inflación. ¿Como te defendés siendo
viejo?

-¿Tenés problemas?
-No, todavía no. Pero si vivo mucho los tendré. Además, están mis

hijos. ¿Que harán con tantos quilombos? Es una vida dura.

-La nuestra también lo es.
-Quizá, pero cuando uno no es el actor de la película, se siente débil.

Además a nuestra edad no tenemos la polenta de los
jóvenes. .
-Entonces para que venís a pelear.
-¿Que sabes vos?
-Lo mismo que todo el mundo.
-¿Todo el mundo?
-Bueno, nosotros.
-Ah.
-No me contestaste.
-No tengo un carajo que hacer.
-Porque te están rompiendo lo que hiciste. Los
zurdos siempre nos han jodido. Y esto no lo podés aguantar.
-Y algunos pelotudos se lo permiten. ¿Me querés
decir que estás haciendo vos? ¿Desde cuando te dejas coger?

-¿Ves lo que te digo?

-Un carajo. No cambiés el tema. ¿Desde cuando sos pelotudo?
-Desde que el delegado se fue. Vos naciste así. ¿Que sabés vos de los
cagazos de los demás? Vos le metés adelante. Yo nunca fui gallo.
-Pero entonces ¿para que te metiste en eso?

-Porque el delegado se fue y yo quise ser como él. Yo creí que se
podía.

X

Los ocres del amanecer traían sombras de mujeres que se acercaban a traer ropas y
comida. Detrás de la reja grupos de hombres hablaban impertérritos. Como
estandares obscenos, trapos con frases insultantes ondeaban por encima de la verja.
Nadie sabía que querían decir tantas palabras pero todos fueron a ocupar la
propiedad del jefe que había despedido trescientas personas.

Los telegramas habían salido esa mañana apenas Esteban lo dejara a su
amigo en el cuarto del gremio. Esteban subió los escalones, sin apurarse.
-Mandá los telegramas por orden alfabético o mejor empezando por los
más antiguos. La secretaria lo miró a su jefe para corroborar las extrañas órdenes
del antiguo delegado, y los telegramas salieron pasadas las doce del mediodía.
-Ahora vamos a dormir, dijo. Esteban
tomaremos la fábrica.
Pero los zurdos se adelantaron y más allá de las once, poco antes de
la medianoche, cerraron las puertas con el segundo turno adentro. Llegaron el
comisario, el juez de turno y un representante del ministerio. Todos estaban
molestos y cada uno hizo las declaraciones que correspondían a su cargo. Todos
se fueron sin aportar nada.

A las diez de la mañana, comenzó a cundir la sensación de que los
arrebatados no iban a recibir ninguna ayuda. Había llamado de la radio y de la
televisión y había aparecido un hombre con una cámara. A las tres de la tarde no
había llegado nadie. La sensación de aislamiento crecía. Entonces a las cuatro de
la tarde, un hombre caminó desde el bar hasta la verja cerrada.

-¿Quien está a cargo?
-La Comisión.
-¿Quien es usted?

18

Alguien le pegó un codazo, calláte. Otro salió corriendo

hacia el fondo. La Comisión de delegados se acercó.

-¿Cuales son los reclamos?
-Han despedido...son cuatrocientos.
Se arrebataban.
-Hablen de a uno, carajo!
El zurdo dijo:

-Han despedido cuatrocientos compañeros y no lo vamos a

permitir. Hasta hay delegados.

-Esto está mal, dijo Esteban
-Me alegro oírlo compañero.
-¿Cuales son las bases del arreglo?
-La reincorporación total.
-Esto es imposible, y dándose media vuelta comenzó a
caminar.
-¿Qué dice la
seccional? aulló el
zurdo.
-La seccional soy yo.
Y sin esperar otra respuesta se fue caminando hasta el bar y

se volvió a sentar en la misma silla cochambrosa.

Los hombres se quedaron atónitos, viendo como se iba. Luego
el zurdo estalló. Nos quieren entregar! Pero no les vamos a dar el gusto a
estos hijos de puta! Vamos al cuarto! Y los delegados y otros que no lo
eran se metieron en la pieza del gremio y escucharon la arenga del zurdo
que había tomado decididamente el liderazgo aunque no fuera el secretario
de la comisión. Gritaron. Vitorearon. Una sombra de mal augurio recorrió
la fábrica cuando se supo que Juan, Matías y Antonio se habían retirado.
Que no salga nadie más!, aulló el zurdo. Pero hizo un falsete al terminar la
frase.

Juan, Matías y Antonio eran hombres viejos, avezados. Si
ellos se habían ido era porque no podrían ganar. Los más jóvenes se habían
reunido en la verja y gritaban consignas antiguas. Otros, más maduros se
habían sentado por los alrededores, esperando el final. Nadie quería forzar la
puerta que ahora estaba guardada por dos forzudos. Las mujeres se habían
ido y alguna había vuelto al mediodía con más paquetes. ¿Que dicen afuera?
Nada. ¿La televisión? Nada. Pero ese que vino...!

La televisión se entretenía con los juegos olímpicos y con dos
accidentes con muertos. La policía no sospechaba que fueran a producirse
desmanes y le dejaba su lugar al juzgado, el juzgado quería dar tiempo a que
el ministerio solucionara el problema; el ministerio miraba de reojo a ver
que hacía el sindicato, la seccional del sindicato quería echarlos a todos, la
central no quería enfrentarse con el secretario seccional, los políticos no
querían enfrentarse con el secretario general del gremio. En la escena oscura
y barrosa de esa verja que miraba hacia el ferrocarril, solo había soledad.
Al caer la noche la sensación de pérdida fue más
lacerante. Ningún hombre del ministerio había vuelto, la comisaría
había hecho su informe y había dejado un policía solitario en la
esquina, el juzgado había levantado el acta y había citado al dueño
para dos días más tarde. El mundo los había abandonado.

El delegado se levantó de la silla donde había estado
sentado toda la tarde y se acercó lentamente a la reja. ¿Esta el capo?,
dijo no sin ironía. Ya va.

Lo miró acercarse y mientras lo hacía, midió la decadencia
en la que había caído. Los hombros se habían adelantado, la cabeza estaba
más baja, las piernas se arrastraban sin donaire. ¿Qué quiere? Eran los
últimos estertores de bronca, antes de caer en la desesperanza
y luego en la rendición.

-Venía a hacerles una visita. La silla del bar es

dura.

El zurdo lo miró con ganas de putearlo y al no decir nada

demostró que estaba abdicando.

-¿Cual es la condición de arreglo?, volvió a decir

Esteban.
Esta vez no tuvo la misma respuesta que por la tarde. La respuesta fue una
pregunta:
-Cual es?.

19

-Doscientos afuera, dijo Esteban.
El cansancio lo entregó al zurdo.
-¿Cuales?
-Por orden de antigüedad.
-¿Ni siquiera van a defender a los delegados!?
-Podemos conversar, dijo Esteban.
-No puede ser.
Esteban dió media vuelta y comenzó a caminar hacia el bar. Esperaba una
frase de protesta, pero no la hubo. Hubiera preferido oír un grito,
A las diez de la noche no quedaba nadie por los
alrededores. El bar se mantenía abierto y tenía un único cliente mirando
hacia el portón. Tras la verja Esteban podía verlo al zurdo que miraba hacia
la ventana iluminada. Estuvieron mucho tiempo así.

A las tres de la mañana Esteban se levantó y volvió a
pedir por el capo. Está durmiendo. Despiértenlo. Apareció arrastrando
los pies y murmurando malas palabras.
-¿Para que carajo me querés?
-Si vas a reaccionar así, me voy.
-¿Vos creés que son horas?
-¿Vos creés que no?
Se calló.

-¿Pensaste en mi oferta?, dijo Esteban.
-No son horas para hablar, murmuró el zurdo como
hablando consigo mismo.
-Si no te parece bien, me voy. Pero esta vez no me voy
al bar, sino a mi casa. Y se van a pudrir ahí adentro.
-Está bien, pasá.
-¿Te crees que soy boludo?
-¿No confias en mi? Esteban hizo un gesto que
equivalía a 'mirá con las pavadas con que viene este' y empezó a girar sobre
sí mismo.
-Está bien, hablemos aquí.
-¿Tenés mandato?
-Vos sabés que la asamblea es la que decide.
-Andá a joder a los chanchos. Buscá el mandato y
volvé.
-Está bien. Tengo mandato. Pero no es que queden
doscientos afuera.

-¿Hasta cuantos se estiran?
-Menos. Además los delegados quedan todos.
-Tres delegados se van. Con guita, no hay
problemas. La ley, más la del delegado, más otro montón.

-Déjame adivinar.
-Adivinaste.
El tono de Esteban había cambiado. De la cadencia de hombre paseando,
había pasado a un tono duro y decidido que ponía condiciones.

El zurdo dijo:
-Hijo de puta.
-Si, pero vos te vas afuera. Vos y los otros dos.
-¿Y cuantos más?
-Ciento veinte. Y esta es la ultima cifra. Te doy media
hora para que se lo contés a los muchachos. Si no tengo respuesta me voy y
los dejo pudrirse. Y vos sabés que no te va a dar ayuda ni tu madre.
Y sin esperar más, dió media vuelta y se fue con paso
decidido a su silla cochambrosa del bar. Se sacó el reloj pulsera y lo colocó
sobre la mesa, frente a él. Adentro de la verja se notaba movimiento.
El mozo tardó cuatro minutos en traerle el cortado y
pasaron doce minutos antes que la fábrica pareciera desierta. Se imaginaba
los gritos de los más ardientes y de los que esperaban el despido. No estaban
en condiciones de dar una lucha más larga y lo sabían. Se habían confiado.
A los veintiocho minutos un hombre se acercó a la
puerta, la abrió y se fue. A los veintiocho minutos y cuarenta segundos otros
dos siguieron al primero. A los veintinueve y doce segundos otro más se fue.
A los veintinueve y cincuenta, cuatro salieron. A los treinta y diez segundos
una pared de hombres se acercó a la verja.

Esteban se levanto, salió del bar y en vez de
caminar hacia la reja, se fue hacia el lado contrario. Unos veinte
metros más allá, el policía se había cobijado en un portal y dormitaba.

20

Lo despertó. Esto se acaba, mirá lo que pasa porque puede
haber bronca.

Esteban se acercó al portón de la fábrica y miró

solamente al zurdo que estaba en el centro.
-Queremos ver la lista.
-Los más antiguos quedan.
-Entonces tienen que ser menos.
-¿Ah si?
-Ochenta y dos.
-Cien.
-Ochenta y dos.
-Cien.
-Sos un hijo de puta.
-Agente cierre el portón y quede de guardia.
La pelea se había terminado, Esteban volvió en
silencio al bar, dejando que la gente se fuera. El policía cumplió su orden.
Entonces, solos los dos en el medio de la noche, sintió que una alegría
enorme le llenaba el pecho y si hubiera sabido hubiera cantado una vieja
canzonetta de su tierra.

XI

La noche había caído en tonos pastel. Una franja rosa difusa había
anochecido sobre el horizonte casi negro. En la lenta agonía melancólica, el
sol había tirado algunos destellos de claridad blanquecina que habían
manchado el azul. Las calles de tierra estaban aun húmedas de la lluvia
matutina.
Un hombre caminaba lentamente junto a su bicicleta, sin
evitar los charcos. Tenía las alpargatas mojadas y parecía que los pies le
pesaran imponentes. Al llegarala estacióncruzó lasvíascansinamente y cerca ya de
la barrera había pateado furioso el poste de cemento que la sostenía. Se agarró
el pie, dolorido y se alejó renqueando.

En la casa esperaba encontrar paz, pero los ruidos de la música
de su hija lo detuvieron en la esquina. Caminó lentamente hasta la calle
opuesta y abandonándose, dejó caer la bicicleta y se sentó en el cordón. Lo
esperaba una larga noche, después de aquella otra victoriosa cuando había
sido recibido en el sindicato como un césar. Lo habían aplaudido dos
hileras de jóvenes que al encontrarse con el se habían parado para
homenajearlo. Espontáneamente. Había cruzado ese pasillo en una nube. Al
final estaba el secretario que salió de su oficina y se confundió en un abrazo
con su amigo. Había tenido que hablar, palabras entrecortadas por la
emoción, Nunca me había pasado nada así..., bajo el silencio pesado y
expectante de los jóvenes, Que quede como una enseñanza para las
generaciones futuras que nadie debe apropiarse del movimiento obrero y
que nadie debe pretender confundir el interés de los trabajadores con
ideologías extranjeras. Los aplausos lo habían apabullado, su amigo lo
había abrazado otra vez. Después de Metalar, fue Artema, y luego Carcas,
Julio Manilo S.A, Carrocerías del Norte. Una tras otra habían seguido el
ejemplo. Los zurdos renunciaban, buscaban arreglos, negociaban por
garbanzos. Toda la seccional había quedado limpia en medio de ese efecto
dominó que el secretario le enseñara a distinguir hacía apenas unas
semanas. Nadie, en ninguna de las fábricas ni de las comisiones internas,
ponía en duda que el artífice de esa victoria era Esteban, el delegado
jubilado de Metalar, El Delegado. Lo habían llamado de la central, le habían
hecho un almuerzo de homenaje, lo habían invitado a dar charlas en otras
seccionales, lo habían llevado a una mesa redonda por televisión. Más allá
de la gloria, seguía mirando los amaneceres, en la hora temprana para las
trompetas de la sociedad. A las seis de la mañana no hay charlas ni mesas
redondas ni televisión. Delegado, decía alguien y ese era él. Hasta sus
amigos comenzaron a llamarlo Delegado. Si oía Delegado, podía darse
vuelta, porque alguien lo llamaba. Su mujer lo besaba cariñosamente
cuando se iba cada día, esperándolo hasta tarde cada noche. Primero una
mujer cuarentona y más tarde otras más jóvenes se le insinuaron. Una le
tomó la mano y se la puso sobre su pecho grande y firme, en las tinieblas de
la esquina del sindicato. Don Mario le ofreció un cóctel y le dio un cheque
como reconocimiento. Cuando Esteban hizo ademán de devolverlo,
sorprendido en público, don Mario tomó el micrófono y lo conminó a que
se lo quedara en nombre del mucho bien que había hecho a la sociedad
argentina en esas semanas. Usted no sabe Esteban cuantos millones de

21

dólares le ha ahorrado usted a los empresarios de esta zona, al país. Si cada
uno le diera solo el dos por ciento de esas ganancias, agregó, usted viviría
de rentas en las Bahamas, con toda su familia. Tomar esto que le ofrezco, es
muy poco. En realidad, me siento amarrete al dárselo, pero es un viejo
vicio. Y sonrió con esa sonrisa franca que lo congraciaba con la gente.
Esteban aceptó y pensó que todas las deudas estaban pagadas.
Comenzó a lloviznar. Una cortina impalpable de agua resbalaba,
hasta el suelo. El pelo y los hombros se empapaban. Las cejas empezaban a
humedecerse. Al deslizarse hacia las mejillas, parecían lágrimas cayendo
por la piel. El estertor de la espalda podía ser un sollozo o un producto del
enfriamiento, el agua en la cara podía ser el llanto de un hombre mayor.

-Todo pasa, Esteban,
-¿Que querés decir?
-Si en la vejez no ganamos en sabiduría estamos jodidos.
-Vos no pensaste esto.
Desde la primer palabra, Esteban sabía que estaba pasando: había
llegado demasiado lejos. Aunque el no lo había buscado, había ocurrido así,
imparable, desde los aplausos espontáneos de los jóvenes, bajo la mirada
critica del secretario, hasta la mesa redonda y. la televisión. El solo había
querido ser el viejo delegado de Metalar, pero sabía demasiado y se había
visto catapultado, materialmente expelido hacia la fama. Ningún secretario
podía aceptar la sombra de un viejo sabio, según el dicho popular,
cuestionando en silencio cada una de sus acciones y sus afirmaciones.
Tenemos que hacer reuniones de información. . Y casi., instintivamente, los.
jóvenes miraban la silla del Delegado, La mejor manera de manejar este
conflicto es...y los demás delegados lo miraban a Esteban, El Delegado no
quiso ver, aunque sabia mucho de eso. Tenés que retirarte, lo hemos
conversado con la central; te estamos muy agradecidos y nos gustará que
vengas al asado de fin de año. Esteban pensó cuanto habían aprendido los
sindicalistas del verso empresarial. Así, se dijo, se despide a un viejo en las
empresas serias. Y el viejo acepta la bofetada porque no tiene como
defenderse. Esteban lloraba su propia muerte, bajo la música impertérrita de
su hija.

XII

El rojo era el centro. Alrededor del mantel estaba la familia que
como todos los domingos reunía el hermano mayor. Habían comido su pasta
tradicional. Nada cambiaba las costumbres. Elvira trajo los platos de postre
los fue colocando frente a cada uno de los miembros de la familia, que
ladeaban un poco la cabeza para ayudar a colocar el plato. Después trajo la
fuente con la fruta, llena de los cítricos del invierno, en especial de naranjas
de ombligo que eran una debilidad de su marido. La mesa tenía el colorido
de las familias italianas aunque casi todos estaban callados. María se
levantó. Tomó los platos uno tras otro, en silencio. "Ayudala a María" dijo el
padre y su cuñada levantó los vasos y los cubiertos, La madre había
comenzado a lavar. Se oía la caída intermitente del agua, el ruido del plato
en el portavajilla. La madre dejaría secar todo hasta la noche. El hermano
volvió a la habitación y se sentó en la misma silla con el mismo gesto, como
si aun estuvieran comiendo. Su mujer no lo miró. La nuera había ido a
buscar el bebe y le daba de mamar en un rincón del comedor. Levantaba la
remera y dejaba a la vista dos amplios pechos que se recostaban hacia el
niño. El bebe chupaba ávidamente. El hermano se había levantado y se había
ido junto al sofá. Sin embargo no miraba la escena. Su mujer continuaba
sentada en la silla. El hermano atendía la conversación de Esteban con su
hijo, que estaban en silencio. María se sentó con su madre en un rincón del
living y amontonó sábanas y toallas. La madre abría una por una las piezas y
las revisaba, hasta darlas por buenas. Otras las tiraba. Las que quedaban en
el suelo, las tomaba María, una tras otra y buscaba los agujeros que podían
tener. Las doblaba dejando el roto a la vista. A media tarde pusieron tazas
sobre la mesa y unas facturas para tomar el café con leche.






El relato de Juan Sourron

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I

—¿Hola?
—Habla García.
—¿De ventas?
—Sí. ¿Puedo ir a verlo?
—Lo espero.
Estaba deslizando lentamente el tabaco en la pipa.
Lo apreté. Sonaron dos golpes en la puerta.
—Adelante.
—Buenos días, señor.
—¿Cómo le va, García?
—Le presento al señor. ..
—Garona.
—El señor es el jefe de compras de Producciones
Argentinas. Clientes nuestros.
—Mucho gusto.
Tenía una mano huesuda y húmeda. Les hice una
seña ofreciéndoles asiento. Tomé el encendedor y
encendí la pipa.
—El señor Garona tiene un asunto que tratar y creo que
le corresponde a usted.
—Estoy a su disposición.
—Gracias —dijo Garona—. Le agradezco que esté a
mi disposición.
-Es mi trabajo.
—Claro, Es un trabajo difícil, ¿no es cierto?
—A veces.
— Y de mucha responsabilidad. La gente viene aquí y
habla. Supongo que cuentan cosas poco agradables.
—A veces.
La pipa se me apagó. Siempre me pasa lo mismo.
La volví a encender.
—Muy responsable, realmente. Muy sagaz. Siempre he
admirado la habilidad para solucionar los problemas.
—¿Qué lo trae por acá, señor Garona?
—Claro, claro. Qué me trae acá. Pues verá usted, en
nuestra oficina hemos recibido estas dos facturas de
ustedes, una por 15.230 pesos, la otra por 10.550.

2

Corresponden a la misma cantidad y tipo de producto.
Tienen el mismo número.
Me extendió los papeles.
—¿Cuál pagaron ustedes?
—La de monto mayor.
—¿Qué recibo tenemos nosotros, García?
—El de monto menor.
—¿Usted estaba a cargo de la venta?
—No, señor. La firma es del jefe.
—¿Está de vacaciones, no?
—En este momento está de vacaciones, señor. Vuelve el
lunes.
—Interesante...
Hubo un silencio. Mi pipa se había apagado
nuevamente. Volví a prenderla.
—¿Me puede dejar estos papeles, señor Garona?
—Bueno, no sé si...
—Le daremos un recibo por ellos. Tiene mi palabra de
que se los mandaré no bien terminemos el caso. Pocos
días, no más.
—Yo... Usted sabe, mi responsabilidad como jefe me...
—No se preocupe, Garona. Hace años que su empresa es
cliente. No vamos a hacer nada que perjudique eso.
Me levanté.
—Si insiste. Yo no sé si debiera. Bueno, supongo que
está bien. Me lo mandará no bien termine el caso, ¿no es
cierto, señor?
—Sí.
Apreté su mano huesuda y casi mojada. Cerré la
puerta.
—Carajo!
La pipa se me había apagado nuevamente. Esta vez
no hice nada por prenderla. Marqué un número y pedí
unos papeles.

3

.

II

Lo llamé a Pedro. Era lunes y hacía frío. Siempre
ocurría lo mismo en julio. Entré a su despacho
frotándome las manos para lograr un poco de calor.
—¿Te has vuelto loco? —fue su manera de recibirme.
Saqué los papeles de un bolsillo. Se los di. Me senté
y agarré la pipa. Luego el tabaco. Empecé a deslizar el
tabaco en la pipa.
—No puede ser.
—Míralos otra vez
Terminé de apretar el tabaco y encendí la pipa.
—No puede ser.
—Creo que está muy claro.
—No puede ser.
Se levantó, fue hasta la puerta, luego al escritorio,
volvió frente al sillón.
—¡Mierda! —Tiró los papeles con fuerza sobre la
mesita.
—Pocas veces las cosas son tan claras como en este
caso. Es evidente que hubo una compra de Producciones
Argentinas a precio minorista; sin embargo, para
nosotros fue a precio mayorista. La diferencia está en
algún lado.
—Pero, ¿por qué se manda el segundo recibo?
—Fíjate en los colores. El que corresponde entregar es el
azul. Ése queda aquí, alguien lo ve y cree que es un
olvido. Entonces lo manda a Producciones Argentinas y
estalla la bomba.
—Caviglia tiene más de diez años con nosotros. Es
absurdo. Hasta la suma es absurda, ¡5.000 pesos!
—Para su sueldo, tres o cuatro operaciones por mes no
son absurdas.
—¿Cómo podes pensar tan mal de la gente? ¡Caviglia
lleva años trabajando aquí! ¿Por qué iba a correr el
riesgo de vivir en una estafa permanente? Además, vos
lo conoces a Caviglia.
—Entonces explicame estos dos papeles.
—¡Andá al diablo!

4

—No vas a ignorarlos, ¿no?
—¿Qué querés que haga?
—Llamálo a Caviglia.
—Ustedes los auditores. ..
Se acercó al teléfono, marcó un número: le pidió a
Caviglia que viniera.
—Lo siento —dije.
—Sí, lo sé. Espero que pueda explicarlo.
—¿Querés que me quede?
—Por favor.
Sonaron dos golpes en la puerta.
—Adelante.
—Pase, Caviglia.
Tenía cuarenta años. Era un burócrata.
—Siéntese por favor, Caviglia. Acá estamos con un
problema que estoy seguro usted podrá ayudar a aclarar.
Hemos recibido estos papeles. ¿Sería usted tan amable
de analizar el tema?
—No sé qué decir.
—Caviglia, yo sé que esto es una sorpresa para usted. El
jefe de compras de Producciones Argentinas nos lo ha
traído hace unos días.
—Sí, lo conozco —dijo.
—Bien, como usted ve, hay diferencias de facturación.
—Sí, sí. Hay una diferencia de unos 5.000 pesos. Me
doy cuenta.
—Es lógico que se asombre. Usted ha estado de
vacaciones. Todo ha pasado mientras usted estaba afuera.
Ya hemos hablado con el cajero porque hay una
irregularidad secundaria. Pero, claro, acá hay dos firmas
suyas. Tratemos de analizar el problema, ¿le parece?
¿Estas dos firmas son suyas?
—Sí.
La pipa se movió en mis manos. Me di cuenta que estaba
apagada. Empecé a encenderla despaciosamente. Faltaba
piedra. Tuve que intentar varias veces.
—¿Son suyas?
—Creo que sí, señor.
—¿Cree o está seguro?
—Firmo muchos papeles. Mi firma es ésta.

5

—Bueno, tratemos de encontrar la solución en la
segunda parte del problema. Hay una diferencia de pesos
entre lo pagado por nuestro cliente y lo recibido aquí en
caja. Yo sé que hay mucho trabajo, mucha presión, que
un error le puede suceder a cualquiera... ¿Puede
explicarnos esta diferencia?
—No, señor. No sé.
—Quizá quedó en algún cajón por olvido.
—Yo nunca olvido nada, señor.
—Bueno, pero quizá en esta ocasión.. .
—No, señor.
—Pero, entonces, ¿dónde está esta diferencia, Caviglia?
—No sé.
—Caviglia, ¿estas firmas son suyas?
—Sí, señor.
—La diferencia, ¿no sabe dónde puede estar?
—No, señor.
—Caviglia, ¿sabe lo que esto supone?
—Creo que sí, señor.
—¿No tiene nada que agregar? No puede repetir que no
sabe. ¡Son años de trabajar juntos!
—Lo siento. No sé nada.
—Está bien. Gracias, Caviglia. Puede retirarse.
Pedro lo acompañó hasta la puerta y lo miró
alejarse. Agarró la puerta y la tiró con fuerza contra el
marco.

6

III

Entré en la oficina de Pérez y me senté.
—¿Qué tal, Pérez? ¿Cómo es eso de ser jefe?
—Ha pasado poco tiempo todavía. Apenas dos días. Ha
sido todo tan rápido.
—O quizá no.
—¿Cómo dice?
—Digo que, en efecto, ha sido todo muy rápido,
demasiado rápido; por otra parte; pienso si no habrá sido
todo muy lento.
—El tiempo es algo difícil de medir, señor. Yo me he
visto de pronto llamado, elegido, nombrado. He pasado
casi un día entre felicitaciones. ¡Hasta he almorzado con
el director! Es una cosa increíble; señor. He vivido en
una nube. Todavía estoy un poco como en una nube.
—Sí, supongo que fue una sorpresa.
—Tremenda, señor. Quién iba a pensar que Caviglia...
En fin. Y después, que yo fuera el nombrado. Tantos
años allá afuera y ahora, de pronto, acá dentro.
—¿Hace mucho que estaba allá afuera?
—Doce años, señor. Son muchos años. Y por la mañana
hace frío allá afuera.
—Sí, yo he notado lo mismo en mi oficina. Tendremos
que hablar con Iturralde para que dé más calefacción.
Tomé mi pipa y comencé a deslizar tabaco en ella.
Sobre el escritorio no había aún nada personal del nuevo
jefe. Se notaba en la madera la señal de un marco que
debió apoyarse por diez años en ella.
—Creo que es un problema de caldera, señor. Es muy
pequeña.
—Sí, eso supongo. Todo muy rápido. Eso es lo que creo
que pasó Pérez. Todo fue muy rápido.
—Así es, señor.
—Sí, así es. Porque era todo demasiado obvio. Pocas
veces las cosas están tan claras. Yo mismo se lo dije a
Pedrós: "Pocas veces las cosas están tan claras".
—Supongo que sí, señor.
—¡Supone bien, Pérez, supone bien! ¿Pero no cree que
todo era demasiado claro? Estaban las dos facturas, las
dos firmas. Demasiado claro. Tanto, que ni siquiera
llamamos un perito calígrafo.
—Pero Caviglia reconoció...

7

—¿Reconoció sus firmas o se sintió ultrajado?
—¿Ultrajado?
—Acusado, ofendido. Era un hombre muy recto, algo
tímido. ¿Usted lo ve a Caviglia robando?
—Yo... yo no sé.
—Caviglia se sintió ofendido por las preguntas de
Pedrós y aceptó su culpabilidad.
—El que dice ser culpable, lo es.
—El Palacio de Justicia está lleno de casos de inocentes
condenados por propia decisión. No, no me convence.
Se lo pongo al revés. Alguien quiere perjudicar a
Caviglia y hace la operación falsificando las firmas.
—¿Quién querría perjudicar a Caviglia, señor? Era tan
buen hombre.
—¿No cree que es posible que ocurriera algo así?
—Todo es posible, señor. Pero creo que no es fácil.
—No es fácil, pero es posible.
—Así es, señor.
—Así es. Y lo que es más, así fue.
—¿Así fue?
—Sí. Las firmas no son de Caviglia.
—¿No son de Caviglia?
—Eso dice un perito a quien consulté ayer. Porque era
todo demasiado claro. Y como era tan claro, todos
tomamos decisiones muy claras. Y una decisión no es
nunca clara. Siempre es difícil y dudosa. Por eso,
después de esa tromba que nos envolvió, dudé.
—¿Y ahora el perito dice que la firma no es de
Caviglia? ¿O sea que no fue Caviglia el que robó?
—Así parece. Hay que confirmarlo, pero es cuestión de
un par de días.
—Entonces estamos otra vez como al principio.
—No. Ahora sabemos que no fue Caviglia el que robó.
¿Quién cree usted que pudo haber sido, Pérez?
—Alguien que se beneficiara con eso. Podría hacerlo
por ganar dinero o por perjudicarlo a Caviglia. ¿Sabe
que se fue a Montevideo? No está más en el país.
—Sí. Eso me dijeron. Pero volvamos al asunto. No hay
nadie que quiera perjudicar a Caviglia. Todos lo querían.
Así que esa motivación podemos dejarla de lado. Nos
queda la otra: ganar dinero. Ésa vale.
—Sí, no era mucho, pero con varias operaciones por
mes...

8
—¿Sabe algo, Pérez? Ésa fue la única operación. Hemos
revisado todo el último año.
—Caramba, que curioso. Yo hubiera dicho que eso era
algo que se venía haciendo desde hacía tiempo.
—Todos pensamos lo mismo. Porque estaba claro que
no nos paramos a confirmar ni los papeles ni las
palabras de Caviglia.
—Así es. Bueno, eso tiene de positivo que el perjuicio
para la empresa casi no ha existido. Una sola vez no es
casi nada.
—Desde luego. Pero ha habido daño para otro: aquí el
dañado es Caviglia. Está solo, ofendido, en el
extranjero... ¡Había otra motivación, Pérez!
—El puesto de Caviglia. ¿No es así?
—Exacto.
—Es una afirmación difícil, señor. El que hubiera
elegido ese camino corría muchos riesgos.
—Graves riesgos, Pérez. Si no nos hubiéramos apurado
tanto, él sería hoy el despedido.
—Pero estaba todo tan claro, señor,
-Demasiado claro, ¿no es cierto?
—Así es, señor.
—Y esa persona, Pérez, ¿cómo sabría que debía ser
elegida?
—Ese es otro riesgo, señor. Porque acá no había
solamente un candidato. Podían ser García, Castelli,
Gómez o yo.
—Gómez es un vago. Usted sabe eso.
—Sí, yo sé.
—Quedaban tres, entonces.
—Así es, señor. El más antiguo era Castelli.
—Pero eso no es lo que define.
—No, señor. Pero ayuda. Castelli, sin embargo, no era
bien visto por el señor Pedrós.
—¿Y García?
—García había tenido algunos errores en las últimas
semanas, señor. Y eso usted sabe que es definitorio para
una decisión de ascenso. Además, el señor Pedrós me
había elogiado varias veces, y eso me había llegado. Es
importante algo así. Sobre todo viniendo de un hombre
tan cabal como es el señor Pedrós. Un magnífico hombre
¿Usted sabe que él lo quiere mucho a usted? Un día me
lo dijo: "Un hombre excelente el señor Sourron". Tiene

9

por usted una verdadera amistad. Claro que estas cosas
son tan relativas. Él también quería mucho a Caviglia, y
ya ve lo que tuvo que hacer. Es tremendo estar en esos
cargos. ¿Sabe, señor?, al señor Pedrós le dolió mucho
tener que despedir a Caviglia. Pero usted le puso las
cosas tan claras que no tuvo más remedio. Fue
lamentable. Él tiene aún una gran amistad con usted,
señor. Sería horrible decirle: "Amigo Pedrós, me
equivoqué". Un riesgo tan grave, sin duda. Además,
Caviglia ya está en Montevideo. Tiene un trabajo nuevo.
Usted sabe cómo era él. No querría volver jamás. Es
difícil vivir, señor Sourron. Después de doce años es
difícil vivir. Pero todo cambiará. Usted va a ver qué
magnífica sección será ésta. Allí afuera hay gente
excelente. Y con mi experiencia no va a haber el más
mínimo error, señor Sourron. Va a ser una sección muy
eficiente. Porque yo sé que usted se va a preocupar por
esta sección en particular. Pero no se preocupe, señor.
Verá que es una excelente sección. Será impecable.
Me levanté muy despacio. Abrí la puerta y salí, muy

despacio.



Escatológico

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Y en la noche infinita del silencio
El miedo genital será tu aire, el silesio serle ruido impenetrable
Y una muralla oscura estará enfrente.
No importa lo que digas o qué sientas,
Sabrás que eres un náufrago, atado
A una madera apenas perceptible,
En un mar negro que es impredecible.
Tus sacrificios o tus oraciones
Tendrán el gusto amargo de lo incierto:
Nadie ha contado la realidad futura,
Ese fantasma se alza frente a todos.
Y esa inseguridad e incertidumbre
Te seguirán por todo tu camino
Como una sombra: “Sea tu Voluntad”,
Es la única manera de estar vivo.



Fernandez

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- Fernandez, tráigame... y Fernandez salía a buscar lo que le pedían.
- Fernández, me manda eso... y Fernández enviaba lo que le mandaban.
- Fernández, quisiera tener... y Fernandez cumplía la orden.
Fernández era sumiso. Vivía cumpliendo las órdenes y deseos de otros en los muchos años de trabajo
siempre en el mismo lugar. En su rostro inexpresivo parecía dibujarse una máscara que le daba cierto aspecto de
robot: su boca erarecta sin labios, nunca sonreía, nunca lloraba, su mentón huidizo, sus ojos escondidos detrás
de unos enormes anteojos de cristales amplísimos quemás parecían vidrios. Era imposible saber que pensaba
Fernández. El era siempre amable, siempre dispuesto, no hablaba nunca de sí mismo, apenas de los demás.
Decía "gracias" y "ya se lo traigo" o "es muy buena persona": no se recordaba que Fernández hubiera
criticado a alguien. Fernandez no tenía debilidades conocidas.
Realizaba su trabajo con destreza. Se reconocía que era un buen especialista y era respetado como tal. Era
exacto y preciso. En todo. Hasta en su horario: entraba a las seis de la mañana, se iba a almorzar a las once,
volvía a las doce y a las tres dejaba el hospital hasta el día siguiente. No se recordaba que Fernandez hubiera
faltado a su trabajo; tampoco que hubiera dejado de cumplir alguna vez con uno de esos tiempos.
Curiosamente nadie le había pedido nunca un favor que fuera más allá de su tarea, ni le había propuesto
cambiar de trabajo o transformar el que tenía. Hubiera sido como romper una perfecta maquinaria o violar la
magia de una misteriosa y extraña soledad. De la misma manera nadie se preocupo jamás por saber si
Fernández se sentía bien, si ganaba lo suficiente, si tenía problemas o aún si tenía familia. Se sabía sencillamente
que Fernández estaría en el lugar preciso en el momento necesario. Eso era suficiente. Eso era todo.
Cuando dejaba el hospital, Fernández tomaba por la avenida Córdoba y enfilaba hacia el norte. No tenía
coche y no tomaba vehículo ninguno, caminaba. Recorría la avenida entre la gente y allí tampoco nadie le
prestaba atención. Andaba solitario entre la multitud por unas cuadras, luego doblaba a la izquierda y entraba
por fin a una casa, una de esas casas de un solo piso y de un frente tan estrecho que nunca se podría construir
en su terreno un edificio de departamentos. La pintura vieja había dejado lugar hacía ya mucho tiempo a ese
cierto gris de las casas de la zona; la puerta guardaba apenas su interior. Este era pobre aunque sobrio y bien
cuidado. Al pequeño living seguía un comedor, la cocina, un dormitorio, un baño y había otra pieza que
servia para guardar ciertas cosas de Fernandez. Fernandez vivía solo y dedicaba sus horas a una curiosa
actividad: armaba pájaros artificiales. Nunca le había mostrado a nadie el tiempo de sus desvelos, la forma
que lograba con la estopa y con la tela, los colores que le daba a las plumas a veces grises como él, pero otras
llenas de naranjas y rojos, de verdes fuertes y de azules intensos, como si de pronto un río se rompiera adentro
de ese hombre y precisara sacarlo entre colores. Luego, volvía a los marrones mezclados con unos blancos
sucios o unos negros muy tenues y los pájaros se parecían nuevamente a su maestro.
Cuando una vez alguien quiso revelar ese secreto, publicarlo en un diario de tirada secundaria, Fernández
simplemente rehusó y dijo "gracias". El extraño nunca notó el brillo que cruzara por sus ojos.

3.

Un día una enfermera hizo una apuesta con sus compañeras. Primero lo buscó a Fernandez en los
pasillos y a la hora de comer, pero Fernandez no parecía advertir que esa muchacha joven y bonita
estuviera interesada en él; de hecho podía decirse que no se había dado cuenta que aun el jefe de sala
había estado muy inquieto por la chica.
Florencia no alcanzaba a comprender como ese hombre inexpresivo resultaba siendo el primero que no
atendía su andar movedizo, su delantal semiabierto e insinuante. Un tanto molesta, resolvió no
dejarse vencer; fue al lugar de trabajo de Fernandez. Sin embargo esa primera vez cuando al comenzar
a bajar las escaleras vió a una mujer en posición grotesca sobre el piso, subió rápidamente, aunque ella
estaba acostumbrada a situaciones descarnadas. Por alguna razón inexplicable ese lugar la molestaba.
Su amor propio fue más fuerte que su miedo y Florencia resolvió que ese idiota no iba a dejarla mal
parada, no iba a negar su fama de mujer irresistible; ella podía tener a los hombres a sus pies, y aunque el
lugar fuera horrible, ella volvería.
-Guando al bajar las escaleras no encontró a nadie en el suelo,sonrió. Al acabar los peldaños lo vio a
Fernández de espaldas, trabajando. Le dijo "buen día" y la cara de Fernández, esa impasible máscara, la
miró, o por lo menos, se mostró a ella. Entonces pudo ver el abdomen entreabierto y aun más arriba y luego
la cara de unamujer. Fernández dijo "hola" y ella hizo un esfuerzo y se acercó.
- ¿Como te va?
Fernández le dijo que estaba bien y cuando ella se aproximó algo más agregó:
-Qué raro que usted este por aquí.
- Buenos, titubeó ella, no conocía este lugar. Fernández
dijo:
- Muy pocos lo conocen. En realidad nadie viene; solamente piden cosas.
La chica miro a esa mujer tirada sobre la mesa, las vísceras apenas recortadas, aún calientes quizá, los
pechos erguidos y fríos y al llegara a la cara ese rostro, esa nariz pequeña y el pelo negro, qué hacía que
ese cadáver fuera tan parecido a ella, que quizá fuera ella misma tirada allí, en manos de Fernandez, abierta en
canal todo su cuerpo. Entonces su ser entero se le subió al estomago y siguió en un calor que le invadió el
esófago y tuvo que ponerse la mano sobre la boca para parar el asco y el miedo que le subía golpeándola, y
corrió las escaleras, hasta encontrar un baño, con la mano ya húmeda, el cuerpo rígido, toda ella en un
espasmo.
Fernandez terminó de recortar el hígado, lo acarició con sus manos desnudas y lo puso en un tarro.
Esa tarde, como todas las tardes, Fernandez salió a las tres de la morgue, dejó el hospital, salió a la calle,
dobló por Córdoba hacia el norte y empezó a caminar hacia su casa.
Pensó que su próximo pájaro sería de colores ferozmente chillones.



Frente al mar

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Las gaviotas han producido desde siempre en mí un raro
encantamiento. Me seduce seguirlas en sus vaivenes sobre el
mar, volando despaciosamente, moviendo las alas con suavidad y
elegancia, planeando contra el viento, cayendo en picada a
buscar su comida, levantando vuelo, aterrizando, posadas en
el agua. Mi profundo espíritu marítimo se recrea en esas
criaturas más que en ninguna otra.
La tarde había refrescado y la playa había quedado solitaria.
Yo estaba contemplando el mar. Una gaviota extendió sus
alas en planeo, se acercó a tierra, enderezó su cuerpo
bruscamente, aleteó y apoyó las patas en la arena; en
seguida picoteó algo invisible para mí, torció el gaznate
primero hacia el mar, luego hacia la playa y empezó una breve
caminata por el borde del agua.
Quedamos los dos quietos por unos minutos, el sol jugando sus
reflejos en las plumas, hasta que decidió levantar vuelo,
uno de los más admirables ejercicios de estos animales:
corrió brevemente, en seguida empezó a batir las alas
fuertemente, despegó las patas de la tierra, las recogió
hacia atrás y su movimiento se hizo ya suave, elástico,
elegante. Fué ganando altura hasta estar por encima del nivel de
la barranca que contenía el mar las tardes de temporal, y
luego planeó casi dulcemente hacia el océano. Seguí sus
giros largos y amplios. Le oí un graznido largo que no
encuentro mejor forma de describir que el de un claxon
herrumbrado, y la ví después seguir hacia el sur y enfrentar
el viento con donaire, con la misma elegancia con que había
levantado vuelo antes, planeando eficazmente.
A lo lejos, semejaba una luz, paseando su blanco sobre el
fondo azul; parecía que le diera sentido al paisaje, que sin
ella quedaría monótono esperando que llegara el plumaje para que
resaltara los espejos del sol, el color fuerte y sólido del
cielo. Luego, sentada sobre el agua, jugaba a la escondida
con la playa, montándose sobre la ola, cayendo enseguida al
valle, resaltando el movimiento eterno, incansable, de la
masa sin fin y sin comienzo. Quizá estuviera descansando sobre
ese lecho móvil; quizá fuera ese un invisible punto de
reunión; quizá por fin, buscara el necesario alimento,
único impulso el de la subsistencia, por el que las bestias
matan en nuestro agreste mundo. Fuera cualquiera de ellas u
otra la razón desconocida para mí, la gaviota al tiempo se
separó del mar, dando una vuelta antes de venir hacia donde yo
estaba, sus alas extendidas en planeo, como quien va al

encuentro de un amigo. Nuevamente enderezó su cuerpo cerca de la
arena, aleteó brevemente y se posó. Atrás mío empezó una
conversación que no entendí sino más tarde.
-¡Che que bonita!
-¿Viste que linda?
-¿Quien te la regaló?"
-Papá, para mi cumpleaños. Me dijo "Toma para que me
acompañes pronto."
-¡Qué bárbaro! ¿Sabes como usarlo?
-Sí, por supuesto.
-Vamos...
-¡Pobre de vos! Mira, mira si no sé...
La gaviota giró el gaznate, me hizo un guiño y volvió a picotear
un invisible. Batió sus alas y sonó un disparo. El pájaro cayó,
miró hacia el mar con desesperación, sintió el calor final del
sol, luego el frío infinito.
El chico que seguiría el padre, dijo lleno de orgullo:
-¿Viste que bien la uso?
Y se fué.



La cosecha 

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El carro de dos ruedas era arrastrado por un percherón gris, guiado por un hombre
mayor de contextura fuerte vestido de paisano. Las llantas de las ruedas rodando sobre
la grava ríspida producían un sonido hueco, a veces chillón cuando raspaban una piedra
más grande, rompiendo el compás del trote sobre la tierra. No se oía ningún otro ruido.
Habíamos bajado desde la casa del pueblo por una larga y suave curva hasta el camino
que nos llevaba a nuestro campo. Paco a mi lado, con ese bulto raro sobre la nuca, tenía
las riendas de Romero flojas sobre las manos, tan solo como un ritual.
-Va ser una buena cosecha.
-No hay tierra como la de San Cugat.
A ambos costados del camino, entre el movimiento de los troncos de los árboles,
deslumbraban los tonos amarillos intensos del trigo maduro. Ya estábamos en campo
nuestro. El camino ensayaba una suave pendiente.
-Buen trigo, dijo Paco.
-Me acuerdo cuando me sentaba sobre el rastrillo y Romero me llevaba emparejando la
tierra.
Paco no dijo nada.
-Una vez me quisiste enseñar a arar pero no tenía fuerza para sostener el arado.
Paco cabeceó afirmando.
-A veces pienso si aquel niño pude ser yo.
Un viento muy suave movió los trigos amarillos a nuestros lados. Romero dobló por un
camino lateral. Allá enfrente había una pequeño promontorio. El camino subía. Romero
no redujo el paso que llevaba. Desde lo alto se veía toda nuestra propiedad, el verde, el
trigo. Dos o tres personas esperaban en un codo del camino. Estábamos yendo a darles
posesión. Había tenido que vender el campo.



La partida

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Después de cincuenta años de casado, el anuncio de la enfermedad produjo un estruendo
silencioso. Tres amenazas cayeron sobre ellos: la muerte de la mujer, la muerte del
esposo, la pérdida de uno por el otro.

Hay personas que piden la muerte, otros mueren sin darse cuenta, hay quienes mueren
serenamente. Están aquellos que mueren gritando porque no se pueden llevar el oro que
han acumulado. Esa ruptura con la vida no parece tener una regla fija. Lo único
deseable es que sea poco molesta para los demás y poco o nada dolorosa para el que
muere. De todas maneras, lo que se deje, aun en vida, es olvidado por el tiempo. Ningún
recuerdo queda anclado por todo el tiempo que quien lo construye haya imaginado.

En cambio, la pérdida del uno por el otro no tenía otra solución que la partida
simultanea, el dulce regalo de Dios de una muerte de ambos, donde ninguno lo perdiera
al otro, sino que pudieran transportarse al Más Allá tomados de la mano. Sino para uno
de ellos sería una angustia insufrible. Habían visto a quienes descansaban con la muerte
de la pareja, hartos de sufrir su presencia, pero no era este su caso. No podrían contar
que se habían ido juntos si así fuera, pero tampoco tendrían el dolor de la pérdida si eso
ocurriera.
La enfermedad no había producido la muerte, solo había hecho realidad los fantasmas
que esconden los que se aman.



Los años

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Ahora que las dudas se diluyen
Y los criterios se afirman en mi ser
Siento al no dudar me vuelvo viejo
Y la vida se escapa de mi haber.

Los chicos al crecer me empujan en la vida
Y al hacerse personas crece mi soledad
El ruido de los niños no se escucha
Y en su lugar los jóvenes están.
Esto anuncia el arribo de los hombres
Y con ellos mis hijas que se van.



Los burgueses

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Es reunión de burgueses ampulosos,
Que hablan de sus haberes conseguidos,
Miran hacia el futuro como miopes
Y se preocupan solo por estar un día.
Son cuerpos que no tienen la conciencia
De la importancia que es el estar vivos
Que no maltratan su existir en cimas
Sino que ruedan sin sentir, por llanos.
Ya no pretenden alcanzar la idea,
Prefieren transitar por sus dineros
Y esperan que la hierba crezca larga,
Dura y bien verde para ellos.
El cambio los aterra,
Lo niegan entre todos
Y entre ellos se convencen
Que todo seguirá tal cual ahora.
Al mismo tiempo,
Con ceguera increíble,
Siembran la mies
Que cortará su día.



Marta y Venecia

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CRITICA DE MI TIEMPO

INDICE

I Ser inmigrante
II El tiempo que me ha tocado vivir
III Argentina 1947-1958
IV Golpe tras golpe (1958-1969)
V El cambio socio-económico en el mundo
VI La violencia (1969-1983)
VII La nueva democracia (1983-2012)
VIII Los buenos y los malos
IX vivir en paz?

I

SER INMIGRANTE

Nací en Barcelona hace 76 años. He visto y he vivido muchas cosas allá y aquí en
Argentina, adonde fuí traído a los 11 años. He podido observar como la historia la
escriben los vencedores, y como durante el siglo XX las guerras las ganaban la derecha
y los medios los ganaban la izquierda. Estos dos hechos hacen que muchas cosas que
hoy se dan por sabidas yo he vivido como fueron de otra manera. También como
lagunas cosas que hoy se dan por ciertas se toman como tales porque no se miran en
perspectiva. De esto se trata este libro.

Por de pronto soy un inmigrante. No fue mi decisión, ni la que se tomó se debió a
cuestiones económicas, pero el posterior divorcio de mis padres en Argentina nos dejó
en la pobreza, porque mi padre se quedó en España. El orgullo le impidió a mi madre
volverse a España sin haber triunfado en Argentina y esto me produjo, no solo a mí sino
a todos, una cantidad de problemas que no quiero que me distraigan del tema de fondo.
Ser inmigrante es un hecho brutal. Un dí me dijeron que nos íbamos a América, mi
padre se había ido hacía tres meses y yo me iba con mi madre. Me despedí de todos
como si fuera muy divertido lo que iba a hacer y un día tomamos el avión a Madrid y el
siguiente otro a Buenos Aires. Villa Cisneros, Natal, Río de Janeiro, Montevideo, 32
horas en un DC- 4 con la sorpresa de ver moros en Ifni y cucarachas en Natal que eran
apaleadas en el amplio túnel por tres soldados brasileros mientras una monja gritaba que
se la había metido una bajo la larga falda. Por fin papá en Morón, aeropuerto
internacional en 1947, el departamento en Charcas y Esmeralda, una breve estadía de
mamá, un viaje de papá y yo con María y sus grandes pechos escuchando
Rachmaninov, música de fondo de una radionovela que ella escuchaba. Yo me limitaba
a mirar su suéter y a estudiar en un instituto para hacer la reválida de primer año y entrar
así en segundo año. Después volvió papá, luego mamá, por último, mis hermanos, mi

abuela y Carmen, una empleada que había tomado mi abuelo cuando nació mi padre y
que estuvo siempre en la familia. El 1 de enero de 1948 nos mudamos al Barrio Parque
Aguirre en Acassuso y entonces se terminó para mí esa fiesta que había sido vivir de
manera inconsciente el viaje a un mundo donde alguien me dijo que había indios y
donde mi padre me había dejado dinero abundante para que con mi amigo Rafael, a
quien había conocido en ese instituto donde estudiaba, recorriéramos cines y teatros, en
especial el Colon, donde incentivé mí afición por la música que habían iniciado los
pechos de María. Entonces terminó mi vida como turista y empezó mi vida como
inmigrante.
El inmigrante pierde su patria y recibe una nueva. Depende de la edad a la que cambie
de lugar también será la dificultad con que se enfrente. En mi caso, que es el que puedo
evaluar más concretamente, yo traje una infancia con muchos recuerdos agradables. Mi
infancia, aunque en una posguerra que como es de suponer no fue una situación idílica,
me dejó buenos recuerdos. Yo era español, cantaba el himno español, iba a ver al
Barcelona cada quince días cuando jugaba de local, tenía mis amigos y mi colegio, mis
tías, mis primos, mi calle. Todo esto se fue.
Me encontré con otra calle, sin amigos, después con uno solo, un himno nuevo, una
pronunciación diferente, lo primero que hace un inmigrante es no despegarse de lo que
es. De hecho yo seguí con mi acento español que me valió el titulo de “gallego” como
se llamaba a los españoles en esa época en la Argentina, solo. Fui a un almacén a pedir
una gaseosa y me dieron una botella con agua. Yo les insistí en que quería una gaseosa,
que era una bebida con un regusto dulce. Recuerdo la mirada del almacenero, molesto
por mi ignorancia y mi insistencia. Esto es una gaseosa me dijo en tono firme.
Escuchaba Radio Nacional de España por las noches, hasta que cerraba con el himno
nacional. Cuando nos mudamos a Acassuso me paraba a veces frente a la bandera
española que por alguna razón estaba en la iglesia y la tomaba. El inmigrante siente una
profunda tristeza por la perdida que ha sufrido y no encuentra su nuevo espacio como
propio. Es un espacio prestado, ajeno. Hace ver y se trata de convencer de que está
haciendo cosas propias en su lugar, pero más allá de su aturdimiento sabe que no es así.
Además le ocurre algo peor que me resultó claro en un viaje que a veces he contado. Un
marido de una prima, cuando llegamos un año antes de lo que se suponía que debíamos
ir, exclamó desde su balcón en el primer piso: “Hombre, otra vez los americanos!”. Esto
quería decir dos cosas, a parte de su mala educación: la primera era que no formábamos
parte del grupo local, éramos una visita aunque fuéramos familia; la segunda y más

importante éramos “los americanos”. No era un español que venia de visita. Es decir
que no podía pensar en esa tierra como mi tierra porque siempre sería un “americano".
De hecho quienes después de haber hecho fortuna en América volvía a su pueblo y se
hacían en él una casa para instalarse otra vez en su lugar se encontraban con que eran
“el americano”, un extranjero que se había venido a instalar, como podía ser un inglés o
un estadounidense, que en algunos casos se instalaban en algún lugar de España.
A los 22 años, dándome cuenta de que ya no volvería a España, luego de once años de
resistencia, decidí hacerme argentino y abandonar mi acento español. Esto último no fue
inmediato y me fueron tomando sucesivamente por mejicano, centroamericano,
colombiano, peruano y finalmente argentino a medida que mi acento se ablandaba. Sin
embargo a veces cuando digo “No” se nota a veces mi tono catalán, sigo marcando la
primera t cuando digo atlético y sigo viendo al Barcelona ahora que la televisión que no
existía cuando era más joven, me lo permite.
Después de 65 años de vivir en Argentina, casado con una argentina, con tres hijas, tres
yernos y siete nietos, todos argentinos, siento la diferencia de haber nacido aquí o no
haberlo hecho y me doy cuenta como se sienten los que han nacido en esta tierra y la
diferencia de tener la infancia en un lugar o en otro.
Un inmigrante es un ser amputado por una perdida irrecuperable de los lugares propios
de la infancia.
Por eso cuando alguien me dice que le han propuesto irse a trabajar a otro país, le pido
que reflexione sobre el costo que significa ser inmigrante y si ganar más vale la pena. A
mi me propusieron una vez y la segunda me presionaron para ir a trabajar a Estados
Unidos. Las dos veces dije que no. No quería que mi mujer y mis hijas sufrieran lo que
significa ser inmigrante.
Lo que más me importa ahora cuando mis hijas están bien, mi mujer ha muerto y mis
nietos crecen sanos de cuerpo y espíritu, es, vivir bien, soportando la ausencia de mi
mujer y morir bien.
Con Marta pensábamos siempre en que tendríamos un tiempo libre para nosotros, una
vacación de la vida cuando fuéramos viejos. Poníamos esta etapa en los setenta años,
tiempo en que me retiraría y viviríamos en paz y sin conflictos, viajando, paseando
tomados de la mano. La vida que es cruel no me dejó hacerlo. Ella se fue con Dios. Está
mejor. Yo me he quedado sin poder pasear de la mano con Marta. En el libro “Mi vejez
y la de los otros”, me explayo más ampliamente sobre este tema. Pero creo que hay un
problema de base que sigue sin solución y no tiene miras de ser solucionado.

Para mí es la ausencia de mi mujer y para los inmigrantes actuales es que no toman en
cuenta las enormes dificultades que supondrán para ellos y para sus hijos vivir en un
país ajeno, cuando no en varios, la primera de las cuales es donde se educan cuando
llegan a la universidad o aun más complicado es si se enamoran de alguien en ese país y
se quedan en él. Ahora son inmigrantes permanentes pero además alejados de sus
padres.
En general se tiende a sacarle importancia a estos hechos, como que son cuestiones
secundarias del mundo moderno, pero en realidad son problemas profundos que se
enquistan en la persona de una manera que no se pueden modificar porque son
estructurales.

II

EL TIEMPO QUE ME HA TOCADO VIVIR (I)

Aunque el tiempo que me ha tocado vivir se inicia con la creación del mundo y como
sería muy largo recorrer todo ese camino, elijo como bisagra que definirá los años en
que he vivido en el Tratado de Versalles, al final de la Primera Guerra Mundial. Elijo
ese momento por dos razones: la primera es porque esta es la semilla para la Segunda
Guerra Mundial y la segunda razón es porque con él se produce el desembarco de los
Estados Unidos de Norteamérica en la Historia Universal.
Cuando el Presidente Wilson obligó a la Alemania derrotada a firmar el Tratado de
Versalles, creyó que trataba con Marruecos o con los indios sioux. Sin menospreciar a
ninguno de estos dos pueblos, no se dio cuenta que tenía frente a sí a uno de los
Imperios, mas antiguos, desde el año 800 con Carlomagno y aun antes. Eran cientos de
años de orgullo y de preeminencia los que tenía frente a sí ese recién llegado. Y en vez
de respetarlos, no se dio cuenta y los trató como a un pueblo subyugado por la naciente
fuerza norteamericana. Esto era tanto como declarar la Segunda Guerra Mundial.
Después ese liderazgo alemán por la revancha de su dignidad lo tomó Hitler y era
probable que lo tomara alguien extremo, ya que el daño había sido extremo. Agréguese
a ello que el espíritu renaciente necesitaba declararse diferente y superior al resto, para
compensar la humillación sufrida y que por fin Himmler y sus seguidores se dedicaron a
perseguir a polacos, gitanos y otras etnias, entre ellas la judía especialmente al final de
la guerra. Súmese a esto la característica que siente el pueblo judío, de ser perseguido, la
necesidad de Churchill de tener fondos para la guerra y su promesa a cambio de ellos de
darles las tierras que quisieran y la explosión mediática que produjeron, para que la
reacción alemana no fuera tomada en cuenta en su verdadera raíz, sino como un acto
enajenado de un loco, donde el pueblo alemán, la Wehrmacht y la SS, son todo lo
mismo.

Por otra parte los Yankees como se apocopó la muy larga denominación de
estadounidenses de Norteamérica, instalaron la necesidad de que todo fuera
comprobado y que todos fueran buenos. Un buen ejemplo de lo primero es el de tema de
la motivación. Desde siempre se supo que quien era bien tratado y considerado
reaccionaba mejor que quien no lo era y que quien hacia lo que le gustaba rendía mejor
que quien hacia algo que no le gustaba. Sin embargo recién cuando Elton Mayo hizo sus
experiencias en General Electric, lo aceptaron. Mayo tomo un grupo de operarias y les
cambiaba las condiciones del trabajo y aunque estas fueran peores, producían más.
Como esto no tenía razón aparente llegó a la conclusión que se debía al hecho de que
era un grupo elegido de entre los demás lo que suponía una distinción y que se mantenía
en contacto con ellas discutiendo los cambios y recibiendo sus opiniones. Así entonces
nació la llamada Escuela de Relaciones Humanas que adoptó algunos principios que no
tenían nada que ver con la cuestión central. La Escuela de Relaciones Humanas decía
que había que tutear a los empleados, llamarlos por su nombre, palmearlos en la
espalda, darles distintos colores de alfombra según el rengo o baños diferentes. Hizo lo
que es otra característica de los norteamericanos. No solucionar el problema de fondo si
no les gusta y tapizarlo con soluciones de apariencia. Ellos no pueden simplemente
rechazar que haya que tratar a las personas como tales. Tienen que aceptarlo porque
recordemos que vienen del Mayflower, grupo básico norteamericano, que eran puritanos
y por lo tanto eran buenos (a su entender). Pro al mismo tiempo no podían abdicar de
tener el poder de decidir que hacer, aunque no fuera lo más indicado.
Esta dualidad es constante en la actitud del pueblo norteamericano. Es el único que
descalifica buenos candidatos políticos por sus deslices sexuales, pero al mismo tiempo
es el mayor proveedor de armas del mundo, una de las industrias más poderosas de la
Tierra. Esto no impide que trate de conseguir la paz entre distintas partes beligerantes,
ni que al mismo tiempo invada Afganistán e Irak bajo razones falsas y endebles.
El estadounidense de Norteamérica es maniqueo. Solo está lo bueno y lo malo. Oscila
entre ambos con la misma tranquilidad con que otros pueden considerar posiciones
intermedias. Estos dos elementos (todo debe ser comprobado y hay que ser bueno) le
producen al mismo tiempo una rigidez que no tienen los demás pueblos. La invasión
negra y latina está cambiando algunos de estos aspectos en alguna medida. Pero los que
de estos quieren tener éxito tienen que adherir al pensamiento maniqueo aunque lo
vayan haciendo más elástico a lo largo de las generaciones.

En décadas sucesivas los norteamericanos utilizando una impresionante industria
comunicacional, inundó el mundo sucesivamente de los buenos y los malos de turno.
Los alemanes eran malos y los japoneses eran terribles en sus cazas tirándose contra los
barcos americanos. Los rusos y los árabes eran buenos. De pronto las películas nos
mostraron unos rusos malísimos, al tiempo que desaparecían alemanes y japoneses.
Solo más tarde volvieron a aparecer como buenas personas que vivían los problemas
humanos habituales. Después de muchos años por fin los rusos empezaron a ser buenos
y en cambio los árabes empezaron a ser malos. Así se fueron forjando diferentes
sentimientos y creencias que eran contradictorias pero que las personas tomaban sin
recordar como habían odiado antes al otro. Siempre tiene que haber un bueno y un
malo, porque el maniqueísmo lo exige. Desde luego que el bueno es siempre el
norteamericano, pero con un compañero que va cambiando de rasgos según las épocas.
Lo malo es que esta enorme maquinaria comunicacional por ser tan eficaz confunde y
lleva a las personas a conclusiones superficiales y equivocadas en la mayoría de los
casos.
Cuando yo tomé conciencia del mundo todo esto ya estaba produciéndose.

Mi primer recuerdo personal es estar sentado en un banco del patio del colegio adonde
me habían llevado en mi primer día escolar. Lloraba ruidosamente hasta que vinieron a
buscarme. Tenía cuatro años. Mientras tanto me contaron que En 1935 se habían
formado en Barcelona grupos de defensa nocturnos porque fuerzas del gobierno
buscaban por las guías telefónicas, abogados un día, ingenieros otro día, médicos, etc.,
sacaban a algunos de sus casas y los mataban. Tengo fotos de fusilamientos de las
fuerzas del gobierno de Companys, de los esqueletos y ataúdes sacados de las tumbas de
sacerdotes y monjas, me han contado de las violaciones de monjas, tengo fotos de las
“checas” o sea cárceles en ruso, que estaban en el Paseo de Gracia: todas eran pequeños
espacios, algunas con luces que producían alucinaciones, otras con ruidos de distintos
tipos con el mismo propósito enloquecedor, otras con ladrillos de canto en el piso que
no permitían apoyar el pie y un asiento de material con el asiento en declive con
pequeñas rugosidades en punta y el techo bajo donde el prisionero no podía estar de pie,
ni sentado, ni acostado. Tengo fotos de Companys con Owscenko el cónsul ruso en el
balcón de Generalitat de Barcelona con las banderas rusa y catalana en actos públicos
que me dejan perplejo frente al prestigio de ese catalán en su país, que los llevaba a
convertirse en una Republica satélite de la Rusia comunista. Triste forma de ser

independientes de España para ser comunistas rusos. Mientras tanto me he enterado que
la Gran Vía de Madrid era bautizada Avenida Stalin y tengo las fotos del “ejército”
republicano, un grupo de personas con aspecto de horda, mezcla de hombres y mujeres
que no eran precisamente lo que suele entenderse por ejercito.
Los sucesivos asesinatos del gobierno de la Republica culminando con el de Calvo
Sotelo produjeron el golpe de Estado comandado por el Gral. Mola. Cuando Mola
murió en un accidente de avión en el norte, tomó el comando el segundo, el Gral.
Sanjurjo. Cuando éste quedó encerrado en el Alcazar de Toledo, tomó el mando el Gral.
Franco quien había vencido en el norte de África a las tropas del gobierno. Franco se
alió con Alemania e Italia en vista de que el gobierno se aliaba con Rusia y con la ayuda
de Francia e Inglaterra. Una guerra civil es por definición una guerra fratricida donde en
una misma familia había miembros de un lado y del otro. El odio es mayor El capitán
Cortón que era piloto de Iberia contó muchos años después y yo lo escuché, que tenia
pesadillas por algo que había hecho: siendo capitán del ejercito de Franco entró a un
pueblo y se encontró que en la casa principal, una mansión rodeada por rejas de hierro
terminadas en punta, habían atravesado en cada una a un niño por la garganta. Los
niños aun se debatían en su agonía colgados, sin poder sostenerse de ninguna parte.
Contaba Cortón que fue tal su furia, que, tras sacar a los niños de su tortura, muchos
muertos ya, otros muriendo, preguntó quien había hecho esto. Le dijeron que había sido
el alcalde republicano. Lo apresó, hizo un hueco en el suelo, lo enterró hasta la cabeza y
se la untó miel para que las hormigas se la comieran. Después que se hubo calmado se
sintió presa de su propio tormento por lo que había hecho durante el resto de su vida.
Sin embargo yo no sé que hubiera hecho cualquiera de nosotros si hubiera entrado a un
pueblo y se hubiera encontrado con semejante espectáculo, concretado por el solo hecho
de que esos niños eran hijos de la clase media.
La figura que se repite acerca de esta guerra es la del bombardeo de Guernica. Guernica
es una ciudad mítica para los vascos y bajo su árbol se reunían los Consejos. Fue
bombardeada por aviones alemanes aunque la enciclopedia Británica dice que fueron
“alleged german plains”, es decir supuestamente aviones alemanes. Pero fueran
alemanes, italianos o españoles, Guernica fue bombardeada. Fue muerta gente que
estaba en la plaza. La ciudad tenía en ese momento 3.000 habitantes. Obviamente no
todo el mundo estaba en la plaza, ni todos los que estaban en la plaza murieron. La cifra
de que se habla (2.000 personas muertas) creo que claramente es una exageración. 500
personas en una plaza de esos pueblos ya llenan la plaza, lo que me hace suponer que

quizá hayan muerto 200 o 300 personas, seguramente menos. Guernica se convirtió en
un ejemplo de la barbarie franquista y alemana. Pero como alguien dijo las guerras del
S. XX las ganaron las derechas y los medios los ganaron las izquierdas. Un buen
ejemplo de esto es el caso de García Lorca. Todos saben quien era García Lorca o al
menos que fue asesinado por fuerzas franquistas. No se suele decir que era homosexual,
lo cual en esa época era causa de violencia. Pero pocos saben quien era Muñoz Seca.
Muñoz Seca era un buen escritor teatral de comedias, de mucho éxito en su época, que
ha sido borrado porque habría que agregar su biografía que termina con que fue
asesinado por fuerzas de la Republica en Madrid. En su momento de muerte tuvo un
rasgo de fina ironía. Le sacaban todo, dinero, reloj, etc., y cuando creyeron haber
terminado él dijo:”Hay una cosa que no me habéis sacado”. Inmediatamente sus
captores dijeron ávidos “¿Que es eso?”. El contestó:”El miedo”. Y lo mataron. (Para
más datos puede consultar su enciclopedia o si prefiere Google).
Así como García Lorca es hoy tan conocido y Muñoz Seca tan desconocido siendo
como era escritor de mérito, así Guernica fue puesta en el centro del escenario y otros
hechos, olvidados.
Pocos años después Estados Unidos e Inglaterra bombardeaban Alemania e Inglaterra
destruía la ciudad medieval de Lübeck, inútilmente. En concreto los bombardeos de
EEUU e Inglaterra dejaron entre 400.000 y 600.000 muertos y casi un millón de heridos
civiles en Alemania, además de los 67.000 franceses que mataron bombardeando sus
ciudades. Ciudades como Dresde, Hamburgo, Leipzig o Berlín quedaron fuertemente
dañadas cuando no arrasadas. Poco después Hiroshima y Nagasaki fueron devastadas.
Todo esto fueron “bombardeos estratégicos”. Ni Picasso ni ningún otro enardecido
pintó cuadro alguno acerca de esas masacres. Ninguna de ellas figura como punto
crucial y terrible de la Historia de Humanidad y la mayoría de las personas ignora el
nivel del daño hecho en las ciudades alemanas o francesas aunque las japonesas
adquirieron notoriedad porque fueron los primeros objetivos nucleares de la Historia.
Las personas han tendido y tienden aun hoy a confundir el pueblo alemán, con el
nazismo, la Wehrmacht o las SS. El pueblo alemán es uno de los mas aguerridos de la
historia, laboriosos y creativo y nos ha dado muchos de los principales filósofos de
nuestra civilización (Kant, Hegel, Heidegger, etc.), músicos de la talla de Bach y
Beethoven entre otros muchos, pintores, escritores, ingenieros, y uno de los idiomas
más precisos de nuestra sociedad occidental. El nazismo fue el movimiento que se debía
producir de una u otra manera al ser humillado el pueblo alemán de la forma en que lo

hizo la inconsciencia estratégica de Wilson. Hitler u otro hubieran tenido que tomar el
comando para sacar al pueblo alemán de esa inflación estrepitosa y devolverle la
dignidad que le habían robado. También es de pura lógica histórica que quien tomara el
poder sería alguien de carácter extremo como para reunir al pueblo a su alrededor. La
Wehrmacht es posiblemente el mejor ejército que en mucho tiempo ha tenido Occidente
contando con generales tan notables como Rommel. Por su disciplina, por su carácter,
por su respeto por las zonas invadidas (Paris y Roma hoy existen porque la Wehrmacht
se retiró para que no fueran aniquiladas por los Boeing B-17 estadounidenses; las
mujeres no fueron violadas como hicieron los rusos, ni hubo que hacer asilos para los
hijos de las tropas norteamericanas como ocurrió en Italia y otros lugares. Solo los
ingleses fueron igualmente respetuosos de los lugares y las personas, aunque con la
tendencia tradicional de llevarse tesoros a su país como siempre hicieron y como
también hicieron algunos gobernantes alemanes). Las historias de los muertos durante la
ocupación, fueron los casos de rebeliones y esto como se sabe suele ser castigado por
las tropas de ocupación en general. Por fin las SS eran un grupo creado en 1923
independiente de la Wehrmacht y con distintos grados y uniforme. Eran tropas de
seguridad y policía encargadas de proteger a los miembros del gobierno y del partido.
Extremando los fines de la política alemana y nazi crearon los campos de concentración
donde murieron decenas de miles de perronas, nadie sabe cuantas. De la misma manera
que ya he demostrado que el Éxodo no pudo ser nunca de 600.000 personas y que quizá
haya sido de unas 2.000, lo importante es que hubo un Éxodo, que lo lideró Moisés
quien nos dejó el Decálogo. Me preocupan las exageraciones semíticas aunque a veces
produzcan textos tan hermosos como “Las mil y una noches”, pero la realidad es que
árabes y judíos como todos los pueblos semíticos tienen la tendencia a exagerar lo
ocurrido para hacerlo aparecer importante. Lo importante es que hubo personas que
murieron en cámaras de gas en campos de concentración, porque eran gitanos, polacos,
judíos o de aspecto poco “ario”: así hubieran sido cien, ya esto es una barbaridad.

Para el americano del norte o del sur, la radical división europea durante las décadas del
veinte y siguientes entre comunistas y anticomunistas es incomprensible. Siempre le
dan una interpretación de tipo nazi-fascista. La realidad es otra.
Cuando en 1917 Lenin rompe la habitual división de fuerzas e impone un gobierno que
propicia y efectúa la lucha de clases (solamente Stalin mató 30 millones de personas de
su país), baña a Europa de miedo. Esto era nuevo. A nadie se le había ocurrido que

había que matar a un médico solamente porque fuera médico ni a cualquier profesional
o empleado jerárquico o a un propietario de una empresa, pequeña, mediana o grande.
La reacción fue que aparecieran gobiernos que trataron de evitar este tipo de excesos.
Así se produce la llegada al poder de Ataturk Kemal en Turquía, Mussolini en Italia,
Primo de Rivera en España, Oliveira Salazar en Portugal y otros. En Europa a partir de
Lenin no hubo más términos medios. Se era comunista o se era anti-comunista. Solo a
partir de esta perspectiva histórica se pueden entender los hechos que ocurren en el
Viejo Continente en esos años. Sino muchos de ellos son incomprensibles.

Durante la guerra, Franco se mantuvo aparentemente pro-germano, aunque nunca dejó
que las tropas alemanas cruzaran España hacia África. Si lo hubiera permitido, Rommel
no hubiera fracasado porque su línea de abastecimiento no hubiera estado tan lejana
como estaba Egipto y con tropas alemanas en la costa difícilmente EEUU hubiera
podido desembarcar en la costa africana para después tomar Sicilia. Manteniendo como
Ministro de Relaciones exteriores a un reconocido pro-alemán y manteniendo su
promesa de ayuda a Hitler consiguió que la situación llegara a un punto en que reunidos
ambos en Hendaya hacia el final de la guerra Hitler se diera cuenta que ese gallego de
poca talla física lo había estado engañando. Pero ya era tarde. Franco había mantenido
al pueblo español indemne de la guerra, dejando que admirara a un ejército alemán que
era digno de admiración pero salvaguardándolo del daño de una nueva guerra. Se dice
que EEUU sabía de esa posición y que por eso después de la guerra ayudó a España a
espaldas de los medios centrando su atención en el Plan Marshall, radical cambio en la
política externa yanqui que quería evitar una Tercera Guerra Mundial, demostrando que
había aprendido la lección de Wilson y su Tratado de Versalles. Otro tanto hizo
enviando a Mac Arthur a Japón.
De todas maneras la vida en España era dura. Una situación de postguerra siempre lo es,
cuando es fratricida aun más y cuando los países de alrededor están a su vez en guerra,
ya s demasiado. Como ocurre en estos casos había racionamiento y cada familia tenia su
libreta de racionamiento para comprar una cantidad preestablecida de alimentos y
bebidas. Como ocurre asimismo en estos casos apareció el llamado “estraperlo” o sea el
mercado negro que vendía bienes que no se podían conseguir con la libreta de
racionamiento a precios superiores. Muchos españoles se hicieron ricos con este
mercado, dando lugar a los millonarios que se pasearon luego en coches
norteamericanos y eran los “haiga”, porque por iletrados pronunciaban “haiga” en lugar

de “haya”. Había muchos cortes de luz y en general poca energía. Me acostumbré a
moverme en la penumbra y ese es, curiosamente un recuerdo cálido de mi infancia que
aun mantengo pues la penumbra me parece amable y acogedora.
La sociedad española de esos años era católica y lo era en aspectos que hoy nos resultan
notables. Por ejemplo, durante Semana Santa solo se escuchaba música sacra por la
radio. El viernes santo se veía a las personas yendo de una iglesia a otra para hacer las
siete visitas. El domingo de Ramos los varones llevábamos el palmón, una serie de
palmas en asta que golpeábamos fuertemente contra el piso en una parte de la misa, que
por supuesto era en latín y con el sacerdote dándole la espalda a la gente, como en todas
partes del mundo católico. Ese día de ramos las mujeres llevaban unas palmas
primorosamente hechas de las que colgaban pequeños elementos de adorno. Luego el
domingo de Pascua se iba a misa y después de comer el postre era la mona que a cada
uno le había regalado su padrino. Las mías me las regaló siempre mi padre por que
como dije mi abuelo, que era mi padrino, había muerto en la cárcel. No se conocía el
Papá Noel y en cambio se conocían los Reyes Magos. En cada caso se hacia un pesebre,
más o menos fastuoso según el dinero y las ganas de hacerlo, y se adelantaban los tres
Reyes cada día hasta que llegaran el 5 de enero al pesebre. Esa noche se ponían los
zapatos en un cuarto adonde se suponía que los Reyes dejarían los regalos. Mucha gente
dejaba comida y bebida para los camellos que era disminuida durante la noche por los
padres y por la mañana se abría la puerta de la habitación y se veía como los Reyes
habían pasado y estaban allí los regalos que se abrían con la ilusión con que se abren
regalos en especial en ese día.
La moral rondaba alrededor del sexo y era muy estricta. La Iglesia se redujo a ese tema
en todas partes. En España era más estricta porque lo era en todo. Otras cuestiones
como el fraude o la deshonestidad fueron siempre laterales en la moral de esos años en
todas partes, también en España. Sin embargo se pagaban cifras no muy grandes para el
bautizo de niños en China, lo cual nunca entendí y sigo sin entender, se les daba un
nombre y eso era un mérito eclesiástico. Y como siempre en esa época estaban las
novenas, los rosarios, los primeros viernes y las oraciones que daban distintas
indulgencias, desde pocos días hasta la plenaria. Esto significaba una reducción de la
pena a la que uno fuera condenado al morir. La indulgencia plenaria significaba que uno
era perdonado.

Los alemanes perdieron la guerra y ese fue una día triste para mucha gente, porque el
pueblo español consideraba al alemán como un pueblo inteligente, mientras que el
ingles era un enemigo tradicional de España y denostaba al norteamericano que en
tantos años no había producido ningún gran artista ni pensador. También se hizo
popular una canción que tenia una letra que anunciaba un nuevo tiempo “El año
cuarenta y pico...será el mundo parecido al paraíso terrenal, volverán las vacas gordas,
los pollos a tres pesetas, los pisos por alquilar. El soldado combatiente volverá a comer
caliente junto a la calefacción y veremos cinco o seis naciones en paseo en sus aviones
el domingo. El vivir será...en un mundo como una balsa de aceite, solo habrán besos y
abrazos y en el metro no darán ya mas codazos”. Esta ilusión se instaló en el mundo
empujada por la idea que los yanquis tenían de cómo seria ahora el mundo.
Lamentablemente poco después se inició la llamada Guerra Fría y hubo quienes
temieron por una Tercer Guerra Mundial. Así llegué a Argentina.

III

ARGENTINA 1947-1958

En Argentina no conocía a nadie y solo con el tiempo fui desarrollando relaciones que
en algunos se convirtieron en amistades. Además de las formas distintas del castellano y
del tono blando rioplatense, nos llamaba a todos la atención el hecho de que en los
potes de basura se podían ver pollos enteros. Era la exhuberancia de la prosperidad
argentina después de una Guerra Mundial que le había permitido enriquecerse más aun
de lo que ya lo era. Se decía que en el Banco Central era difícil caminar por los pasillos
del enorme edificio por la cantidad de lingotes de oro que había. Argentina era la 4°
potencia mundial.
Aprendí con el tiempo que Despues de más de medio siglo de democracia, un día un
general de nombre Uriburu había decidido salir con un pequeño grupo y derrocar al
gobierno democrático de Yrigoyen. La estupidez fue supina y el resultado lamentable
porque abrió la puerta a otras iniciativas semejantes que duraron cincuenta años.
Curiosamente el mecanismo de los golpes de estado, que salvo los dos primeros eran
siempre una iniciativa de la oposición al gobierno incitando a los militares a salvar al
país, consiguieron siempre el resultado contrario al que buscaban.
El grupo de militares que derrocó al Presidente Castillo, Rawson y Ramírez que se
sucedieron rápidamente en la presidencia, querían sacarlo al Presidente de la neutralidad
en la Segunda Guerra y terminaron entregándole el poder a un demagogo. Lonardi, que
derrocó a Perón y fue sustituido rápidamente por Aramburu, terminaron teniendo que
entregarle el poder a un aliado peronista, Frondizi. El golpe que lo llevo a Guido al
poder fue tan absurdo como que su jefe Toranzo Montero fue a jurar a la Casa Rosada y
debía ir a la Corte adonde lo llevaron a Guido para que jurara y le entregó el poder a
otro radical. El golpe de Onganía fracasó a tal punto que debió entregarle el poder a otro
militar, Lanusse (con el paso burocrático de Levinston por el poder), quien forzó a

Peron a volver y morir. El golpe de Videla eliminó a los violentos de derecha e
izquierda, al precio de terminar en una guerra contra Inglaterra y entregando
vergonzosamente el poder. Mientras tanto los militares hicieron de Brasil una potencia
en la década del 60 y Pinochet terminó con el comunismo y estableció las bases y la
capacitación para que Chile renaciera como país. Ser militar no es malo por sí mismo
pero en el poder el único que aportó algo fue Lanusse al forzarlo a Perón a volver. Por
otra parte y de una manera incomprensible para los cánones históricos, es increíble que
no lo haya fusilado a Perón cuando ganó la revolución. El argumento era que se iba a
convertir en un mito. Evita lo es y no ha influido en la política del país como lo ha
hecho Perón desde sus sucesivas residencias. Esto demuestra otra vez la falta de criterio
de los militares argentinos que tomaban las decisiones. La peor de todas fue la de no
hacerle juicio sumario a cada uno de los terroristas aprehendidos, dándoles la pena que
se considerara, de muerte o de cárcel. El sistema de hacerlos desaparecer, de tirarlos
desde un avión o de matarlos en supuestos enfrentamientos, llevó a las condenas de los
mismos que causaron estos daños, pero con un daño adicional a la sociedad argentina.
Esto tuve oportunidad de decírselo al Gral. Liendo cuando era Ministro y me dijo que
no se podía por las reacciones internacionales de las sociedades de derechos humanos.
Esas mismas sociedades no hicieron nada cuando Francia actúo de la misma forma que
hicieron por fin los militares argentinos, cuando pelearon en Argelia o con los
terroristas argelinos en Francia. Pero Francia siempre se ha permitido ser excesiva
internamente y favorable a los derechos humanos externamente, sin que nadie diga
nunca nada por esta contradicción.

Volviendo a 1947, estaban en el poder Perón y Quijano y su vicepresidente. Después
del 17 de octubre Farrell llamó a elecciones y se presentaron Perón-Quijano y
Tamborini-Mosca. Esta era una formula apoyada por los partidos políticos, quienes
veían en Perón a un enemigo peligroso. Aceptaron en forma democrática en ese
conjunto al Partido Comunista, un pequeño grupo sin importancia en ese momento.
Lamentablemente ante este hecho la Iglesia cometió uno de sus errores habituales;
recomendó a los católicos no votar por Tamborini, sin darse cuenta donde estaba el
peligro. En esos años la voz de la Iglesia era muy poderosa y los católicos votaron
masivamente a Perón. Así llegó a la presidencia que ejercería por nueve años. Pero en
realidad eran Perón y Evita quienes gobernaban, por lo menos hasta 1951 año en que
ella murió.

Eva Perón merece un párrafo aparte. Era hija natural de un señor cuyo nombre he
perdido y que desearía recordar para que quedara establecido quien hizo tanto daño al
país. Ser hijo natural en esa época no es lo mismo que ahora, hoy hay muchas personas
no reconocidas por sus padres. En esa época se era bastardo, palabra calumniosa que
hacía avergonzar a quien la llevara. Se cuenta que en una ocasión la madre se fue con
ella y Juan su hermano, niños aun, hasta la tranquera de la estancia de ese señor. El los
hizo echar. Eva Duarte era una niña abandonada, marginal e insultada como bastarda.
Tenía mucha rabia y mucho carácter. Esto la hizo sobrevivir y buscar la salida a su
situación. Para la época no había muchas. Ella pasó por las camas necesarias para
lograrlo, tuvo algún papel en películas y un día se encontró con el Cnel. Perón que se
dedicaba a los sindicalistas (no a los pobres), se hizo su amante y finalmente se casó con
él en ese declive sexual de Perón que siguió luego con una niña de nombre Rivas y por
fin una prostituta de Panamá, Isabelita. Rivas no supo sacarle todo el jugo, apenas una
casa, pero Evita e Isabelita sabían más de la vida y tomaron posiciones de poder junto a
él. Evita le organizó el 17 de octubre junto a Cipriano Reyes, reclamando que Perón
fuera liberado. Cipriano reyes era un sindicalista ferviente peronista que poco después,
ya Perón en el gobierno, se permitió disentir. Esto lo llevó a la cárcel primero y a que lo
castraran después. Este era el régimen que había instituido Perón. Juan Perón había sido
encarcelado el 8 de octubre por el sucesor en el poder ahora Farrell, otro general. Ella
hizo la campaña electoral con él en ese tono fuerte y rabioso que tenia para hacer sus
discursos. Luego cuando llegó al poder se quiso acercar a la sociedad de la época,
básicamente la oligarquía ganadera y fue rechazada por las damas de la Sociedad de
Beneficencia, coronando así los rechazos sociales que venia sufriendo. El resultado de
todo esto es que con ese oro que había en el Banco Central hizo un espléndido edificio
que es la Facultad de Ingeniería en el Paseo Colón de Buenos Aires y la Fundación Eva
Perón, para ayudar a los pobres. Pero la Fundación no ayudaba a aprender, sino que
ayudaba a proveer. Los camiones de la Fundación salían por el país llevando primero
comida, luego ropa y finalmente lavarropas o heladeras. Así creo la que llamo la
“cultura de cola de camión”. La gente se agolpaba a la cola de los camiones y dos o tres
empleados de la Fundación les pasaban o les tiraban el contenido del camión, que ellos
arrebataban. Así Evita le hizo al país el daño más grande que nadie le hizo nunca:
cambió la cultura del esfuerzo por la cultura de “cola de camión”, lo cual era
primero una provisión a una necesidad y luego se convirtió en un “derecho”. “Yo

tengo derecho a...”. Esta afirmación que se ha pronunciado repetidamente a lo largo de
estos casi setenta años, es la manifestación de la creencia que la gente tiene, que las
cosas no se consiguen esforzándose por lograrlas, sino que uno tiene el derecho a que
venga el camión ahora virtual y se las entregue. Esto ha sido lapidario para el país y lo
ha llevado a sucesivas ruinas. Al mismo tiempo como alguien hizo notar, es el único
país que ha sufrido tanto robo y sigue existiendo. Claro que ahora no es el 4° del mundo
sino cercano al 70°.
Eva Perón murió de cáncer a tiempo de no presenciar la primera ruina del país que ella
había colaborado fuertemente a producir y lo dejó a su marido sin el apoyo que le había
dado hasta ese momento. La falta de fondos y la ausencia de Evita hizo decaer la
Fundación que terminó desapareciendo, de la misma manera que ella había hecho
desaparecer la sociedad de Beneficencia. Evita quedado como un icono mundial que
de todas maneras se fue diluyendo, que reapareció con la obra musical de su nombre, y
que seguirá desapareciendo en el mundo y aquí solamente usada por los demagogos de
turno, aunque cada vez menos. Fue una pobre mujer, que murió muy joven, que sufrió
mucho, que maltrató a todos los que tenia cerca cuando tuvo poder, que se vistió
caramente, y que probablemente por lo que dije antes es la persona que más daño le ha
hecho al país, aunque lo hiciera con la buena intención de ayudar a los pobres. Si la
mitad de ese dinero la hubiera utilizado para enseñarles a hacerse sus casas, a
financiarlas, a capacitarlo en algo, a darles trabajo, hubiera hecho de ellos personas
pobres pero sólidas con capacidad para salir de la pobreza. Pero ella tenia muy cerca su
sufrimiento, aunque por otra parte dejo que su marido lo matara a su hermano, Juancito
Duarte. Evita se murió y quedó el mito que como todo mito tiene poco que ver con la
realidad.

El país estaba escindido en peronistas y antiperonistas. Me enteré más tarde que en esa
época los obreros argentinos ganaban más que los obreros europeos o norteamericanos.
Pero también escuché a Sarita Castillo, la hija del Presidente depuesto decir un día que
ahora con ese Perón no se le podía pegar más a las mucamas. También que en el norte
del país y otros lugares los operarios trabajaban por vales que podían cambiar solamente
en las proveedurías que eran del mismo dueño que el campo. Más allá del salario, si no
hubiera habido un abuso por parte de la sociedad argentina, Perón no hubiera tenido
público. Perón no hizo la mayoría de las leyes sociales que había hecho votar Palacios,
el socialista en la década de 1910, pero que se cumplían poco. En cuando a la Sociedad

de Beneficencia era la contraparte del daño que hacían sus maridos. Por esto me pareció
genial la acción durante la dictadura de Videla. Era gobernador en Tucumán y fue
elegido después democráticamente debido al buen gobierno que había hecho durante la
dictadura. En una ocasión las damas de la beneficencia lo fueron a ver con una lista de
necesidades. El les aseguró que se las daría. Le dio la lista de las señoras que lo habían
visitado a su secretario y le pidió que citara a los maridos. Cuando los maridos, gente
rica de Tucumán, fueron a verlo, les dio la lista de pedidos de sus mujeres y les dijo que
ellas le habían hecho estas solicitudes y que quería que le entregaran todos estos bienes
a él en los siguientes días. Nadie sabe que le dijeron esa noche los maridos a sus
mujeres, pero entregaron lo que Buzzi les había exigido quien a su vez se los dio a las
señoras de la beneficencia. Ese era el mecanismo de la época: los maridos explotaban a
la gente y después las mujeres hacían sociedades de beneficencia porque eran buenas y
ayudaban a los pobres que creaban sus maridos. Sobre los buenos volveré más adelante.
Muerta Evita el país que empezaba a tener dificultades económicas cayo en la ruina.
Perón reelecto en 1952, creó la UES, Unión de Estudiantes Secundarios, en la Casa
Rosada, su residencia. Allí las escuelas secundarias en especial las femeninas estaban
obligadas a llevar sus niñas a jugar. El tenía un gran espejo en las duchas de las niñas
desde donde podía verlas cuando se bañaban sin ser visto. Andaba con gorro de golfista
en la motoneta y entre las que seguramente más de una niña que se llevó a la cama,
estuvo una chica de apellido Rivas a la que embarazó y con la que tuvo un chico. Le
compró una casa y seguramente le dio dinero suficiente, pero ella nunca supo
introducirse en el poder político. Era muy niña.
Ya en 1951 el Gral. Menéndez se levantó, intentando un golpe de estado que fracasó.
Perón había fracasado en sus sueños de grandeza de hacer una bomba atómica y había
construido algunos aviones a reacción que han quedado para los museos. El Banco
Central estaba exhausto y los controles aduaneros y fiscales continuaron fracasando.
Perón intentó firmar contratos con petroleras pero ya era tarde. El 16 de junio, de una
manera desordenada y sin una buena tarea de inteligencia, la aviación bombardeó la
Plaza de Mayo, destruyó la Casa Presidencial de Av. Libertador y terminó huyendo a
Uruguay. Esto produjo el celebre discurso de Perón de que “por cada uno de nosotros
morirán cinco de ellos” y se quemaron varias iglesias. El 16 de setiembre vino desde
Córdoba en ómnibus, el Gral. Lonardi y produjo un nuevo levantamiento en el que fue
decisivo el Almirante Rojas quien bombardeó los depósitos de gas de Mar del Plata,
dando la sensación de que la cosa venía en serio y según el entonces Capitán Gallacher,

de las fuerzas peronistas, fue decisiva la cobardía de Perón al esconderse abandonando a
su tropa, la cual estaba en perfectas condiciones de vencer a los insurrectos, según sus
propias y amargas palabras.

Perón hizo un pésimo gobierno. Si lo digo en términos tan drásticos es porque considero
la enorme riqueza de que disponía y como con ella podía haber catapultado a la
Argentina a ese primer plano que un estudioso vaticinara a principios del S. XX cuando
dijo que en América había dos grandes países con características para ser potencias
mundiales. Y después de explicar porque señalaba que esas eran Estados Unidos y
Argentina. Estados Unidos es potencia mundial. Nosotros somos un país en permanente
decadencia. Instaló la demagogia como forma de política y de gobierno y esto produjo
que junto al cambio cultural que había producido Evita, Buenos Aires se rodeara de un
lumpen que emigraba de las provincias a la Capital, el Gran Buenos Aires y al comienzo
de las grandes “villas miseria” donde hoy viven miles de personas en la capital y en el
Gran Buenos Aires. Esto a su vez produjo la migración de miles de personas de buen
poder adquisitivo de la Capital a los barrios cerrados que se han creado por decenas en
los alrededores. Toda la zona cambió y la delincuencia aumentó, por otras razones
también que veremos más adelante. Perón perdió una oportunidad que nunca más se le
volverá a presentar al país y lamentablemente en vez de ser criticado por esto es usado
para la demagogia de los que lo siguieron. Con Perón se inició también una forma de
soborno sistemático, a través del IAPI, que manejaba el comercio y la industria, que
quedó instalado en la sociedad argentina.

La dictadura que siguió fue blanda como fueron en general todas las dictaduras
argentinas. Dijo que iba a combatir los sindicatos y los reforzó y fue solamente dura
cuando Valle se levantó en armas contra el poder y estando Aramburu afuera, el poder
lo ejercía el Vicepresidente, el mismo Almte. Rojas que había bombardeado Mar del
Plata, quien sí era enérgico y fusiló a los que se habían levantado como corresponde en
esos casos. Creo que fue el único caso de coherencia con los principios éticos e
históricos que corresponden. Por supuesto Rojas es criticado por los peronistas, pero es
lógico que así sea.
El gobierno pasaba sin mayor trascendencia y la sociedad comenzó a pedir democracia.
Perón desde el exterior azuzaba esas reclamaciones y tomó partido por una de las tantas
escisiones de los radicales. Los radicales son expertos en dividir su partido. Lo han

hecho sistemáticamente a lo largo de la historia y lo siguen haciendo. En esas ocasión
surgió el grupo llamado Intransigente liderado por Frondizi quien formo la Unión
Cívica Radical Intransigente y se alió con Perón. Se presentó a las elecciones de 1958 y
las ganó. Quien las ganó realmente fue el peronismo, el mismo que los militares habían
querido desterrar, que seguía gobernando Perón desde el exilio.
Frondizi ha sido posiblemente el mejor estadista argentino del S.XX. En los cuatro años
de su gobierno, permanentemente hostigado por las fuerza armadas abrió las puertas de
la economía permitiendo la explotación del petróleo y dándole un envión económico y
político al país. Fue criticado por tratar con Fidel Castro y por mantener una posición
equidistante en la Guerra Fría. Los militares no advierten los progresos del país y
después de hacerle la vida imposible durante cuatro años, lo echaron.

IV

GOLPE TRAS GOLPE

La caída de Frondizi fue por fin comandada por Toranzo Montero un general que era...
tan poco informado que se fue a la Casa Rosada en vez de a la Corte Suprema a jurar el
cargo. Algunos avispados aprovecharon para llevarlo al presidente provisional del
Senado a la Corte y así ponerlo en la Presidencia. Así llegó Guido al gobierno, otro
gobierno anodino al frente del cual estuvo una persona a la que se la acusaba de ser
bebedor. Pero una de las características de la época fue la de manejar a la opinión
publica de acuerdo con versiones que recorrían el país sin ningún sustento.
Así llegó al poder Illia, en las elecciones que Guido se vio obligado a convocar. Illia era
un buen hombre, que hizo un buen gobierno. El jefe de los radicales era Balbín, desde
hacía años y por muchos más, y con una visión notable, predijo que iban a perder esa
votación y no quiso ser candidato. Esto habla de su visión política.
Illia fue acusado de lento, se lo tildó de tortuga, la política de seguridad nacional con la
que Kissinger estaba erradicando las democracias del continente, le llegó también a él y
los militares hicieron un nuevo golpe de Estado y Onganía tomó el poder. A esta altura
muchos argentinos estaban ya cansados de tanto golpe de Estado y todo lo que
esperaban era que se terminara ese gobierno paralelo de Perón desde el exterior.
La revolución social que conmovió al mundo en esta década del 60 llegó a la Argentina
lentamente. El argentino es resistente a los cambios de fondo. Acepta rápidamente los
cambios superficiales, pero busca su ventaja y a lo largo de los años esto lo ha hecho de
una manera más descarada y menos legal. Por otra parte es pacato y cambios como la
modificación de la misa o la libertad sexual fueron resistidos en mayor medida que en la
generalidad de los países del mundo. Por otra parte al argentino le gusta la pornografía y
al mismo tiempo reniega de ella, como reniega de la prostitución y solamente en el Gran
Buenos Aires hay 8000 prostíbulos. O sea que bien podríamos concluir que es hipócrita.
Onganía no hizo nada importante y siguió un camino de deterioro sentado en su calesa
para inaugurar actos tradicionales como el de la Sociedad Rural, sin advertir el creciente
deterioro de su gobierno y de la opinión contraria de la sociedad. Esto llevó a que el
ejercito le hiciera una cuestión y que quisieran ponerlo a Lanusse. Pero según los turnos

militares no le tocaba todavía a su fuerza y debía esperar unos meses durante los cuales
lo pusieron al Gral. Levinson, embajador en EEUU, al mando de un gobierno fantasma.
Meses después le tocó el turno al grupo de Lanusse (infantería y caballería se turnaban)
y éste tomó el poder. Sin embargo en 1969 ocurrió un hecho de la mayor importancia.
Con miras a las siguientes elecciones el ex Presidente, Gral. Eugenio Aramburu, que
había dejado una buena imagen en general en la clase media, se preparaba para
presentarse con un partido propio a las elecciones a las que se dirigían las Fuerzas
Armadas. Su ciclo una vez más estaba agotado sin resultado y Perón seguía hilando
desde el exterior. Con buen criterio Lanusse consideró que la única manera de terminar
con estos dimes y diretes que llevaban ya más de diez años era presionarlo a Perón para
que volviera. En este interín se produjo el rapto del Gral. Aramburu por un grupo
liderado por Abal Medina y Firmenich quienes poco después lo asesinaron. Este fue el
fin de un período y el comienzo de una era de violencia.

V

LA VIOLENCIA (1969-1983)

VI

EL CAMBIO SOCIO-ECONOMICO EN EL MUNDO
La “liquidez” y su fondo la falta de compromiso
Tahtcher-reagan-neoligeralismo-plutocracia-liquidez
Valores de la plutocraia, el fin esperble
Drogas
Amantes, matrimonio, pasion-amor-cohabitaion
Plitica, financiacion, corrupción

VIII

LA NUEVA DEMOCRACIA (1983-2012)

IX

LOS BUENOS Y LOS MALOS

A lo largo de mi vida, tanto en España cuanto en la Argentina me he encontrado con los
buenos. Ser bueno no significa aquí ser santo, ni cumplir los diez mandamientos. No
quiero hacer de esto una cuestión religiosa ni un tema de santidad. Para ser bueno basta
por de pronto con no ser una mala persona. Hay distintas categorías de buenos que
dividiría en: los buenos, las buenas y “los buenos”. Hay personas que son buenas, tratan
de ayudar a los demás que realmente intentan hacer el bien a su alrededor. Aleluya por
ellos. Después están las buenas que en realidad son muchas mujeres sometidas por sus
padres que les dijeron desde pequeñas que tenían que ser las nenas buenas de papá, y
que en caso contrario eran castigadas. Aprendieron rápidamente s que había que ser
buenas y así crecieron. Cuando siendo mayores se las consideraba buenas en realidad
eran sometidas y esas sometidas siempre en medio de su bondad cometían las maldades
necesarias para poder seguir siendo seres humanos.
Finalmente “los buenos” son personas consideradas buenas por la sociedad de los que
pondré algunos ejemplos, de la mas diversa característica, para que quede claro de lo
que hablo:
1. Si uno tiene una idea por la que se coloca en el extremo o la cual lleva al
extremo, esta persona no acepta que se discuta su idea. De hecho si su idea
resultara falsa o no aceptable se encontraría en medio de la nada. Si tengo una
sola idea que ocupa todo mi ser y esa idea es falsa, ¿que me queda? En
ocasiones estas personas se reúnen en grupos. En realidad cuando se trata de de
creencias es habitual que las personas se reúnan en grupos. Es habitual también
que quienes profesen estas ideas se den un nombre y traten de difundir sus
creencias. Así por ejemplo el grupo católico de ideas fuertes que se reunió como
Familia Iglesia y Propiedad, llevaba sus estandartes rojos por la ciudad,
demostrando así sus creencias y tratando de conseguir nuevos seguidores. Esto
no es algo exótico. Se trata de una dinámica habitual en la que podríamos
enlistar una larga cantidad de asociaciones que profesan ideas con mucha fuerza
y poca flexibilidad y tratan de conseguir prosélitos.

2. Los monoteísmos son creencias fuertes y como tales quienes las siguen tienden a
considerarse buenos. Cuando estas personas se reúnen en otro tipo de
organización tienden a imbuirlas de su fe y propagan la falta de flexibilidad
cuando forman esas otras sociedades.
3. En un colegio católico que administraban los padres había un Comité de padres
que lo administraba. Este Comité se elegía cada dos años con un posible periodo
de ampliación. En un momento determinado se llegó al periodo de elecciones.
Había que llegar a una reunión donde se votaría. El presidente no podía ser
reelegido. Tenía un delfín para sustituirlo. Inés era la líder del otro grupo. Sturm,
el presidente saliente, abrió la sesión. Cada uno votaba por Inés o por Antonio.
Todos votaron y el resultado era un empate. Faltaba que votara Antonio.
Obviamente votaría por él. Antonio votó por Inés. Sturm lo miró incrédulo,
luego violento. Se levantó, la silla reboto contra el suelo. ¿Que has hecho!? ¿Vos
te crees que yo he trabajado tantos años para esto? Antonio lo miraba
apichonado. Sturm parecía dispuesto a pegarle. Juan y Patricio se levantaron
previniendo que Sturm lo atacara a Antonio. Sturm, el bueno, gritaba. Sos un
idiota! Yo lo sabía! Nunca debí elegirte! Solo dijo, seguí vos Inés. Y se fue
dando un portazo. Cristianamente Sturm se retiró.
4. Un día llamó el presidente de una asociación cristiana de ayuda al bien morir. El
presidente de la asociación cristiana dijo que necesitaban un espacio y que como
colegio católico nosotros teníamos la obligación de darles un lugar. Como le
dijimos que no teníamos espacio se puso furioso y terminó su cristiana reunión
diciendo: Me voy a quejar, esto no va a quedar así!
5. Un día Alberto me dijo, que iban a hacer otra parroquia para dividir la nuestra.
La apertura espiritual asuncionista parecía no gustarle al arzobispo. Entonces
cual un tirano de cualquier época, subdividió la parroquia para quitarle
poder."Gloria a Dios..."
6. Era parte de un grupo cristiano. Era una asociación. Mario me dijo que había
espacio para todos. No tenían ninguna forma de comunicación externa. Me
postule para hacer la comunicación externa. Presente un plan. Me lo aceptaron.
Cuando llegamos al punto que teníamos un programa de radio semanal muchos
se pusieron nerviosos. Les recordé que lo habían aprobado.”No podemos seguir
con el programa”. A la siguiente reunión del comité de comunicaciones llegó
otra persona. Venía a sumarse. En realidad no venia a sumarse. Supe después

que era un control que el presidente había puesto. Como si yo hubiera hecho
algo que estaba fuera de lo aprobado. Si no quería que estuviera allí lo justo
hubiera sido que me lo hubiera dicho. Nunca me lo insinuó siquiera. Solo me
dijo que no debió de haber aprobado el plan. Era la misma táctica que usaba en
la empresa. No decir las cosas de frente sino desgastar. Esperé que no fuera así.
No me parecía muy cristiano. Pero así fue y renuncié.
7. Mientras tanto tres personas que estaban en su tercera edad resolvieron proponer
un código de ética. Háganlo, les dijeron. Y los tres hombres trabajaron con
idealismo. Querían hacer un código de ética que el grupo lo aprobara y que
sirviera como ejemplo para toda organización, para las empresas, las sociedades
intermedias y todo aquel que se reuniera en un grupo a hacer algo. Tardó cuatro
meses. Estudió varios códigos de ética de empresas y de teóricos. Y terminó
presentando un muy adecuado código de ética. Entonces empezó el vaivén.
Había que leerlo, había que analizarlo, había que discutirlo, había que
compararlo con otros códigos, había que...Los tres hombres empezaron a tener la
sensación de que no pasaba nada. “Las empresas eficaces lo hacen, ¿porque una
empresa de cristianos no puede serlo?”. “Quizá porque el poder influye en los
cristianos como en cualquier ser humano”.Uno solo dijo que él no podría aplicar
ese código de ética en su empresa. Todos los demás lo alabaron y lo archivaron.
8. Un hombre joven que parecía tener mucho empuje e ideales cristianos un día me
invitó a su nuevo negocio. “¿Dejaste la empresa?” “No” “Esto te va a complicar
la vida en la empresa” “No lo creo” “Pero, ¿tenés permiso de tu empresa?” “No,
no saben nada. Está prohibido.” “Esta contra el código de ética de tu empresa”
“Si. Pero no lo sabrán” ¿Cuál era la diferencia? En otros lugares pasaban quizá
las mismas cosas. Pero nadie pretendía ser bueno.
9. En quinto año anunciaron que algunas pruebas trimestrales serían premiadas. La
materia a premiar seria designada después de hechas las pruebas. El padre
Furlong dijo que si ese trimestre el premio era en su materia el premiado sería
yo. Su materia fue la del premio y se lo dio a Curt. Lo fui a ver en su escritorio
en la esquina del patio y lo increpé. ¿Como hablaba de bondad y después era un
hipócrita que faltaba a su palabra? My boy me dijo, yo nunca dije esto. Me fui
dando un portazo. Así, pensé no se consigue la Paz.
10. El grupo empresario tenía una imagen religiosa en la puerta de entrada a su
edificio. Como representante de otra empresa no declarada católica, trabajé en

una compra de ese grupo. El problema que teníamos eran los sueldos bajos que
pagaba la empresa cristiana.
11. El padre Rosas era morocho y se comía las eses. Lo habían designado en la
entonces parroquia de San Isidro. Se hizo el vacío a su alrededor. Los otros dos
curas recibían todas las confesiones. Nadie lo consideraba al padre Rosas. Un
día luego de algunos años en esa situación el padre Rosas dejó los hábitos y se
fue con una mujer con la que se casó. Entonces las buenas personas que lo
habían empujado en su rechazo decían: Ya lo dijimos, no era un buen sacerdote.
12. La Reina Victoria fue la adalid de las costumbres puritanas que han infestado el
S. XIX y luego el S. XX. Todas las prohibiciones ridículas y las faltas de
cualquier permiso estaban enraizadas en la preclara Queen Victoria. El día que
Alberto se murió, dejando a su reina en estado de viudez, la señora espero
alrededor de un año al cabo del cual estuvo permanentemente con el señor

Brown, especie de secretario con quien mantuvo relaciones sexuales extra-
matrimoniales en contra de todos los principios que ella misma había instaurado

y por los que siguió actuando, mientras se acostaba con Mr. Brown.
13. Uno de los temas notables del siglo XIX es la expansión del puritanismo. Lo
notable de esta expansión es que al mismo tiempo se expandió la pornografía.
La pornografía no era un tema. Existían por supuesto mujeres que se pintaban
desnudas, desde la Maja hasta otras de muy baja categoría. Pero la pornografía
como actividad de hombres dedicados a mirar mujeres desnudas y luego otras
escenas es casi una creación del S. XIX. En 1834 solamente en Holywell Street
en Londres había 57 negocios que se dedicaban a vender pornografía, todo un
record que pocas ciudades habrán podido alcanzar mas adelante. Esto se
relaciona habitualmente con el efecto que la contención de impulsos que
produjeron las buenas personas del puritanismo victoriano, represión que hizo
que las personas buscaran salida hipócrita suficiente para poder representar
después adecuadamente su papel de varones y mujeres virtuosos.
14. Algunas frases típicas estadounidenses: I know what you mean (Yo entiendo lo
que decís) dicho por personas que nunca pasaron por esa situación y se hacen los
buenos que comprenden; “he is my friend”, el es mi amigo es también una frase
devaluada en el sur y en Europa. Con tal de quedar bien y parecer popular, ergo
buena persona, todos son amigos, aunque apenas se conozcan. El súmmum es el

que dijo que tenía mil amigos en Facebook. ¡Que buena persona! Pero también
que irremediablemente tonto o hipócrita.
15. hay otras afirmaciones que demuestran bondad y equilibrio y son falsas, tales
como “Paguemos al equipo”, pero se paga a cada uno diferente; o “defendemos
la democracia” dicho por quien da un golpe de Estado; o “el partido te cuidará”,
dicho por quien lo dejará abandonado; o “hacer una organización plana sin
autoridad jerárquica”, propuesto por Peter Drucker (¿no sabía que es imposible
dada ka naturaleza humana? Quería quedar como bueno, como progresista) Pero
quería quedar bien, ser bueno); o “las teorías sobre la degradación de la Tierra
son falsas”; o “our first asset is our people” (nuestro bien mas importante es
nuestra gente) dicho por las empresas norteamericanas hasta que tuvieron que
dejar de usarlo en vista de lo evidente de que no eran “buenas”; JFK y Jackie
son maravillosos con lo que nos envolvieron sobre la bondad de ellos (hasta que
ella se casó con Onassis). Podría seguir, pero creo que es más que suficiente.

Los que se propician como buenos son dudosos. La bondad de alguien será reconocida
por los demás, no proclamada con afirmaciones, estuantillas o denominaciones. Estos
son los “buenos”, que son peores porque establecen una base de confianza por lo que
representan o dicen representar y a partir de esa confianza hacen lo mismo que
cualquiera o peor. Una empresa que se dice cristiana y que paga sueldos miserables es
deleznable. Una persona que se dice cristiana y usa sistema estalinistas es lamentable. Y
así sucesivamente. Creada la confianza se puede actuar con mayor impunidad, pero esto
perjudica a aquello que se ha enunciado y hace que esas personas sean en realidad
peores que los comunes, porque están abusando de los demás a partir de una hipocresía
que los coloca como presumiblemente buenos. Los políticos hacen esto habitualmente,
pero ya sabemos que los políticos en general, mienten como respiran y por lo tanto
siempre se duda sobre sus palabras. Al no tener la confianza del otro no pueden engañar
de la misma manera, porque no son “buenos”.
He vivido rodeado de estos “buenos”, caóticos o no, que comulgaban santamente o no,
pero lo que todos tuvieron siempre en común era que se consideraban a sí mismos
buenos. Lo malo de esto es que el que se considera “bueno” se considera en posición de
dictaminar que es lo que corresponde y condenar a quien no lo hace. Lo cual hace peor
el cuadro.

Las buenas como ya dije son mujeres que en general responden a la educación que
recibieron. La educación judeo-cristiana establece que las mujeres tienen que ser
buenas, tienen que ser amables y ser buenas amas de casa, porque aun hoy la casa sigue
estando a cargo de la mujer. En este contexto las niñas son educadas para ser buenas y
amables mientras que el varón es más bien incitado a ser agresivo para poder
“defenderse en la vida”. No voy a entrar en la cuestión de porque el varón tiene que
“poder defenderse en la vida” y la mujer no, pero esta es la creencia que sustenta esta
diferencia en la actitud paterna respecto de uno y de la otra.
La mujer pues, estando sometida a ser buena, lo es, pero al mismo tiempo desarrolla una
cantidad de elementos que le permitan mantener su autoestima. Por de pronto vale la
pena recordar que el feto es inicialmente femenino. Solamente si aparece el gen Y se
convierte en masculino. Pero si aparece el gen Y ocurre que a partir de ese momento el
feto es invadido por la testosterona que lo hará masculino, mientras el otro, el feto
femenino sigue su evolución. El feto masculino tiende a desarrollarse físicamente pero
limita su desarrollo mental. Esto no significa que los varones son estúpidos y que las
mujeres son inteligentes, pero significa en cambio que, como es evidente, la niña y la
adolescente es más equilibrada, más desarrollada y más inteligente que el varón que
llega a la cima de su estupidez en la adolescencia. Si bien después se equilibran las
capacidades quedan en las mujeres una mayor cantidad de conexiones cerebrales que en
el varón, lo cual le permite tener tipos de pensamiento diferentes además del hecho de
que en definitiva es depositaria de la vida y es quien alimenta al bebé en su inicio.
Esto incide en la forma en que la mujer se desenvuelve posteriormente. Aunque hay
características que se le adjudican a la mujer, como el ser componedora, esto no es así ni
es universal. Son estereotipos. Lo que hace la mujer buena es desarrollar formas de
manejo que le permitan sobrevivir pero además sistemas a veces perversos para
vengarse de la situación de sometimiento en la que se encuentra.
Estas actitudes son de una gran variedad. Una de las que son típicas es la critica a las
prostitutas. Estas mujeres lo son de muchos tipos y carácter, pero el problema de las
mujeres buenas es que temen que sus maridos puedan

Hoy en dia todo se soluciona

A esto le tengo miedo
Mas lla de las nubes- antonioni

Cameron Diaz es la nueva Grace Kelly set.98

"Vamos a nuestro movil en Florencio Varela"
"Aqui estamos frente al centro asistencial y las personas no son atendidas para vacunar
a los niños contra el sarampion. Ud cponsiue vacuna sr?"
"No, he venido dos veces y no consigo vacunar a mi hijo. No tienen vacuna."
"Aqui hay otra señora que tampoco pudo vacunar a su hijo.Que le pqsó a ud. sra?
"Vine un dia y me dijeron que no habia vacuna."
"No pudo vacunar a su hijpo?"
"Lo vacune en la escuela. Me dijeron que tenia que darle otra."
"Y no habia"
"Si. Lo vacune"
"Bueno, ustedes creen que hay vacunas en Florencio Varela?"
Una entre el publico:
"No. Todo lo que sabemos es que no hay vacunas"
Reportero frente a la camara:
"No hay vacunas en todo Florencio Varela"
set.98

"Unos cientificos se fueron a Mexico a escalar una montaña inca" (Mas alla de las
nubes, antonioni)

La iglesia de Santiago de Compostela esta dedicada a San Juan, el apostol de Jesus que
murió en el año 41 (Travel Chanel)

"Nosotros formamos personas, no individuos" (Univ. del Salvador 1998) A ese nivel
deberian saber que las personas no se las forma, sino que se las ayuda a formarse, si
quieren

Habíamos viajado solos con Marta. Estábamos en Venecia. Esa noche fuimos a comer a
un restaurante en la Piazza San Marco. Todos los lugares tenían sus luces encendidas,
iluminando las mesas y las sillas y toda esa avenida que continúa la Piazza. Había muy
poca gente. Estábamos comiendo y de pronto una orquesta comenzó a tocar un vals. Me
levanté y la invité a Marta a bailar. Y bailamos en la avenida vacía, el vals, a la luz de
las iluminarias y de las estrellas. Esos giros livianos en la noche veneciana son un
recuerdo etéreo y profundo. Teníamos cincuenta años y nos sentíamos encomiablemente
unidos y felices.

La tecnología ha logrado que los que antes se morían a los sesenta o setenta años ahora
vivamos muchos más. Pero la sociedad no ha estucturado los espacios para estas
personas. Son gente que tiene que estar en lugares para viejos, llamados de distintas
maneras pero en definitiva rodeados por personas que no tienen mucho o nada que hacer
y que cuando llegan a los 100 años los llevan a que les saquen la foto para alguna
revista. Los menores de esas edades tienen sus ocupaciones, aceptadas por la sociedad y
pagadas según el nivel de responsabilidad que asuman. Los mayores de esa edad si
quieren trabajar y no tienen medios propios, tienen que hacerlo en puestos subalternos
mal pagos, no importa cual haya sido su ocupación anterior. La alternativa de vivir de
rentas tiene una ventaja económica pero una desventaja moral ya que uno siente
claramente que es un disminuído
Este espacio que la sociedad actual le deja al anciano no toma en cuenta el hecho de que
gracias a la tecnología es ahora una mujer o un hombre lleno de vitalidad. Las industrias
que se han creado para entretenerlo no lo alejan de su temor básico. Además de darles
un lugar en la sociedad donde pudieran ser útiles (ni hablar de la estupidez de jubilar a
un profesor a los 65 años), habría que ayudar a estas personas a enfrentar su temor: la
muerte. Yo no le tengo miedo a la muerte, porque para mi es un arco que me lleva a mí,
no a mi cuerpo, hasta Dios. Creo que Dios me ama y que estaré con El por la eternidad.
A eso no se llega de un día para otro. Requiere tiempo, desarrollo de creencia,
aceptación de la incomprensible, Fé. Pero quien no cree que eso es lo que le va a ocurrir
vive una angustia que no le solucionan todas las estupideces que se inventan para
distraer a las personas de su realidad, como si el nivel de idiotez fuera tan grande que
esa realidad no hiciera ningún impacto en ellas, de una u otra forma. Como hay tanto
fármaco para sobrellevar la cuestión, entre los antidepresivos, los anti-presión arterial,
los eliminadores de la angustia y todos los demás, las personas sobreviven mejor a sus
dificultades lo malo es que evitan también enfrentar ese temor a lo irrevocable, ya que
de lo único que podemos estar seguros desde que nacemos es que moriremos.
Curiosamente es para lo que raramente nos preparamos.
Sugiero pensar que Dios, Ser Único, que es incomprensible para nosotros, porque no es
un hombre-plus sino que es otro ser diferente, Dios nos ama. ¿Como lo sabemos?
Porque nos crea sin tener necesidad de nosotros. Nos crea porque quiere y solo puede
amarnos porque el Ser Perfecto no puede odiar, el mal no puede ser parte de El sin dejar
de ser Perfecto. Por lo tanto siendo que nos ama, tiene un lugar para nosotros en el más
allá, sin importar los inventos del infierno (S.VII aJC) y sus angeles caídos. Si queremos
un infierno esta vida tiene una parte importante de él. Si nos da rabia que algunas
personas queden impunes de sus actos maliciosos, no sabemos cuanto sufren y cuanto
se pierden de gozar por esto. Un bisabuelo mío, que había amasado una muy

considerable fortuna, estaba tan atado a ella, había dejado tanto de amar y de ser amado,
que murió gritando ¡Mi oro, quiero llevarme mi oro! Su oro quedó para sus
descendientes y él se fue como había vivido, tratando de retenerlo, de no perderlo, de
aumentarlo. Triste vida de los millonarios.
Tengamos fe en el amor de Dios más que en las amenazas de los hombres, laicos o
sacerdotes. Hacer una vida tratando de ayudar al prójimo o de hacer cuanto menos el
menor daño posible, es una forma de cooperar en la sociedad y de vivir en paz. 



Nunca aceptes regalos, hijo

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NUNCA ACEPTES REGALOS, HIJO

I
Golpeó las manos y esperó. A poco una mujer joven, alta y morena abrió la puerta.
-Buenas tardes
-Como está señora?
-Bien. Quiere verlo al Juan?
-Está?
-Si. Un momento por favor.
Entró y el hombre quedó afuera. El marido apareció en el jardincito
-Como le va, dijo?
-Bien, Solano. Y usted?
-Bien señor, gracias. Que lo trae por aquí?
-Si mis cálculos no están equivocados le debo plata.
-Por lo del quincho?
-Exacto
-No es nada
-Es una blanqueada
Solano había comenzado a caminar hacia el fondo, bordeando la casita. El hecho era
inusual. El otro lo siguió.
-Eso no es nada, decía Solano
-Pero usted pintó. Estuvo allá más de medio día.
-Con esto no arreglo mi problema.
Estaban en el jardín del fondo. Poco pasto, dos limoneros, unos andamios y tachos de
pintura en una equina. Había una mesa de hierro y cuatro sillas. Solano se sentó. Le hizo
una seña al otro: se sentó.
-De todas formas no estoy dispuesto a que deje de cobrar lo que le corresponde
-Usted conoce al Julián?
-No. Porque?
-Le debo plata
-Ese es su problema?
-Así es señor. Le debo mucha plata
-Cuanto le debe?
El otro dijo la cifra
-No es tanto
-Para usted quizá. Pero para nosotros...
La mujer apareció con un mate. Se lo dió al marido. Lo miró al visitante.
-Quiere un café, mejor?
-No quiero molestar, gracias. Ya me voy.
-No es molestia, dijo ella.
-Le agradezco, pero no podré quedarme, gracias.
-Como prefiera. Y se fué.
-Bonita, no es cierto?
No hubo respuesta
-No le parece? dijo Solano
-Si. Creo que es muy agradable

-Sí, es muy bonita
-Muy agradable
-El Julián es muy bravo, sabe? Es un hombre de cuchillo
-Caramba, dijo el otro. Y que tiene que ver con usted?
-Fué una noche de juego. Si. Había tenido otras buenas. Usted sabe como es eso. Me lo
habían contado y yo nunca pensé que me pudiera pasar a mí. Estuve hecho un chambón.
-Vea Solano, si hay algo que yo pueda hacer...
-Claro que si. Lo hemos hablado con la Elisa, interrumpió. De alguna manera tenemos
que conseguir la plata. Porque yo no voy a tomar una baraja nunca más, señor. Pero esta
vez tengo que pagar. Estamos solos con la Elisa. Yo le dije, Vendemos la casa o la
hipotecamos, pero ella dice que es muy arriesgado. No le gustan las deudas a la Elisa. A
mi tampoco, sabe?
-Claro, dijo el visitante
-Si. No es bueno tener deudas. Así que pensamos mucho con la Elisa y ahora sabemos
como arreglar esto.
-Ah, si?
-La Elisa puede ganar el dinero
-Muy bien
-Al principio no me gustó la idea. Pero ella tiene razón. En unos días puede ganarlo. Así
que nos sentamos a pensar con quien podría ser la cosa y llegamos a una conclusión:
Usted es la persona indicada. La Elisa lo prefiere. Y yo también.
-Perdone Solano, pero quisiera estar seguro de lo que usted quiere decir.
-Quiero decir que la única manera de salir del paso sin que el Julián me mate y sin tocar
la casa es que la Elisa...Usted sabe, caramba!
-Conmigo.
-Que pasa? No le gusta?
-Si, claro que me gusta. Es muy bonita. Pero...
-Usted no quiere.
-Solano, esto es muy loco. No sé como pudieron llegar a semejante conclusión, pero
hace mucho tiempo que nos conocemos y yo no...Vamos a hacer algo mejor Solano. Yo
le voy a dar la plata y algún día usted me la devolverá.
-No queremos deudas, don.
-Está bien, es un regalo.
-Perdóneme señor, pero mi padre era un criollo viejo que me enseñó a no recibir
regalos.
-Solano, dijo levantándose el visitante, mañana le haré llegar el dinero. Sino lo toma me
ofenderé. Y no hablemos más. Ese será el pago por pintar el quincho.
Extendió su mano y Solano la tomó apenas.

II
-Que te dijo?, preguntó Elisa.
-Nos va a dar el dinero.
-Que suerte , viejo!
-Si. Mañana le podremos pagar al Julián. Nunca más voy a tocar una baraja. Te lo juro,
Elisa.
-Estoy segura, dijo.

-Hemos tenido mucho suerte.
-Si, don Alberto es una buena persona..
-Si.
Ambos callaron. Juan se acercó a al pileta, tomó un vaso, abrió la canilla, se sirvió agua.
-No hablaron nada más?
-No quiere.
-Dijimos que no nos meteríamos en deudas.
-No vamos a tener deudas. Me lo paga por la pintada del quincho
-Que? Por lo del quincho no ibas a cobrar ni mucho menos.
Juan afirmó.
-Bueno, es un regalo del cielo, dijo Elisa.
-No es un regalo.
-Viejo: es un regalo.
El marido la miró.
-Es un regalo, dijo.
Hablaba muy bajo. Ella estaba callada.
-No puede ser.
-Pero, viejo...
-No puede ser. Nunca hemos aceptado regalos. No podemos tomar esa plata.
-Pero si don Alberto te la dá...
-No. Mi viejo siempre me dijo que el que acepta un regalo así queda obligado para
siempre. Toda nuestra vida tendríamos que agradecerle a don Alberto. No.
-No vas a rechazar ese dinero!
-No. Vamos a hacer lo que dijimos. Vamos a hacer lo que tenemos que hacer.
-Pero él no quiere.
-No me importa. Mañana tenés que ir a verlo
-Escuchame, viejo. Yo no quiero una cosa así. Lo íbamos a hacer porque no quedaba
más remedio. Pero si un buen hombre nos saca del apuro, no quiero hacer una cosa así.
-Vos te creés que a mí me gusta? No me gusta, Elisa. No me gusta nada. Pero vos sabés
lo que es vivir agradeciendo a alguien toda la vida? No. A mi viejo le pasó. Yo no
quiero vivir así.
-Entonces querés que lo haga.
-No quiero que lo hagás. Pero era lo que habíamos hablado. No hay otra forma.
-No me gusta, viejo.
-Entonces dejemos la plata.
Ella dijo muy despacio:
-Mañana iré a ver a don Alberto

III
Elisa entró a la oficina de don Alberto. Se saludaron.
-Viene a buscar el dinero?
-Yo...Si
-Ya lo tengo aquí. Puede llevarlo si quiere.
-Es que, sabe?
-Tiene miedo de llevarlo
-Si, eso.
-Bueno, yo tengo que ir para allá en un par de horas. Puedo llevarla si quiere.
-Gracias

-Si quiere puede esperar en la salita o puede venir a las cinco.
-Perdóneme señor, pero necesito hablar con usted.
-Ya me parecía que era mucho venir hasta el centro por eso. Yo le había dicho a su
marido que hoy le mandaría el dinero.
-Si, lo sabíamos. Yo no vengo por eso
-Entonces, que es lo que pasa?
-Puedo cerrar la puerta, señor?
-Si.
-Bien Así quizá pueda decirle lo que tengo que decirle.
-Que pasa. señora?
-Ayer, sabe?, después que usted se fué, nos quedamos hablando con mi marido. El se
dio cuenta que usted le había hecho un regalo. A su padre le fue muy mal con uno,
señor, y desde chico le metió en la cabeza que los regalos son malos.
-Entonces, no aceptan el dinero?
-Tenemos que hacerlo señor. Si no tomamos esa plata, el Julián lo matará a mi marido.
-Entonces aceptan esa plata con la condición de que no sea un regalo.
-Así es señor. Mi marido le había dicho ya lo que pensábamos hacer para juntar la plata.
-Yo no puedo aceptar eso, Elisa. Usted es una buena mujer.
-Sino el Julián lo matará a mi marido.
-Lo que piensan es absurdo. Yo le tengo aprecio a Solano; es un buen hombre. Le
regalo la plata con mucho gusto. Usted no puede...no debe hacer algo así.
-Pensamos mucho antes de decidir.
-No pueden hacer algo así, Elisa.
-El Julián lo matará.

IV

Empezó a maniobrar para sacar el coche del estacionamiento. A su lado estaba esa
mujer de quien había admirado alguna vez las formas de sus nalgas o la caída de sus
pechos.
Salió de la hilera y se metió en el tránsito. Una luz lo paró. Durante más de diez cuadras
no hablaron. Después dijo:
-Donde está Solano?
-Quedó en la casa.
-Decime, no hay un vecino de ustedes que tiene un Renault colorado?
-Si.
-Y no le falta el guardabarro derecho?
-Si.
-Está atrás nuestro desde que salimos.
Ella miró hacia atrás.
-Ese es, dijo.
-Este asunto no me gusta Elisa. Está claro que si no te llevo a la cama lo matan a tu
marido, pero si te llevo a la cama es una cagada. Vos sos una buena mujer, Elisa.
-A usted lo elegimos entre todos.
-No puedo acostarme con vos.

-Tiene que hacerlo.
-No puedo, Elisa.
-No le gusto?
-Claro que me gustás. Sos una mujer muy bonita. Pero es como...
-Como si fuera una de esas.
-Yo podría acostarme con vos si fuera de otra manera. Si me miraras y yo te dijera y nos
encontraramos sin el Renault siguiéndonos. Pero así, no. Así es una cagada.
-Lo elegimos de entre todos, dijo
-Y si no nos acostamos?
-Tenemos que hacerlo
-Suponete que vamos al hotel y entramos y estamos ahí un rato y después salimos.
Quien sabe lo que pasó? El que tiene el problema del regalo es tu marido. Ni vos ni yo
tenemos esa manía.
-No estaría bien. Los dos sabríamos que era un regalo
-Pero Solano no sabría nada. No le contes la verdad.
-No se mentirle.
Dobló a la derecha y se metió en un estacionamiento. Bajaron en silencio y se acercaron
al mostrador. Les dieron una llave, primer piso, subieron por la escalera. Alberto abrió
la puerta y entraron a la habitación. Cerró con llave. Ella estaba tranquila. Alberto fué a
la ventana.
-Vení.
Se acercó. En la vereda de enfrente, contra un muro, estaba Solano.
-A partir de ahora los celos lo perseguirán toda la vida. No importa que es lo que
hagamos. Será mejor que le digas la verdad: no vamos a hacer nada.
-Pero entonces no aceptará el dinero.
-Bueno, entonces decile que todo pasó sin ser muy clara.
-No sé mentirle, dijo.
-Aprendé.

V
Alberto la dejó en la puerta de la casa. Bajó con el paquete en la mano. En la cocina
estaba Juan, sentado.
-Hola viejo.
-Hola.
-Acá está el dinero.
-Ah.
-Como andás?
-Bien
-Mucho trabajo?
-Más o menos.
-Que hiciste?
-Estuve pintando en la obra nueva
-Ah
No hablaron más. Ella se fue a cambiar de ropa. Cuando volvió, Solano seguía sentado
en la misma silla. Ahora tenía el paquete frente a él.
-No vas a pagarle al Julian?
-Le dije que viniera acá.

Elisa sacó una olla y la llenó de agua, prendió el gas, la puso a calentar, le echó un poco
de sal, sacó un paquete de fideos, lo abrió, puso vasos y tenedores en la mesa, colocó el
agua, el vino y dos servilletas de papel. Juan seguía sentado, el paquete junto al tenedor.
Alguien palmeó afuera.
-Debe ser el Julián, dijo.
Tomó el paquete y se fué. Elisa sacó dos manzanas, tomó dos platos y dos cuchillos y
los puso en la mesa.
-Era el Julián, dijo volviendo.
-Bueno, ahora estamos en paz.
-Si.
-Ahora no jugués más.
-No, nunca más.
-Juan.
-Si?
Se sentó frente a él.
-Don Alberto es un caballero.
-No me importa.
-Sí te importa. Ahí en esa casa que espiaste no pasó nada.
-Que decís?
-Que en esa casa que espiaste no pasó nada.
-Que es eso que no pasó nada?
-Que no te preocupes más. No pasó nada. El es una buena persona.
-No pasó nada?
-No.
-Me jurás que no pasó nada?
-Te lo juro, viejo.
-No pasó nada?
-No.
-No pasó nada?
-No.
-Pero porque te dió la plata?
-Porque te lo había prometido.
-Entonces nos ha hecho un regalo.
-Viejo...
-Nos ha hecho un regalo.
-Juan...
-No me importa. Juan, Juan!. Dijimos que no queríamos un regalo! Ahora yo debo un
regalo! Tengo que agradecerle a don Alberto el regalo que nos ha hecho! Voy a tener
que agradecerle toda mi vida a don Alberto el regalo que nos ha hecho!
-Está bien! Me fuí a la cama con él! Estás contento? Me fuí a la cama! No le debés
ningún regalo a nadie porque lo hice. Lo hice con don Alberto. La plata la gané yo. Es
nuestra. Pero escuchame bien Juan. No quiero verte sentado en esa silla con la cara que
tenías cuando llegué, ni quiero que me preguntés nada, ni quiero que me vigilés ni que
me andés molestando. Está claro?
-Porque te ponés así?
-Está claro?
-Sí.
-Ah! y otra cosa. Vas a seguir haciéndole trabajos a don Alberto.
-Está bien.
-Bueno. Ahora está todo como vos querías. Me creés lo que te dije?

-No es cierto acaso?
-Si, dijo.
-Claro que te creo.

VI

-Hola.
-Si, quien habla?
-Elisa.
-Como te va? Como fué todo?
-Muy bien.
-Le pagaron a Julián?
-Si, esa misma noche.
-Bueno, me alegro.
-Juan no me creyó.
-No te creyó que no había pasado nada?
-No.
-Y entonces?
-Le mentí.
-Vos le mentiste a Solano?
-Si. No quería aceptar un regalo.
-Que piantado!
-Usted es capaz de aceptar un regalo, don Alberto?
Golpeó las manos y esperó. A poco una mujer joven, alta y morena abrió la puerta.
-Buenas tardes
-Como está señora?
-Bien. Quiere verlo al Juan?
-Está?
-Si. Un momento por favor.
Entró y el hombre quedó afuera. El marido apareció en el jardincito
-Como le va, dijo?
-Bien, Solano. Y usted?
-Bien señor, gracias. Que lo trae por aquí?
-Si mis cálculos no están equivocados le debo plata.
-Por lo del quincho?
-Exacto
-No es nada
-Es una blanqueada
Solano había comenzado a caminar hacia el fondo, bordeando la casita. El hecho era
inusual. El otro lo siguió.
-Eso no es nada, decía Solano
-Pero usted pintó. Estuvo allá más de medio día.
-Con esto no arreglo mi problema.
Estaban en el jardín del fondo. Poco pasto, dos limoneros, unos andamios y tachos de
pintura en una equina. Había una mesa de hierro y cuatro sillas. Solano se sentó. Le hizo
una seña al otro: se sentó.
-De todas formas no estoy dispuesto a que deje de cobrar lo que le corresponde
-Usted conoce al Julián?
-No. Porque?
-Le debo plata
-Ese es su problema?
-Así es señor. Le debo mucha plata
-Cuanto le debe?
El otro dijo la cifra
-No es tanto
-Para usted quizá. Pero para nosotros...
La mujer apareció con un mate. Se lo dió al marido. Lo miró al visitante.
-Quiere un café, mejor?
-No quiero molestar, gracias. Ya me voy.
-No es molestia, dijo ella.
-Le agradezco, pero no podré quedarme, gracias.
-Como prefiera. Y se fué.
-Bonita, no es cierto?
No hubo respuesta
-No le parece? dijo Solano
-Si. Creo que es muy agradable

-Sí, es muy bonita
-Muy agradable
-El Julián es muy bravo, sabe? Es un hombre de cuchillo
-Caramba, dijo el otro. Y que tiene que ver con usted?
-Fué una noche de juego. Si. Había tenido otras buenas. Usted sabe como es eso. Me lo
habían contado y yo nunca pensé que me pudiera pasar a mí. Estuve hecho un chambón.
-Vea Solano, si hay algo que yo pueda hacer...
-Claro que si. Lo hemos hablado con la Elisa, interrumpió. De alguna manera tenemos
que conseguir la plata. Porque yo no voy a tomar una baraja nunca más, señor. Pero esta
vez tengo que pagar. Estamos solos con la Elisa. Yo le dije, Vendemos la casa o la
hipotecamos, pero ella dice que es muy arriesgado. No le gustan las deudas a la Elisa. A
mi tampoco, sabe?
-Claro, dijo el visitante
-Si. No es bueno tener deudas. Así que pensamos mucho con la Elisa y ahora sabemos
como arreglar esto.
-Ah, si?
-La Elisa puede ganar el dinero
-Muy bien
-Al principio no me gustó la idea. Pero ella tiene razón. En unos días puede ganarlo. Así
que nos sentamos a pensar con quien podría ser la cosa y llegamos a una conclusión:
Usted es la persona indicada. La Elisa lo prefiere. Y yo también.
-Perdone Solano, pero quisiera estar seguro de lo que usted quiere decir.
-Quiero decir que la única manera de salir del paso sin que el Julián me mate y sin tocar
la casa es que la Elisa...Usted sabe, caramba!
-Conmigo.
-Que pasa? No le gusta?
-Si, claro que me gusta. Es muy bonita. Pero...
-Usted no quiere.
-Solano, esto es muy loco. No sé como pudieron llegar a semejante conclusión, pero
hace mucho tiempo que nos conocemos y yo no...Vamos a hacer algo mejor Solano. Yo
le voy a dar la plata y algún día usted me la devolverá.
-No queremos deudas, don.
-Está bien, es un regalo.
-Perdóneme señor, pero mi padre era un criollo viejo que me enseñó a no recibir
regalos.
-Solano, dijo levantándose el visitante, mañana le haré llegar el dinero. Sino lo toma me
ofenderé. Y no hablemos más. Ese será el pago por pintar el quincho.
Extendió su mano y Solano la tomó apenas.

II
-Que te dijo?, preguntó Elisa.
-Nos va a dar el dinero.
-Que suerte , viejo!
-Si. Mañana le podremos pagar al Julián. Nunca más voy a tocar una baraja. Te lo juro,
Elisa.
-Estoy segura, dijo.

-Hemos tenido mucho suerte.
-Si, don Alberto es una buena persona..
-Si.
Ambos callaron. Juan se acercó a al pileta, tomó un vaso, abrió la canilla, se sirvió agua.
-No hablaron nada más?
-No quiere.
-Dijimos que no nos meteríamos en deudas.
-No vamos a tener deudas. Me lo paga por la pintada del quincho
-Que? Por lo del quincho no ibas a cobrar ni mucho menos.
Juan afirmó.
-Bueno, es un regalo del cielo, dijo Elisa.
-No es un regalo.
-Viejo: es un regalo.
El marido la miró.
-Es un regalo, dijo.
Hablaba muy bajo. Ella estaba callada.
-No puede ser.
-Pero, viejo...
-No puede ser. Nunca hemos aceptado regalos. No podemos tomar esa plata.
-Pero si don Alberto te la dá...
-No. Mi viejo siempre me dijo que el que acepta un regalo así queda obligado para
siempre. Toda nuestra vida tendríamos que agradecerle a don Alberto. No.
-No vas a rechazar ese dinero!
-No. Vamos a hacer lo que dijimos. Vamos a hacer lo que tenemos que hacer.
-Pero él no quiere.
-No me importa. Mañana tenés que ir a verlo
-Escuchame, viejo. Yo no quiero una cosa así. Lo íbamos a hacer porque no quedaba
más remedio. Pero si un buen hombre nos saca del apuro, no quiero hacer una cosa así.
-Vos te creés que a mí me gusta? No me gusta, Elisa. No me gusta nada. Pero vos sabés
lo que es vivir agradeciendo a alguien toda la vida? No. A mi viejo le pasó. Yo no
quiero vivir así.
-Entonces querés que lo haga.
-No quiero que lo hagás. Pero era lo que habíamos hablado. No hay otra forma.
-No me gusta, viejo.
-Entonces dejemos la plata.
Ella dijo muy despacio:
-Mañana iré a ver a don Alberto

III
Elisa entró a la oficina de don Alberto. Se saludaron.
-Viene a buscar el dinero?
-Yo...Si
-Ya lo tengo aquí. Puede llevarlo si quiere.
-Es que, sabe?
-Tiene miedo de llevarlo
-Si, eso.
-Bueno, yo tengo que ir para allá en un par de horas. Puedo llevarla si quiere.
-Gracias

-Si quiere puede esperar en la salita o puede venir a las cinco.
-Perdóneme señor, pero necesito hablar con usted.
-Ya me parecía que era mucho venir hasta el centro por eso. Yo le había dicho a su
marido que hoy le mandaría el dinero.
-Si, lo sabíamos. Yo no vengo por eso
-Entonces, que es lo que pasa?
-Puedo cerrar la puerta, señor?
-Si.
-Bien Así quizá pueda decirle lo que tengo que decirle.
-Que pasa. señora?
-Ayer, sabe?, después que usted se fué, nos quedamos hablando con mi marido. El se
dio cuenta que usted le había hecho un regalo. A su padre le fue muy mal con uno,
señor, y desde chico le metió en la cabeza que los regalos son malos.
-Entonces, no aceptan el dinero?
-Tenemos que hacerlo señor. Si no tomamos esa plata, el Julián lo matará a mi marido.
-Entonces aceptan esa plata con la condición de que no sea un regalo.
-Así es señor. Mi marido le había dicho ya lo que pensábamos hacer para juntar la plata.
-Yo no puedo aceptar eso, Elisa. Usted es una buena mujer.
-Sino el Julián lo matará a mi marido.
-Lo que piensan es absurdo. Yo le tengo aprecio a Solano; es un buen hombre. Le
regalo la plata con mucho gusto. Usted no puede...no debe hacer algo así.
-Pensamos mucho antes de decidir.
-No pueden hacer algo así, Elisa.
-El Julián lo matará.

IV

Empezó a maniobrar para sacar el coche del estacionamiento. A su lado estaba esa
mujer de quien había admirado alguna vez las formas de sus nalgas o la caída de sus
pechos.
Salió de la hilera y se metió en el tránsito. Una luz lo paró. Durante más de diez cuadras
no hablaron. Después dijo:
-Donde está Solano?
-Quedó en la casa.
-Decime, no hay un vecino de ustedes que tiene un Renault colorado?
-Si.
-Y no le falta el guardabarro derecho?
-Si.
-Está atrás nuestro desde que salimos.
Ella miró hacia atrás.
-Ese es, dijo.
-Este asunto no me gusta Elisa. Está claro que si no te llevo a la cama lo matan a tu
marido, pero si te llevo a la cama es una cagada. Vos sos una buena mujer, Elisa.
-A usted lo elegimos entre todos.
-No puedo acostarme con vos.

-Tiene que hacerlo.
-No puedo, Elisa.
-No le gusto?
-Claro que me gustás. Sos una mujer muy bonita. Pero es como...
-Como si fuera una de esas.
-Yo podría acostarme con vos si fuera de otra manera. Si me miraras y yo te dijera y nos
encontraramos sin el Renault siguiéndonos. Pero así, no. Así es una cagada.
-Lo elegimos de entre todos, dijo
-Y si no nos acostamos?
-Tenemos que hacerlo
-Suponete que vamos al hotel y entramos y estamos ahí un rato y después salimos.
Quien sabe lo que pasó? El que tiene el problema del regalo es tu marido. Ni vos ni yo
tenemos esa manía.
-No estaría bien. Los dos sabríamos que era un regalo
-Pero Solano no sabría nada. No le contes la verdad.
-No se mentirle.
Dobló a la derecha y se metió en un estacionamiento. Bajaron en silencio y se acercaron
al mostrador. Les dieron una llave, primer piso, subieron por la escalera. Alberto abrió
la puerta y entraron a la habitación. Cerró con llave. Ella estaba tranquila. Alberto fué a
la ventana.
-Vení.
Se acercó. En la vereda de enfrente, contra un muro, estaba Solano.
-A partir de ahora los celos lo perseguirán toda la vida. No importa que es lo que
hagamos. Será mejor que le digas la verdad: no vamos a hacer nada.
-Pero entonces no aceptará el dinero.
-Bueno, entonces decile que todo pasó sin ser muy clara.
-No sé mentirle, dijo.
-Aprendé.

V
Alberto la dejó en la puerta de la casa. Bajó con el paquete en la mano. En la cocina
estaba Juan, sentado.
-Hola viejo.
-Hola.
-Acá está el dinero.
-Ah.
-Como andás?
-Bien
-Mucho trabajo?
-Más o menos.
-Que hiciste?
-Estuve pintando en la obra nueva
-Ah
No hablaron más. Ella se fue a cambiar de ropa. Cuando volvió, Solano seguía sentado
en la misma silla. Ahora tenía el paquete frente a él.
-No vas a pagarle al Julian?
-Le dije que viniera acá.

Elisa sacó una olla y la llenó de agua, prendió el gas, la puso a calentar, le echó un poco
de sal, sacó un paquete de fideos, lo abrió, puso vasos y tenedores en la mesa, colocó el
agua, el vino y dos servilletas de papel. Juan seguía sentado, el paquete junto al tenedor.
Alguien palmeó afuera.
-Debe ser el Julián, dijo.
Tomó el paquete y se fué. Elisa sacó dos manzanas, tomó dos platos y dos cuchillos y
los puso en la mesa.
-Era el Julián, dijo volviendo.
-Bueno, ahora estamos en paz.
-Si.
-Ahora no jugués más.
-No, nunca más.
-Juan.
-Si?
Se sentó frente a él.
-Don Alberto es un caballero.
-No me importa.
-Sí te importa. Ahí en esa casa que espiaste no pasó nada.
-Que decís?
-Que en esa casa que espiaste no pasó nada.
-Que es eso que no pasó nada?
-Que no te preocupes más. No pasó nada. El es una buena persona.
-No pasó nada?
-No.
-Me jurás que no pasó nada?
-Te lo juro, viejo.
-No pasó nada?
-No.
-No pasó nada?
-No.
-Pero porque te dió la plata?
-Porque te lo había prometido.
-Entonces nos ha hecho un regalo.
-Viejo...
-Nos ha hecho un regalo.
-Juan...
-No me importa. Juan, Juan!. Dijimos que no queríamos un regalo! Ahora yo debo un
regalo! Tengo que agradecerle a don Alberto el regalo que nos ha hecho! Voy a tener
que agradecerle toda mi vida a don Alberto el regalo que nos ha hecho!
-Está bien! Me fuí a la cama con él! Estás contento? Me fuí a la cama! No le debés
ningún regalo a nadie porque lo hice. Lo hice con don Alberto. La plata la gané yo. Es
nuestra. Pero escuchame bien Juan. No quiero verte sentado en esa silla con la cara que
tenías cuando llegué, ni quiero que me preguntés nada, ni quiero que me vigilés ni que
me andés molestando. Está claro?
-Porque te ponés así?
-Está claro?
-Sí.
-Ah! y otra cosa. Vas a seguir haciéndole trabajos a don Alberto.
-Está bien.
-Bueno. Ahora está todo como vos querías. Me creés lo que te dije?

-No es cierto acaso?
-Si, dijo.
-Claro que te creo.

VI

-Hola.
-Si, quien habla?
-Elisa.
-Como te va? Como fué todo?
-Muy bien.
-Le pagaron a Julián?
-Si, esa misma noche.
-Bueno, me alegro.
-Juan no me creyó.
-No te creyó que no había pasado nada?
-No.
-Y entonces?
-Le mentí.
-Vos le mentiste a Solano?
-Si. No quería aceptar un regalo.
-Que piantado!
-Usted es capaz de aceptar un regalo, don Alberto?



Parejas 

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Habíamos salido con mi mujer al invierno bonaerense. Queríamos ver el fortín de Ranchos, la
reducción de Laguna de los Padres, la Playa Grande solitaria y dando vueltas por los caminos
de la llanura llegamos a un pueblo donde decidimos almorzar junto a un monte, en un lugar
agradable que prometía asado, ensaladas y bifes. Estacionamos y un coche chico paró al lado
nuestro: estaba lleno de juventud, dividida entre ambos sexos, que bajó alegre, vital, como si
el mundo fuera suyo y entró al restorán. Marta y yo los miramos con una cierta sonrisa
porque eran nuestro espejo de apenas anteayer.
Entramos a un comedor de mesas y sillas simples con paredes llenas de calaveras de vaca,
facones, estribos y todo signo loable de criollismo; nos sentamos de exprofeso cerca de las dos
parejas veinteañeras. Así nos enteramos que la Morocco era Ana, su pareja Andrés, la chica
alta y rubia Inés y el último Juan José. Venían viajando desde Buenos Aires * Ana había
demostrado que sabía manejar muy bien en la ruta.
El dueño se acercó prolijo, nos deseó buenos días, pasó un trapo por la mesa para hacer notar
que su casa era limpia, trajo el menú, nos puso una panera y quiso saber que tomaríamos;
después repitió el mismo ritual en la mesa de los jóvenes.
Marta y yo escuchamos el entusiasmo inevitable de la edad, esa vitalidad que no importa que
dice porque se nota hasta en las comas y los puntoft aparte. En ellos se agregaba una
demostración de amor casi constante a través de miradas, de tonos, de caricias pequeñas, de
Inés a Juan José, de Juan José a Inés, de Andrés a Ana y de Ana a Andrés: eran jóvenes, eran
queridos, vivían fuerte: y eran con todo eso como una orgía de la vida arbitraria que los había
tocado de manera especial: eran felices. Nosotros gozábamos ese espectáculo que se hace
raro ver.
En vista de que la comida no llegaba (así dijo ella), Ana resolvió ir al baño, para lo cual pidió
con la mirada la compañía de Inés, que se la dió y ambas se fueron. Poco después mi mujer
tomó la misma decisión. Cuando volvió me contó.
Había entrado a un baño rústico de un solo inodoro y se había puesto a arreglarse frente al
espejo, junto a Inés. Mientras ella se recorría los ojos, los labios y las mejillas en la habitual
inspección femenina, Inés se peinaba. Marta consideró empezar una conversación (le gustaba
charlar con los jóvenes) pero cuando fue a hacerlo salió Ana y le dejo el lugar a Inés: Ana traía
un lápiz de labios en las manos.
"Ándate adentro" dijo Inés y Ana fue al comedor: Marta quedo huérfana de charla. Esperó un
rato resignadamente hasta que Inés salió, entró ella y no bien se sentó pudo leer en la pared,
escrito en lápiz labial "Ana y Andrés se aman" y en el tono de labios de Inés habían agregado,
"Y él se acuesta conmigo".



Pato

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Pegaba, pegaba, pegaba. Con los brazos en la cara, en cuclillas,
Pato aguantaba el castigo, hasta que de pronto saltó hacia la
puerta la abrió y salió corriendo. Su madre se quedo con el brazo
en alto. Su padrastro y sus tres medio hermanos, mirando desde
el fondo de la pieza.
Pato corrió cuadra tras cuadra sin parar, sin pensar, sin mirar.
Se paro en una plaza, lejos, se acerco a un banco, se sentó y
lentamente fue» deslizándose hacia un costado hasta quedar
dormido.
Cuando se despertó estaba amaneciendo. Se sentó, se tomo la
cabeza entre las manos, miro a su alrededor. Una vez había estado
en esa plaza. Miro la calle por la que creía haber llegado y
empezó a hacer el camino de vuelta. Esta vez iba despacio.
Vio el almacén pobre de la esquina y el barrio sin agua y sin
cloacas y cuando llego a la puerta de su casa se paro frente a
la puerta desvencijada y tembló.
Golpeó la puerta. Uno de sus hermanastros le abrió, "que haces,
la vieja esta chinchuda" y la mole de la madre apareció en la luz
que entraba desde la calle.
-¿Adonde fuiste?
-A la plaza.
-Que plaza, si no hay ninguna plaza acá?
-Hay una más lejos. La de los naranjos.
-¿¡Hasta allá te fuiste!?
-No me di cuenta.
-Te das cuenta para joder! Cuando yo te corrijo, vos te quedas
quieto, ¿entendiste!?
-Si.
-¿Entendiste!!?
Y levantó el brazo como para pegarle.
El medio hermano que había entornado la puerta, la volvió a
abrir. Pato lo vio de reojo y antes que el primer golpe le
alcanzara se fue a la calle, pero esta vez sin correr, solo, con
una columna de dolor en el medio del cuerpo y así, sin darse
cuenta, llegó a la estación de ferrocarril y se sentó en un
banco.
Una gorda trataba de subir los escalones, a un hombre se le voló
el sombrero, dos chicos jugaban a la pelota en un rincón. La
gente iba y venia, los trenes se paraban, el guarda gritaba, los
trenes salían, la gente se paraba a esperar él próximo tren. Un
chico como de sus quince años se le acercó. ¿Que haces? y
Pato apenas le contestó con una seña.

2
Pero el otro se sentó a su lado y empezó a hablar. Soy el Gato
y vendo estampitas, tengo muchas y me va bien, pero me aburro
solo, cuando te ví pensé que podíamos ser amigos, yo te enseño
a vender estampitas y a que no te agarren los guardas y vos sos
mi amigo, podemos estar juntos, porque correr solo es muy
aburrido.
Se calló de pronto. Pato lo miró de reojo y levanto la mano. El
otro la chocó. Mira todas las estampitas que tengo, agarra la
mitad, vamos que te enseño, no es fácil ¿sabes?. Hay que ser
rápido pero hay que dar lástima y la gente esta muy avivada, pero
vos tenés cara de lágrima así que te van a comprar.
Se calló de pronto. Parecía ser una costumbre, hablar a
borbotones y callarse de golpe cuando menos se esperaba.
Pato tomó las estampitas de la mano de su amigo y se levantó
cansinamente. Un tren se acercaba. Se subieron y Gato le
mostró como se vendían estampitas, vagón tras vagón. Algunas
estaciones mas abajo saltaron del tren. ¿Cuanto hiciste?
Cinco. Es mucho. Más o menos. Vamos al otro lado.
Así comenzaron a subir y bajar por la línea del Sur vendiendo
estampitas, que eran muchas y tardaban en usarse porque ni los
que les daban una moneda se las quedaban. Esa noche comieron en
una pizzería y se fueron a la estación en la parte de las cargas
se consiguieron un lugar abrigado y durmieron hasta entrada la
mañana. El encargado no les dijo nada.
Durante dos semanas corrieron los trenes. Las estampitas se
acabaron. Yo voy a buscar, espérame acá, y el Gato volvió una
hora mas tarde con un fajo de estampitas nuevas. ¿Como las
conseguís? Se encogió de hombros y saltó al primer tren.
Siguieron vendiendo en los trenes, comiendo en las pizzerías y
durmiendo en el sector de cargas. Se habían contado sus historias
y hablaban de las cosas del momento.
Dos días más tarde bajaban en una estación y Gato se dio vuelta,
grito "seguime" y se puso a correr como loco por el pasillo del
tren. Cuando quisieron bajar en la siguiente estación, dos
grandotes los agarraron de un brazo a cada uno y los llevaron
frente a otro malcarado.
-¿Asi que sos piola? le dijo al Gato. El Gato no contestó.
"Vamos para allá", ordenó el feo y los llevaron a un baldío. Dos
mujeres los vieron pasar pero no dijeron nada. Cruzaron un
alambrado y el Gato se zafó, "raja" le grito a Pato, Pato
aprovecho el momento de duda y salió corriendo hacia el
otro lado, los grandotes lo corrieron a Gato y lo alcanzaron
al borde del baldío. Le pegaron duro. Pato miraba escondido en
la esquina.

3
Cuando se fueron se acerco. Su amigo tenia sangre en la cara.
Estaba tirado, destrozado. "Gato", pero Gato no contestaba.
Angustiado, lo agarró de un brazo y lo obligó a levantarse.
"Vamos al hospital" y lo arrastró. La gente los veía pasar, los
vio pasar durante tres cuadras lentas y pesadas. Cuando llegaron
al hospital los separaron. Pato se quedo esperando. Después se
sentó al lado de la cama del Gato que seguía inconsciente.
A las tres de la mañana hizo un gruñido y Pato se despertó.
¿Que querés? ¿Te duele? ¿Que pasó? El Gato abrió los ojos
y le sonrió. ¿Porqué? El Gato ladeo la cabeza como diciendo no
importa.
A media mañana estaba despierto, dolorido, pero lucido. Se quiso
levantar y con la ayuda de su amigo se vistió y se fue. Nadie le
dijo nada.
Caminando despacio se fue hasta la estación y allí se subió a un
tren de larga distancia que iba al sur. "Prefiero aquello" fue
todo lo que le explico a Pato. Se abrazaron.
Pato vio irse el fondo del tren tirando vías hacia atrás. Quedo
solo y no se movió por un buen rato. Estaba cerca de su casa.
Pensó que quizá Gato tenía razón, aquello era mejor.
Así, despacio, fue caminando hasta la puerta desvencijada de su
casa y la golpeó. La abrió su hermanastro menor, el mejor de
todos. "¡Pato!" y lo abrazó. Al oírlo apareció la madre y se
echó sobre el y lo abrazó "Pato querido, mi patito, ¿como te
vas, como te fuiste, no sabes que te queremos, no sabes que
te quiero? Vení, vení debés tener hambre, tomá esto es de
anoche, esta frío pero es rico, y la ropa, estás todo sucio,
tantos días, que hiciste, de que vivías hijo, hijo mió" y lo
acariciaba y lo besaba y lo llevaba a la mesa y le ponía un
plato con comida y le daba de comer en la boca y le mesaba el
pelo y se lo quedo mirando mientras comía y así poco a poco se
fue calmando.
El medio hermano menor miraba sonriendo. No había nadie más en
la casa. Pato durmió casi todo el día.
Tres días después llevaba el plato a la cocina, trastabilló y se
le cayó. Se hizo añicos. "¿Que hacés? ¿Vos te creés que podemos
comprar platos todos los días!? No te importa nada!!" Y voló la
primera bofetada. Pato no la esperaba y le pego en plena cara.
Sin defenderse de los golpes que siguieron caminó hasta la puerta
y se fue mientras su madre le gritaba que volviera. Esta vez no
se quedó a vender estampitas sino que se fue hasta la estación
central en Constitución. Bajó del tren y con el mismo paso
decidido se fue a la cola de los taxis y empezó a abrir puertas.
"Te manda el Toto?". "Si". Y esa noche durmió solo en un rincón
de la enorme estación. A mitad de la noche se despertó llorando.

4
Al día siguiente apareció el Toto. Le tendría que dar todo. A
cambio recibiría protección, comida y casa (la estación). No
tenía muchas alternativas. Otros chicos como él vivían de la
misma manera. Abrían las puertas de los taxis, vendían cosas que
les daba el Toto. Hablaban entre ellos.
Una tarde, desde su rincón de la estación, vio bajar de un vagón
de vía muerta a una chica y un hombre. El era un peón, lo había
visto antes, ella era delgada con unos ojos grandes negros y una
boca sensual.
Al día siguiente la vió cuando el estaba corriendo las puertas
de los taxis. Se paró a mirarla. Antes de que desapareciera le
preguntó a otro chico, ¿quien es esa?, ¿cual? Esa, Es María,
una mina del Tuerto.
Por la tarde se tiró cerca del mismo vagón y la vio bajar con
otro hombre. Era muy bonita. Tenia una expresión melancólica pero
al mismo tiempo sensual. Estaba jodida, como el.
-Quien es el Tuerto?
-Vení que te lo muestro.
Caminaron con Juan hacia adentro en la estación. Es ese. Apoyado
en una columna, estaba sentado en un banquito. Era un lustrabotas
pequeño, flaco, feo, con aspecto débil, como si se fuera a
desarmar.
-Ese?
-Si. Y cuídate porque es jodido.
-A este lo cagamos a patadas cualquiera de nosotros.
-Si. Pero es buchón. Cualquier cosa que le pase, la cana te caga.
El otro día agarraron a dos por su culpa.
-Uno de estos días lo van a liquidar
-Quizá. Pero mientras tanto nadie se le atreve.
Juan se fue y Pato se quedo mirando ese engendro humano. Esa
noche volvió a mirar como María subía al vagón y luego apenas
unos minutos, como bajaba seguida por otro hombre.
Al día siguiente la encaró.
-Vos te llamas María
-Si ¿y vos?
-Pato. Pero me dicen el Polaquito.
-¿Porque?
-Porque dicen que parezco polaco.
-O japonés.
-Tengo los ojos bien.
-Si.
-Sos muy bonita.
María lo miró. Tenía una mirada profunda.

5
-¿Que edad tenés María?
-Catorce.
-¿Podemos vernos?
-Estamos viéndonos.
-No, vos me entendés. En el vagón.
-Ahora no podés. Vos estás con el Toto.
-Como sabes?
-Te he visto.
-Te quiero.
María le pasó una mano por la mejilla.
-Después nos vemos, dijo.
Se fue y Pato se dió cuenta que lo que se le había escapado de
la boca era cierto. La quería. Por primera vez sentía una cosa
que no sabía que era, pero quería estar con María, quería vivir
con María, quería soñar con María.
A las seis estaba en el andén frente al vagón vacío. Tuvo que
esperar más de una hora. María llego y le dio un beso en la
mejilla. Enseguida se dio cuenta que esa era la primera vez para
Pato. Lo tomó de la mano y lo subió al vagón. Entraron a un
compartimento desmantelado. En un rincón había una frazada en el
suelo.
María se puso frente a él y lo besó en los labios. Pato la
apretujó y la besó con fuerza. Espera. Y lo fue desnudando y
luego se desnudó ella.
Pato acarició los pechos pequeños de María y empezó a besarla por
toda la cara y el cuello y los hombros y ella se fue deslizando
hasta las frazadas, se abrió de piernas y lo colocó a Pato. Al
contacto de la vagina Pato comenzó a moverse velozmente y de la
misma manera acabó, irrefrenable.
Maravillado, la besó a María en los ojos dulcemente. Estaba
enamorado. Sonreía. También María sonreía. No tenía ese rictus
de tristeza como cuando estaba con los hombres.
-Sos muy lindo, dijo
-Te quiero
-Me vas a tener que pagar
-¿Como?
-Que me vas a tener que pagar
-Pero yo te quiero
-El Tuerto.
-¿Y cuanto es?
-Diez pesos
-¿Diez pesos!? No puedo pagarte diez pesos.
-Le preguntaré si te puedo hacer precio
-Pero María, yo te quiero
-Pero el Tuerto cobra.
-El no sabe que estuvimos acá

6
-El Tuerto sabe todo
-¿Como lo va a saber?
-Lo sabe
-Busquemos otro lugar
-El Tuerto Carabajal llega a todos lados, sentenció María y eso
produjo el silencio entre los dos. Pato dijo
-Quizá tres pesos pueda
Y luego de un silencio
-¿Porque tengo que pagar si te quiero? ¿Vos no me querés?
-Yo te tengo que cobrar
-Rajemos a otro lado
-La cana está con el Tuerto. Sería peor. Y otra cosa. No se te
ocurra hablarle.
Se vistieron lentamente y se despidieron arriba, con un beso
largo. Cuando se hubo ido María, Pato le dio una feroz patada a
un asiento, la puta que lo parió!!
Durmió mal. Al día siguiente la buscó a su novia pero no la
encontró hasta más allá del mediodía. Le dio un beso casi
familiar.
-Que te dijo?
-Que diez mangos.
-¡No tengo!
-Dijo que si no tenés que te jodas, que lo de ayer pasa, pero no
Más.
-Te quiero María.
-Sos muy bueno. Podemos hablar.
—Pero yo quiero estar con vos
-Estamos ahora.
-En el vagón.
-No podemos si no tenés diez mangos. Me tengo que ir. Esperame
a las cinco y hablamos.
Y la vió irse hacia el vagón, y se escondió y la vió bajar con
un hombre.
A las cinco, al lado del kiosco de panchos, María llegó.
Recostados en la vieja pared de la estación hablaron de lo mucho
que Pato la quería, de la vieja que lo había forzado a irse de
la casa, del tipo que andaba con la madre de ella, de la vida en
la estación, del Tuerto, del Toto, de los pibes que pasaban a
veces una semana, a veces meses, como ellos, de las ganas que el
tenia de hacerle el amor, hasta que a las siete ella se dio
cuenta que estaba demorada y se tenia que ir.
-Conseguiré la plata, dijo él, y María le acaricio la mejilla y
sonrió.
Pato empezó a poner monedas en otro bolsillo. La plata que le
daba al Toto era menos, pero el Toto no decía nada. A los cinco

7
días tenía los diez pesos y la fue a buscar a María con aire
triunfal. "Toma" y le puso en la mano el billete que había
conseguido con todas sus monedas.
Se fueron al vagón y se hicieron el amor, porque esa vez Pato
sintió de pronto que María empezaba a hacer unos ruidos que no
había oído antes y sintió el orgullo del macho y el cariño del
amante, hasta que el ronquido terminó en un suspiro largo que
parecía que nunca acabaría y María quedo sonriente como el, de
una manera diferente.
-Nos tenemos que ir, dijo Pato.
-No podemos. El Tuerto nos alcanzaría.
-El Toto lo odia. Nos podria ayudar.
-No te hagas ilusiones.
Y como una vieja sabia, se dio vuelta y le dio un beso en la
frente. Pero Pato insistió, nos tenemos que ir.
Cuando bajaron del vagón alcanzaron a verlo al Tuerto pegado a
una columna. Se despidieron con un beso.
Al día siguiente el Toto lo llamó a Pato.
-¿Que pasa con la guita?
-Nada, saco menos
Pero estaba colorado.
-No soy boludo Polaquito.
-No se...
-Estas jodiendo con María. Allá vos, pero la guita es mía. De
todas maneras te va a durar poco.
-No!
El Toto sonrió y no dijo más. Ese día Pato no sacó ninguna moneda
para su otro bolsillo. Cuando le contó a María le saltaban las
lágrimas de rabia.
María le acarició la mejilla, como ya se había hecho una
costumbre. El se acerco y la abrazo, ella le acaricio la nuca,
el le beso el cuello, ella le beso una oreja, el le puso la mano
por debajo de la camisa. Poco después estaban medio desnudos
franeleando salvajemente detrás de una columna de la estación.
Vamos, dijo Pato. Y se fueron al vagón y se hicieron el amor con
rabia y melancolía, y luego con una ternura infinita, una y otra
vez.
Cuando bajaron del vagón alcanzaron a verlo al Tuerto pegado a
una columna.
-Dame la plata, dijo acercándose
-No tengo, dijo el Polaquito
-¿Vos?

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-No me pagó, dijo María.
-Te advertí que acá se paga.
-Tuerto...
-Vos callate y de un revés la tiró el suelo.
Pato al verla a María en el suelo empezó a pegarle al Tuerto casi
como pega un niño, como un molino. El Tuerto sabía más. Le metió
una piña por entre los brazos en el estomago. A Pato le faltó el
aire. El Tuerto lo tomó de los brazos y le gritó: te dije que acá
se paga y con una fuerza impensable lo tiró contra una verja.
Pato dió de cabeza, se oyó un ruido seco y Pato quedó quieto en
el suelo. "Lo has matado". "No, todavía no". El Tuerto tomó una
soga y la pasó por una pequeña viga. Ató el otro extremo al
cuello de Pato. Después con una agilidad notable escaló hasta la
viga y desde allí tiró hacia arriba. El cuerpo de Pato se fue
enderezando y cuando estuvo de pie el Tuerto pegó un tirón y se
oyó el cuello de Pato cuando se rompía secamente. El Tuerto ató
la soga a la viga y bajó. "Lo mataste. ¿Porque?". "Es asunto
mío. Vamos." Se puso el banquito bajo el brazo izquierdo, tomó
la caja de lustrabotas con la misma mano, la agarró a María
con la derecha y se la llevó. María miraba con grandes ojos
húmedos, el cuerpo de su primer y único amante.
Los diarios de la mañana no alcanzaron a dar la noticia. Por la
tarde dijeron "un chico de la calle se suicida". La madre se
enteró dos días después que el Polaquito era su hijo Pato. El
juez dudó de la carátula y pidió un informe al forense sobre las
huellas en los brazos. El forense policial dijo que se le había
producido al bajar el cuerpo del extinto. El médico de la familia
dijo que esas huellas solo podían haberse hecho estando vivo. La
carátula fue suicidio. La madre se volvió a su casa. El Tuerto
trabaja en Retiro y María cobra diez pesos en los vagones del San
Martín.

NOTA: Este es un hecho que ocurrió realmente

Que difícil es amarte, Vida

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Que difícil es amarte, Vida
Es el apego y es la costumbre
Es crecer cada día
O morir un pedazo
Solo quiero sentir con claridad mi Vida,
Querer a quienes quiero, ser el que vive,
Saber dejar aquello que no puedo,
Saber tomar aquello que he logrado,
Y luchar cuando deba,
Y amar siempre que pueda,
Que no es siempre.
Y ser.
Sentir con claridad la vida
Aunque sea difícil saltar el largo muro,
Vencer el alto muro,
Aunque sea difícil amarte, Vida.



Quiero casarme con mi novia 

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En medio del silencio de la cena cotidiana, frente a su hermana Elena, rodeado por su padre
y por su madre, Juan había deslizado sus palabras “Quiero casarme con mi novia” La
madre dijo “Me parece una buena chica. Ya te casaras cuando sea el momento”
Juan la miró
-Quiero decir que quiero casarme con Catalina ahora.
-No entiendo cual puede ser la urgencia, dijo ella y quedó rígida, la pregunta en los labios.
Agregó: ¿Ella está...?
Juan afirmó.
Todos quedaron otra vez en silencio junto a la mesa, No se oía ningún ruido. Elena lo miraba a
su hermano con cierto brillo en su mirada inexperiente. La mucama entró llevando una
bandeja con rodajas de carne rodeadas por puré y todos se sirvieron sin hablar.
-Supongo que no tiene sentido preguntar de quien esta embarazada, dijo el padre.
Pero todos siguieron comiendo.
-Es absurdo, dijo la madre. Son tan jóvenes,.. tan jóvenes. Nosotros nos casamos mucho
mayores.
-¿Que piensa Catalina?, dijo el padre
-Se quiere casar
-¿Y sus padres?
-No saben nada
Otra vez callaron. Cortaban la carne con cuidado y ponían un poco de puré sobre el pedazo
antes de comerlo, rodeados por la penumbra del living.
El padre dijo:
-¿De que piensan vivir?
-Trabajaré, dijo Juan
-No podrás estudiar
-No se
-No. No podrás estudiar.

El padre miró la carne y cortó otro pedazo. Luego dijo:
-Sabe que eso te costará tu carrera, toda tu vida.
-No me importa.
-Debería importarte si vas a formar un hogar.
Callaron. Entonces la hermana dijo:
-¿Cuando van a tener el chico?
-Faltan siete meses dijo él
-Seré tía
-Elena!
La madre había intervenido brevemente.
-Es una locura Juan. Pensalo.
-Lo hemos pensado mamá.
-No lo han pensado, dijo el padre.
-Si, papá.
-Si lo hubieran pensado, esa chica ya habría abortado.
-No pueden estar de acuerdo con esto, dijo Juan
-No, dijo la hermana.
La madre agregó:
-Abortar es un crimen.
-Y tener un hijo a su edad es un suicidio, dijo el padre.
Después de estas palabras se callaron. Habían terminado de comer y sonó un timbre en la
cocina. La mucama retiró los platos y trajo los postres; se sirvieron. Fue entonces que el padre
dijo:
-Hacé lo que quieras hijo. Pero estás por cometer el error más grave de tu vida,

Entró a la casa y fue hacia su habitación. El colorido escocés de la pollera del colegio
contrastaba con el color monótono del pasillo. Catalina entró a su cuarto y tiró los libros sobre

la cama; los llevaba atados con una gruesa cinta marrón. En el cuarto de al lado había luz.
Catalina fue hacia él.
-¿Como estás?
-Bien, dijo la madre. Catalina abrió la boca. ¿Como te fue en el colegio?
-Mamá, estoy embarazada.
Hablaba rápidamente
-¿Que decís?
-Estoy embarazada
La madre quedó mirándola. Catalina se tiró sobre sus rodillas y se agarró a su regazo.

Cuando el hombre llegó a su casa esa noche su mujer y sus hijos estaban sentados a la mesa.
Dejó sus las cosas que llevaba sobre el sillón del living y se sentó con los demás a comer.
Contó que lo había demorado un cliente que estaba muy preocupado con la última
devaluación de la moneda.
-¿Como están tus cosas? y le hizo una caricia a la hija en la cara. Quería mucho a sus hijos.
-Bien, dijo ella
El chico estudiaba ingeniería aunque al padre le hubiera gustado que estudiara economía. El
padre creía que la economía era muy importante en el mundo actual y que sería más
importante aun en el mundo futuro.
-¿Tense muchas pruebas este trimestre?
- No. Solo matemáticas y física
-No son fáciles. Y física sigue aun en el secundario: tendrían que eliminarla.
-No seas exagerado, dijo el hijo.
-No soy exagerado. En el último año del secundario no deberían dar materias como esa.
-A mi me parece interesante, dijo la hija.
-Eso es por que se te ha ocurrido seguir arquitectura.
-Si siguieras economía, dijo el hijo, tendrías ganados muchos años de lucha. Papá tiene el
estudio ya hecho y vos podrías seguirlo.
-Muy gracioso... dijo el padre

El padre siempre les repetía lo mismo y le había insistido a su hijo durante más de seis meses
aunque, después aceptó la elección que el chico hizo y lo ayudó en los exámenes y en todo lo
que él necesitó.
-De todas paneras arquitectura tiene también elementos matemáticos, dijo la hija
-Te vas a morir de hambre con arquitectura. Fijate lo que hacen hoy día los arquitectos. Seis
años de estudio para acabar como ayudantes de un ingeniero o como decorador de interiores.
En la forma que te gustan las matemáticas serías una gran economista.
-Es la idea lo que no me gusta, papá
-No le hagas caso, dijo la madre. Vos sabes que lo que elijas está bien para nosotros. Desde
luego que es natural que a tu padre le guste que alguno de sus hijos siga en el Estudio con él,
pero ya ha demostrado que puede aceptar las decisiones que ustedes tomen.
-Si, pero presiona, dijo el hijo
-Es cierto. Presiono. Voy a decir una cosa de viejo: cuando tengas hijos te gustará la idea de
que ellos continúen lo que has hecho, lo mantengan y lo hagan crecer. Es como seguir uno
vivo después que se muera.
-Lo que pasa papá es que es muy difícil trabajar con el padre.
-He demostrado no ser autoritario
-Si, has demostrado no ser autoritario, pero tenés más experiencia y derecho al manejo del
Estudio.
-El derecho al manejo del Estudio lo iría dejando en manos de quien me sucediera.
-Falta mucho para que te jubiles
-Para que discuten sobre esto. José ya estudia ingeniería. No va a entrar en el Estudio.
-No estamos discutiendo, dijo el padre.
-Estábamos hablando de mi hermana.
-Les agradeceré que me dejen tomar mis decisiones, dijo ella.
-Bueno, que les parece si hablamos del gobierno, dijo la madre. Este asunto de todas maneras
esta ya decidido.
-No quiero ni oír hablar del gobierno, dijo el padre. Me he pasado el día escuchando todas las
críticas que se le hacen. ¿Vas a ir al futbol el domingo?
-No se, dijo el muchacho. Quizá vayamos a una quinta.
-Me gustaría ir, pero tengo pereza de ir solo. Si llegás a ir avisame y vamos juntos. Puede ser
un buen partido.

-Seria divertido. Hace tiempo que no vamos juntos a ver fútbol,
-Si, seria divertido, dijo el padre
-Me hubiera gustado ir a verlo a Jorge, dijo la madre
-Podemos ir este domingo o el siguiente. ¿0 es importante?
-No, no importa.
Jorge era el hermano de la madre,

-Le extrañará mi visita.
-Hasta cierto punto nada más.
-En realidad yo esperaba conocerlo en otra situación, quizá similar, pero no esta.
-Supongo que yo también.
-Entonces, ¿está enterado?
-Me enteré anoche.
El despacho estaba arreglado con sobriedad en tonos de marrón. Las bibliotecas lo
circundaban, repletas de libros y un juego de sofá con sus sillones, daban una cierta intimidad
al conjunto. El escritorio dominaba el lugar desde una esquina.
-¿Que es lo que piensa usted?, dijo el Dr. Domínguez
-No lo sé.
Encendió despaciosamente un cigarrillo, luego de ofrecerle otro a Castro.
-¿Alguna vez han robado en su casa?, dijo éste.
-No
-A nosotros nos robaron una vez. La sensación que tuve fue la de haber sido violada mi
intimidad, como si el ladrón hubiera hurgado dentro de mi y me hubiera saqueado mi espíritu.
-¿Así se siente ahora?
-Si
Castro no le había ofrecido nada a Domínguez. Esto podía ser interpretado como un signo de
hostilidad o cuanto menos de frialdad por parte del huésped, pero si así había sido tomado,
nada en los movimiento de la visita hacia sospecharlo. Domínguez aparecía calmo.

-Es un afecto complicado para el caso. ¿Que piensa hacer?
-No lo sé. Creo que debería remediarse el...daño.
-Oh, no sea dramático por favor, dijo Castro, y se levantó abruptamente. Aquí no hay nada
que remediar, porque el daño es irreparable.
-Usted está tan impresionado como yo lo estuve hace algunos días. Lo comprendo y lo siento.
-Usted no comprende nada. Usted está involucrado como macho, la hija es la mía, mía la
violación
-Mi hijo no violó...
-Váyase.
-¿Como dice?
-Váyase de aquí.
Era un grito
Domínguez se levanto despacio, se acerco con la mano extendida. Dijo:
-Creemos que los chicos deben casarse. Mi hijo está enamorado de su hija. Creo que debemos
apoyarlos
-Dígale al pelotudo de su hijo que no se trata así a una mujer. En cuanto a Catalina tengo ahora
muy claro cual es el camino. Y dígale a Juan que no vuelva a esta casa o lo mataré.
-Comprendo su sentimiento.
-No sea imbécil. Espere a que su hija esté embarazada antes de decir todas esas idioteces,

-¿Duele?
-Un poco
Se sentó junto a su hija y le acarició en la cara. Catalina estaba pálida, serena.
-Hemos pensado con tu madre que te convendría verlo a Velazquez.
-Supongo que me ayudará.
-Siempre es difícil.
-Si. Juan quería tenerlo. Somos muy jóvenes
-Si

-Es una ilusión absurda. Las consecuencias hubieran sido para toda la vida.
-Así es.
-Los quiero mucho papá.
El padre se acerco y la besó en la mejilla,
-No sé que hubiera sido de mí sin ustedes.
-Ya pasó todo. Ahora hay que olvidarlo, Eso es todo.
-Si.
-Ahora hay que pensar en el futuro, en la Facultad.
-He estado pensando y he decidido seguir Economía, dijo Catalina.

Resumen

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Vana es la sucesión
El tiempo es de otro,
Es mía la soledad.
Todo lo que he buscado
lo he logrado.
Pero hora advierto
Que ese incierto futuro
Tan solo lo pospongo
De una manera cierta
Y vivo la tensión,
Busco la creencia,
Y espero
Con temor esperanzado
El último final

Roles 

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-¿Así que ahora sos delegado?

-Si. Los compañeros me eligieron. Hay que
luchar contra la injusticia patronal y 1levar adelante las banderas
de la clase trabajadora. Seguiremos en la línea del sindicato hasta
conseguir los objetivos.

------------------------

-Te felicito Chacho: sos miembro de la Comisión Interna.

-Los compañeros me eligieron.
Desde la Comisión podré luchar para lograr la mejora
de la clase trabajadora dentro de la línea del sindicato
hasta conseguir los objetivos.

---------------------

*
-Che Chacho. Me enteré que
sos el Secretario de la Comisión Interna. ¡Te felicito!

-Los compañeros insistieron. Hay que
seguir luchando para la mejora de los trabajadores basta conseguir los
objetivos.

-----------------------

Chacho había pasado más de diez años hasta alcanzar la Secretaría de la
Comisión Interna. En su camino había propiciado huelgas, había corrido en
las manifestaciones prohibidas y gritado en las permitidas, había dado
golpes y los había recibido y en una oscura noche de setiembre se
había salvado apenas de la cárcel. Chacho era un hombre honesto que
sentía el fuego sagrado de una cierta justicia. Los años lo habían hecho un
líder, también lo habían afirmado en sus creencias
Cuando llegó a Secretario aprendió que la inflación, las ventas, las
materias primas, se le escapaban, cambiaban las circunstancias, lo
envolvían, lo hacían sentir vencido en la lucha que había

seguido por años. A veces se extrañaba de sentirse
discutiendo con sus compañeros como antes hiciera con é l
el Secretario de la Comisión. Le parecía que no era tan
delegado como antes, parando a los que querían acción
directa. El sabía que había que negociar, que era preciso
vencer con argumentos antes que con violencia, pero seguí a
añorando al joven peleador que había dejado esfumándose
en su tiempo.

El Proyecto que ahora lo entusiasmaba era el de la
cogestión. Un día había llegado el Secretario General del
sindicato y les había dicho "muchachos hay que gobernar las
empresas. No puede ser que nosotros que somos los que las
mantenemos en marcha y las hacemos crecer, no seamos los que
las manejemos". Chacho había descubierto en la voz
estentórea de Salazar la idea que lo había seguido como una
sombra toda su vida.Salazar habíaseguido urlando las ventajas y las
virtudes de su posición. Una ley que iba a ser presentada al
Congreso y que seria, aprobada establecería que en todas las
empresas del país habría dos representantes de los
trabajadores en los Directorios. La noticia produjo un pesado
silencio. No había que luchar y. en cambio los al allí
presentes estarían con sus "capos", sentados de igual a
igual. Los secretarios de las comisiones internas se miraron
con cierto paladeo de conquista. Un escéptico deslizó su
temor; "¿Y como será la elección, Pedro?". El otro
respondió sin dudar "Los secretarios de las comisiones
internas serán los directores, por supuesto. ¿O te creías que
nos íbamos a olvidar deustedes?"." "¿Y el otro Director?".
"Bueno...lo elegirán los secretarios de las comisiones
internas, por supuesto" y Salazar miró hacia la ventana,
porque temía que la mentira se le escapara por los ojos.
Todos volvieron a sonreír el éxito rotundo.

Cuando llego a su casa contó a su mujer y a sus hijos que iba a ser
Director. Por fin podría hacer por lo que había soñado por los
trabajadores. Dos meses después salió la ley, se hizo una asamblea y fue
elegido Director.
La primer reunión de Directorio fue una tortura para Chacho. Fue
nerviosísimo, se sentó en la punta de la silla, saludó con una mueca que
pretendía ser una sonrisa y empezó a escuchar. Eran todos muy amables y
en realidad no tenía porque preocuparse. Se fue distendiendo y terminó la

reunión como uno más. Le habían llevado a su oficina, un gran despacho
con un escritorio imponente y una secretaria en la oficina junto a la suya.

-----------------------

El coche salió de la fábrica. El hombre en el interior leía un informe.
Levantó su vista cansada y dijo “Héctor, vamos primero a casa”. En un
cruce dobló a la derecha y se metió como una exhalación en una puerta que
había sido abierta por un mecanismo de control remoto. A lo largo del
polvo de ladrillo, llegó al umbral y se detuvo. El hombre bajó del auto
lentamente y entró a la casa. Se encontró con su mujer y perdió su tono
cansino. En su modo había un profundo cariño, aunque sabía que su Carol
tenía un pasado público, pero le daba el amor que él necesitaba luego de su
trabajo. Sabía que Carol se movía con soltura en ese mundo de casas
señoriales, de choferes, de sonrisas permanentes. En la tercera hoja del
informe decía que los obreros se quejaban del nivel de salarios.
En la nueva elección de los Directores obreros había sido reelegido.
Alguien dijo que había habido trampa, pero la empresa y el sindicato
apoyaron el proceso y habían reclamado el respeto al voto de los
trabajadores. También habían dicho que enemigos del pueblo intentaban
romper la concordia. Un joven del personal de empaque fue despedido, su
nombre era González.
El Director obrero entró a su enorme despacho. A sus cuarenta y cinco años
comprendía que nunca había podido definir sus objetivos. Siempre habían
sido deseos imprecisos de justicia. Pero al final entendía que siempre había
obedecido a sus jefes y ahora empresa y sindicato lo mimaban pero le
exigían vagamente seguir esa indefinición. Esa mañana le consultaron
sobre el despido de un obrero. El debía decidir pero estaba sutilmente
obligado a confirmar que el revoltoso fuera echado, porque atacaba su
propia posición, su vida, su mujer, su casa. Chacho González recostó en el
sillón su expresión dura. Esperaba la comprensión de ese joven de la
sección de empaque, porque era su hijo.



Rosa

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Era tan amiga de María como lo eran sus madres. Vivían en la
misma vereda y muchas veces se quedaban a dormir una en la casa
de la otra. Tenian quince años.
Cuando llegó esa noche, Rosa la abrazó como solía y la llevó al
comedor.
-María va a llegar más tarde, le dijo. Vamos a comer mientras la
esperamos. He preparado unos tallarines como te gustan.
Y las dos mujeres se fueron a la cocina a tomar los platos y los
vasos y los tenedores mientras los tallarines daban sus últimos
saltos en la olla. "¿Como te fue en el colegio?". "Me va bien,
vos, sabes que no tengo problema". "Si, ya lo se. María es
la que tiene los problemas". "A María no le gusta estudiar" y le
alcanzó la panera para que la colocara en el centro de la mesa.
Los tallarines habían dados sus últimos golpes y Rosa los sacó
y los tiró sobre el escurridor; el agua cayó por cada agujero en
tropel y luego lentamente. Rosa se acercó a la bandeja y volcó
el contenido. Tomó una pequeña cacerola que estaba en el costado
y tiró los mejillones por encima de la pasta; con dos cucharas
los mezcló cuidadosamente. "Vamos a comer".
A la mesa comieron los tallarines chupándolos en silencio,
mirando el lugar vacío. "Cuando vuelve Roberto?". "Dentro de dos
días. Su cacería anual es sagrada. Son cosas de los hombres". "No
estás de acuerdo?". Rosa la miró por encima del tenedor lleno de
tallarines y dijo pensativa "Tenés que tomarlos como vienen. Pero
ahora también hay otros hombres", y se engulló los mejillones con
la pasta.
-Alguna vez me gustaría ir a estos strip que hay ahora, dijo
Silvia
-Yo fuí a uno hace dos semanas
-¿Y Roberto que dijo?
-Nunca lo supo. Hay pedazos que las mujeres tenemos que tener
para nosotras solas. ¿O vos te crees que los hombres no tienen
los
suyos?
-No lo sé
-Roberto se va de caza; tu padre está siempre en su empresa. Cada
uno tiene el suyo. Las mujeres tenemos derecho a tener el
nuestro. Tenemos derecho a hacer las cosas que hacen los hombres.
Silvia se levantó con el plato en la mano y lo llevó a la cocina.
Trajo la fruta y comieron unas peras que estaban muy jugosas.
-Alquilé una película mientras la esperamos a María.
-Buena idea.
-Tomemos el café en el living
Y Silvia se instaló en el sofá frente al televisor. Rosa puso el
cassette y apretó la tecla de play. En el televisor comenzaron
los anuncios de todas las películas que estaban en alquiler.

-Hace tiempo que tenía ganas de ver una "porno". Espero que
no te importe.
Silvia sintió cosquillas en la entrepierna y se oyó decir no.
La presentación empezó y poco después una mujer besaba
delicadamente los labios de otra mujer. Silvia sintió que las
cosquillas aumentaban. Una vez, durmiendo con María tuvo algunas
sensaciones que no había querido recordar.
-Vos crees que dos mujeres pueden hacerse el amor?
No podia parecer una nenita. Ya tenía quince años. "Estas lo
hacen" dijo sonriendo. “Si, puede ser”, susurró apenas Rosa
y miraba la mujer que ahora chupaba el pezón derecho de la
otra, luego el izquierdo y luego bajaba por la panza hasta el
sexo y lo besaba, le metía la lengua, lo chupaba, girando
lentamente para que los dedos de su amante la acariciaran.
Silvia estaba empezando a notar que se le humedecía la vagina.
No sabía que hacer ni que decir. Se levantó un poco la pollera,
tratando que el aire la aliviara, abrió las piernas.
La miraba a Rosa de vez en cuando, en realidad la espiaba y la
notaba más floja sobre el sofá y notaba que su mano derecha había
buscado un lugar en el muslo y empezaba a moverse hacia el sexo.
Poco a poco la pollera de la madre de su amiga fue subiendo
empujada por la mano y los muslos morenos por el sol quedaron a
la vista.
La humedad de Silvia crecía. Sin darse cuenta su mano derecha
también se tomaba de su sexo y los gemidos que aumentaban en el
televisor, la hacían moverse suavemente. De pronto sintió la mano
de Rosa sobre su cuello, Rosa se le acercó, le besó en la oreja,
en la mejilla y de pronto estaba metiéndole la lengua por entre
los labios tan húmedos como su propia vagina y otra mano entraba
por el costado de la camisa y tocaba suavemente el pecho
izquierdo.
Silvia sentía que la vida se le iba por la boca y por la concha
y que esto era muy distinto que lo que le había pasado con Pedro
hacía unas semanas. Pedro la había asaltado, la había agujereado
con su ariete orgulloso y se había tirado a un costado diciendo
triunfante:"Y, que te parece?". Rosa la seguía en cada pedazo de
su boca y de su pecho como si fuera ella misma, sabía que era lo
que esperaba y cuando le desabrochó la camisa y se sacó la de
ella, deseó sentir esos pechos grandes sobre los pechos de
adolescente recién estrenada.
Los pechos llegaron y los sintió como una inmensa caricia en todo
su cuerpo. Los pezones de Rosa jugaban con los de ella, como su
lengua con sus labios. La mano cariñosa de Rosa le desabrochó la
pollera -Pedro había roto la hebilla- y la deslizó hasta el
suelo. Rosa no tenía la pollera puesta, Silvia no entendía cuando

se la había sacado pero sintió los muslos de Rosa sobre los
suyos, el culo moviéndose casi maternalmente sobre sus piernas
y deseó y vió como Rosa bajaba despacio, arrastrando sus pechos
por todo su cuerpo y comenzaba a jugar con su sexo.
Silvia se estiró mas y abrió las piernas para que Rosa tuviera
más espacio y cerró los ojos para sentir como las manos y los
labios y la lengua de Rosa la acariciaba por los muslos y el culo
y los labios y la vagina y el clítoris y el ano y Silvia sintió
que la existencia se le iba por abajo como una correntada de
placer que caía hasta la boca de Rosa que la esperaba con el
mismo cariño con que la había hecho acabar como nunca en su vida.
Se oyó unos estertores que no conocía y cayó sobre el sofá sin
fuerza, feliz, completa.
De pronto se levantó sacudida por el terror: “María!”, casi
aulló. Rosa la tomó suavemente, la acercó: María no viene esta
noche, y la besó en la boca delicadamente.
Silvia la separó despacio. “Entonces...”.”Entonces...”, repitió
Rosa. “Y si yo...?”. “Te quiero, tenia que correr el riesgo.
Si vos gritabas hubiera dicho que era un malentendido. “¿Y mi
madre?”. ”¿Tu madre que?”. “¿Ella también...?”. “¿Sos loca?
Ella no se anima ni a ir al strip de hombres”.
Silvia sintió que una puerta se abría frente a ella. Quizá su voz
ronca preanunciaba el exceso de hormonas masculinas. Quizá había
sentido siempre la atracción por ver, por probar. Se incorporó,
dejame que ahora te haga yo, dijo. Si pero no aquí, vamos a la
cama.
Rosa se levanto y mostró sus treinta y siete años desnudos, quizá
solamente la panza un poco floja, pero no se podia comparar con
Pedro.
“¿Como te fue en lo de Maria?”, le preguntó su madre al día
siguiente. Bien, muy bien, y pensó que quería volver a coger con
Rosa como esa larga noche que nunca en toda la imaginación de su
adolescencia había podido suponer. Durmió una siesta
interminable.
Silvia se aficionó a ir a casa de María y su madre no sentía
celos porque su amiga de toda la vida la ayudara a su hija con
los deberes. No importaba si María estaba o no Silvia iba a la
casa vecina con su cuaderno y su libro bajo el brazo y volvía
siempre de excelente humor. Pedro no había vuelto a aparecer,
pero la madre suponía que eran las cosas habituales en los
jóvenes.
Al cabo de algunos meses la madre se decidió a hablar con Silvia.
Había que salir, ir a las reuniones. “Yo quiero acabar mis
estudios primero. No tengo prisa. Total, para estar con bestias
como Pedro”. Rosa entró en ese momento. “Hay tiempo”,
dijo. Y la madre se dejó convencer.

Sabado

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En una oficina sobre la Avenida Diagonal un grupo de empleados estaba trabajando un
sábado por la mañana para terminar un trabajo urgente. Uno de ellos miró por la
ventana. Sorprendido, hizo una seña a los demás, “Escóndanse”: del otro lado de la
avenida por encima de la calle en silencio una mujer estaba sentada sobre las rodillas de
un hombre, con los pechos desnudos que él chupaba amorosamente. Los empleados
sorprendidos, trataban de colocarse en posiciones donde no pudieran ser vistos, sin
saber que hacer con sus propios escozores. La acción continuó por un largo rato hasta
que por fin las caricias terminaron y los protagonistas desaparecieron de escena.
El lunes uno de los empleados dijo que había que ser decentes, que no podía ser que se
aprovecharan de las pobres chicas, que no podia ser que un jefe presionara a una pobre
mujer para que tuviera que hacer esas cosas: cruzó la calle y pidió hablar con el jefe de
recursos humanos. Le contó.
No fue fácil determinar cual era la ventana del caso. El jefe de recursos humanos quiso
que otros del grupo corroboraran la historia. Por fin ubicaron la ventana y el jefe fue a
verlo al gerente que ocupaba esa oficina. No bien le hubo contado la historia, la
expresión del pobre hombre fue tan espantosa que no dejó lugar a dudas sobre lo que
había ocurrido. El hombre de recursos humanos llevó la cuestión al director
correspondiente y ambos estuvieron de acuerdo. La secretaria fue despedida y al jefe se
le pidió que fuera más prudente en lo futuro.

Tossa

Created with Sketch.

Son solo ocho almenas y el mar,
Un peñón que va creciendo hacia el Este
Y una tierra apenas perceptible hacia el Oeste.
Son solo ocho almenas donde se esconde
El temor de los que habitan en la peña.
Porque son pocos
Porque no son fuertes.
El mar los cubre de silencio,
En la noche su murmullo los arrulla.
Son pocos y son ricos: tienen el aire,
La libertad, la pobreza, la tierra,
Todo como es en la Naturaleza.
Son pocos entre las ocho almenas
Pero son gente fuerte.



Tossa

Created with Sketch.

Son solo ocho almenas y el mar,
Un peñón que va creciendo hacia el Este
Y una tierra apenas perceptible hacia el Oeste.
Son solo ocho almenas donde se esconde
El temor de los que habitan en la peña.
Porque son pocos
Porque no son fuertes.
El mar los cubre de silencio,
En la noche su murmullo los arrulla.
Son pocos y son ricos: tienen el aire,
La libertad, la pobreza, la tierra,
Todo como es en la Naturaleza.
Son pocos entre las ocho almenas
Pero son gente fuerte.



Cuentos

Eficiencia

Publicaciones

Libros

Libros sobre Recursos humanos y la empresa 
pueden descargarse en esta sección. 

Artículos

Se encuentran disponibles gran parte de artículos escritos tanto en castellano como en inglés, en diferentes medios sobre el management y aspectos ligados a la empresa; sus objetivos y reflexiones en torno al liderazgo, ¡la competencia, autoridad, sexualidad y más!  

Ensayos

En los últimos años Jaime Maristany publico ensayos que consisten en reflexiones sobre muy diversos temas como la vejez, aspectos espirituales, el tiempo vivido. Ha sido una manera de expresar sus inquietudes y continuas preguntas en torno a la existencia humana

Entrevista

Jaime Maristany para Revista ERGO, de la Asociación de Recursos Humanos de Argentina.
Concibió un modelo de gestión que aún hoy es considerado de avanzada defensor convencido de la libertad, propulsor de las relaciones justas en el trabajo...

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